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Martes 02 de Julio de 2019

Hace unos días, numerosos “argentines” respiraron aliviados: la Real Academia Española (RAE) publicó un manual de estilo en el que juzga “innecesario” el uso de la “e” en vez de la “o” para incluir a hombres y mujeres en los plurales. En la reproducción del acontecimiento, se citó al director de la RAE, Darío Villanueva, quien sentenció: “El problema es confundir la gramática con el machismo”, lo que a los y las machistas les dio una tregua en torno a los cuestionamientos que se erigen respecto del lenguaje como instrumento de poder.

En este entramado social en el que se desatan fuertes pugnas entre lo emergente y las resistencias, las luchas y el ostracismo, no resulta extraña la férrea oposición de determinados sectores al lenguaje inclusivo, que procura borrar la marca sexista de los enunciados que imponen e instauran desde hace siglos en el inconsciente colectivo el micromachismo, sostén de una estructura patriarcal que pretende borrar las huellas de su producción y se presenta ante la sociedad como verdad absoluta, gestada en un orden natural e incuestionable.

Pero hay que aclarar que el lenguaje es arbitrario, creado por el hombre para poder apropiarse del mundo. Es la herramienta que le sirve al ser humano para sostener su existencia y establecer un dominio sobre las cosas, que existen y cobran sentido a partir del hecho de poder nombrarlas.

Sin embargo, el lenguaje a la vez es dinámico y en la oralidad, fundamentalmente, va trasformando realidades, gestando resistencias entre los sectores oprimidos y abriendo camino a la germinación de posiciones ideológicas que resignifican un modo de ser de una sociedad.

Si el lenguaje inclusivo llegó para quedarse o no, lo dirá el tiempo. Que se haya gestado en un contexto de reivindicación de derechos de las mujeres, largo tiempo violentadas en muchos aspectos, ya traza una conquista simbólica que ninguna real academia podrá reprimir en el uso cotidiano de quien se apropia de esta lucha, que procura la equiparación de posiciones de los géneros en el seno de la estructura social.

“La Real Academia Española es como la comisaría”, había arengado sobre el organismo Alejandro Dolina, escritor, músico, conductor, actor y sobre todo magistral observador de los devenires sociales. Fue en el marco del VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Córdoba a fines de marzo, cuando también señaló: “A veces creemos adónde va el lenguaje, pero toma rumbos insospechables”.

Para quien piensa que no hay que confundir la gramática con el machismo, le dejo otro conclusión de Dolina para repensar este premisa: “Evidentemente el lenguaje es el resultado de unos sucesos que van por el poder. En principio es así: sucede primero el poder, después la expansión política y más tarde la expansión del lenguaje. Eso requiere un cierto egoísmo, una cierta avaricia, y entonces el que está interesado en que su lenguaje se expanda, de un modo secreto está interesado en que los otros lenguajes no se expandan”.

Lo que es innegable es que son tiempos de cambios, querides amigues.

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