Una bandera que parecía de la oposición y una política de Juntos por el Cambio cuando gobernaron, viene siendo adoptada en forma creciente por el oficialismo: la intervención de Gendarmería y Prefectura en los barrios para prevenir el narcotráfico y la inseguridad, y desde hace un par de semanas las Fuerzas Armadas en la ciudad de Rosario.
Los barrios, las fronteras y los puertos
Por José Amado
Diario Río Uruguay
La única respuesta que saben ensayar los gobiernos ante el imparable crecimiento de este drama social y de salud pública, es represivo. En Entre Ríos sucedió con la Ley de Narcomenudeo, donde la Policía provincial pasó a allanar los kioscos de droga, sin que éstos hayan disminuido sino, como se advertía desde el inicio, cambian de lugar o de kiosqueros, mientras que en Paraná hace casi cinco años que no se desbarata ni una organización de mediana o gran escala dedicada al narcotráfico.
La experiencia tanto en Argentina, por caso Rosario, así como en otros países de Latinoamérica, ha sido desastrosa y más sangrienta con la militarización de una problemática que es política, social y de salud pública. Aunque, en el fondo, termina siendo económica: el narcotráfico moviliza una masa de dinero capaz de corromper lo que se le ponga por delante, e inyecta esas ganancias en sectores importantes de la economía como el exportador (para el contrabando de droga a Europa) y en la construcción (para el lavado de dinero), entre otros.
El lugar donde se concentran los puntos de ventas de droga y a su alrededor las bandas criminales son los barrios con su población excluida de derechos elementales. Mientras que las mieles de sus ganancias se disfrutan dentro de los bulevares o en las riveras donde se elevan edificios o barrios privados.
El fenómeno no puede pensarse aislado de las cifras de pobreza que dio a conocer el Indec la semana pasada. Con Concordia otra vez en la cima de la estadística, quienes habitan y quienes trabajan en la problemática en esta ciudad entrerriana pueden contar el aprovechamiento de esta situación por parte de los empresarios de la droga.
Causa preocupación que muchos dirigentes políticos y gobernantes hayan abandonado lo que era solo un discurso pero al menos tenía una perspectiva humana: que con trabajo, educación y deporte se combatía al narcotráfico. Ahora, ante la carencia de changas, ni hablar de trabajo en serio, escuelas que hacen lo que pueden para mantener los niños y adolescentes en las instituciones, y clubes de barrios que (salvo excepciones) ya no son lugares de contención como antes, aquellos políticos asumieron el discurso punitivo como única respuesta o propuesta.
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Llenar las calles de uniformados no va a resolver el problema. Y sería importante que los dirigentes políticos, que discutirán el tema en este año de campañas electorales, viren sus discursos hacia la situación social como principal emergencia, más que aprovechar la estridencia que produce hoy el significante narcotráfico. Y que la Gendarmería vaya a custodiar las fronteras de la Patria, la Prefectura a los puertos donde se contrabandea droga y gran parte del trabajo de los argentinos, y las Fuerzas Armadas cumplan su rol en la defensa de la soberanía. Que el principal enemigo no está en los barrios.















