Diálogo Abierto

"Las guarderías y jardines no pueden ser depósitos de niños"

Entrevista con Silvia Zabala, puericultora. Ataduras familiares. "Perdida" en México. Lo ancestral, el autoconocimiento y las pedagogías disruptivas

Miércoles 30 de Marzo de 2022

El estudio de la Puericultura y particularmente de la Psicología Infantil le permitieron no solo abordar su actividad profesional con una mirada distinta hacia los niños, sino también resolver cuestiones relacionadas con su propia infancia, proceso en el cual fueron importantes, además, los conceptos y prácticas de la cultura tolteca. Silvia Zabala, mexicana pero residente en la capital provincial, trabaja con pequeños de dos a cuatro años, analiza la importancia de que se conecten con la Naturaleza, y advierte sobre los riesgos del mundo virtual y de las imposiciones pedagógicas en edades tan tempranas: "Las guarderías y jardines no pueden ser depósitos de niños"

Cuidando las muñecas

—¿Dónde naciste?

—En Guadalajara, Jalisco, México.

—¿Cómo es tu barrio?

—Mi experiencia fue la de jugar en la calle, enfrente teníamos canchas y un camellón (acera amplia en medio de una avenida, generalmente adornada con árboles y plantas) cuidado por los propios vecinos y donde jugábamos. Era el barrio de la casa de mis abuelos paternos, donde crecí, en las afueras de la ciudad. Había muchos comercios y un mercado central a dos cuadras, donde mi abuela compraba verdura fresca todas las mañanas. También viví en la casa de mi mamá, un barrio totalmente diferente. Ella nació en Michoacán, donde yo pasaba las vacaciones y escuchaba leyendas sobre apariciones de espíritus, lo cual me generaba miedo.

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—¿Personajes de aquel entorno?

—Muchos, generalmente tomados por alguna adicción, porque era un barrio carenciado y sobre quienes me decían que tenía que cuidarme.

—¿Qué dimensiones tiene Guadalajara?

—Es muy grande, con nueve millones de habitantes y mucho movimiento estimulante.

—¿A qué jugabas?

—A las traes (cachada), a la escondida, a la cuerda y a la pelota.

—¿Leías?

—Poco, y me leían poco. Ese gusto me vino de adulta.

—¿Por qué?

—Por una búsqueda espiritual y de los mundos invisibles. También me gustan las novelas.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Comerciantes.

—¿Hasta qué edad viviste en Guadalajara?

—Hasta 2012, cuando me fui a Uruguay, viví un año y volví a México.

—¿Sentías una vocación?

—Mis dos juegos favoritos eran ser mamá, así que cuidaba de mis muñecas, y cantante, para lo cual me disfrazaba de mis cantantes favoritos y daba recitales imaginarios. Por el sistema educativo y social me fui perdiendo en la búsqueda de lo externo, más que buscar mi propia identidad. También crecí con las novelas súper dramáticas que veía mi abuela (risas), las películas de Hollywood y de Disney. Me gustaban los niños pero no lo veía como una posibilidad profesional, aunque me siento mucho más cómoda con ellos que con los adultes.

Puericultura y prácticas ancestrales

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?

—Desde el jardín mi mamá era muy exigente, en los primeros años fui cuadro de honor, y cuando llegó la secundaria solté y solo iba para cumplir. Me gustaba por los amigos pero no me atraía ninguna materia. Luego estudié Turismo y Administración, quise estudiar Psicología porque estaba en una búsqueda, encontré Puericultura (*), me inscribí y allí con la materia Psicología Infantil dije ¡wau! y vi a mi niña interior, que generalmente está bloqueada.

—¿Qué descubriste puntualmente?

—Fue un conjunto de situaciones con el hecho, además, de hacer prácticas ancestrales espirituales como los temazcales, encontrarme con las hierbas medicinales, el peyote y los mundos sutiles, los acuerdos toltecas y la conexión con la Tierra. Antes no me había preguntado e iba con el rebaño. Trabajé en guarderías y jardines de infantes, y observé que son meros depósitos donde se deja que los peques lloren hasta que se cansan, lo cual no me gustó. Tampoco me permitían alzarlos o abrazarlos porque “se tienen que acostumbrar y aprender”.

—¿Qué aspectos de la Psicología Infantil no se conciliaban con lo que observabas en los jardines y guarderías?

—Más que conceptos fueron sensaciones porque es un trabajo muy personal y tiene que ver con mi camino de autoconocimiento. Ahora entiendo cómo nos formamos desde que estamos en el útero de nuestra madre y que, ojalá, nuestras madres y padres pudieran formarse antes de serlo. Me maternó mucho tiempo mi abuela materna y falleció luego de una enfermedad bastante dolorosa de dos años. Me di cuenta de las ataduras que tenía hacia mi familia, a cuyos adultes yo cuidaba mucho.

Sanar con cariño y auto sanación

—¿Cómo continuó esa búsqueda?

—Al terminar Puericultura, en 2012, estaba decepcionada del país, de la política y de la sociedad, no quería trabajar para el gobierno, me fui a Uruguay porque una amiga se fue de intercambio, me encantó, leí mucho, estuve de niñera y conocí al papá de mis hijos.

—¿Qué leíste?

—A (Eduardo) Galeano y novelas. Generalmente no recuerdo los autores, sino que valoro y tomo los conceptos que leo y me resuenan. En 2013 volví a México aunque no sabía para qué. Uruguay es chiquito, con una cultura abierta, y México es bastante religioso, moralista y machista. Estuve un tiempo, luego en California, donde tengo familiares, en 2014 volvimos a Uruguay con el papá de mis hijos, trabajé en el Parque Educativo Padre Novoa, para niños en riesgo social, y conecté con lo que me gusta porque podía brindar un poquito de amor.

—¿A qué herramientas acudiste en ese colectivo tan complicado?

—Más que a estrategias o planificación de trabajo, al cariño, abrazarlos, besarlos y jugar, ponerme a su nivel de una manera amorosa, lo cual no me resulta un trabajo sino un regalo, al igual que con sus familias.

—¿Un caso particular?

—Me sorprendían las historias que vivían por los lugares de donde venían, pero era un equipo muy bonito, apasionado y contenedor. Recuerdo a un niño que siempre venía descuidado, con su mamá alcohólica… también había mamás golpeadas… que repetían el patrón, aunque no me tocó ver peques golpeados.

—¿Viniste desde Uruguay a Paraná?

—No, volví a México para parir, en mi casa, me dediqué completamente a mi hijo y me ayudó a sanar mis propias heridas por haber tenido una mamá ausente. Seguí indagando en diferentes pedagogías como la Montessori y Waldorf, y encontré la enseñanza libre, la crianza respetuosa y consciente, y cuando me embaracé de mi segundo hijo no sabía muy bien qué hacer con mi vida. Un amigo me ayudó y fue cuando comenzó a germinar la semillita de un espacio propio, amoroso y que acompañe, ya que cuando nació mi segundo hijo vi que los lugares no eran acorde a lo que creía. Escuché la palabra misión, me resonó en cuanto a lo que podía aportar y por eso existe Pies descalzos.

—¿Qué tomaste de esas pedagogías alternativas?

—Esas dos en particular (Montessori y Waldorf) se tocan en lo espiritual y en la mirada hacia el niño. Montessori propone no intervenir sino observar y que el adulto acompañe, sin llenarlo de ideas o conceptos. (Rudolf) Steiner también pone el foco en lo que muestra el niño, con su propio ritmo, y en la experiencia de la mamá. Hay talleres de estimulación temprana, pero si lo dejás en el piso el chico se va a mover, porque el cuerpo está listo para eso. A mi primer hijo no le interesaba pintar o aprender el abecedario, y me marcaba otras actividades.

—¿Hay nuevas corrientes que tengan similitudes con aquellas?

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—Sí, la Educación libre y la Pedagogía de la Naturaleza que en realidad proponen volver a dejar a los hijos saltar en los charcos, mojarse con la lluvia, probar la tierra, tocar el bichito… no es nada del otro mundo…

—Lo que hacíamos cuando niños.

—Exactamente.

—¿Qué es lo que más ruido te hace de la pedagogía tradicional?

—Que todos tienen que ser iguales, cuando hay que respetar la singularidad de cada une. Hay peques a quienes no les gusta pintar sino tocar y sentir, y a otros no, cuando se cree que a todos les gusta encastrarse, tocar y explorar con el cuerpo. La verdad es que no y hay quienes deciden cosas más sutiles. En este camino hay algo que va más allá de eso, y es lo que somos y atraviesa cada día, las energías y vivencias. Me preguntan cómo es la adaptación y no tengo un método, sino que la marca el peque y observamos qué necesita y cómo lo vive él. Se encuentran, comienzan a socializar y es otro mundo en el cual están con sus pares, mientras que en sus casas están con sus mamás, papás, abuelos y tíos, quienes le dan, generalmente, todo lo que necesitan. Entonces no necesitan aprender a vincularse porque se cubren sus demandas y necesidades. En otro espacio se encuentran vulnerables, porque tal vez quieren el mismo juguete, y no me lo quiere prestar… Hay que ver qué hacer con lo que sienten.

—¿Qué opinás de que cada vez es más prematura la enseñanza de contenidos formales?

—Para empezar, les niñes tienen que jugar…

—¿Hasta cuándo o habría que jugar siempre?

—Hay que jugar siempre (risas) y tienen que aprender jugando. Lo de sentarse, repetir, repetir y repetir, es antinatural. Los niños aprenden a través de la exploración y en cuanto a los contenidos para los más chiquitos creo que los estamos preparando para un mundo que no sirve, un sistema político, económico y sanitario que claramente se está cayendo. La educación y el conocimiento son importantes porque nos hacen libres, pero los preparamos para algo que creemos que tienen que ser y no damos oportunidad para que el ser que ya es, vaya descubriéndose. Los adultos decimos lo que tienen que ser o lo que ya soy, y se pierden porque le dijeron desde chiquita que “era muy exagerada”, “muy llorona”, “egoísta”, o “muy buena” y que “nunca hacía lío”, entonces me lo creí.

—¿Y aprender inglés?

—Sí, está bien, es importante, pero hay muchas maneras de acercarlo, como ser a través de la música, que en la primera infancia es muy importante, o de lo cotidiano. Hoy (por el martes) estuvimos pintando con los colores primarios, y sacamos sus nombres en mapuche y guaraní, para darle valor, también, a las lenguas originarias. No es que lo aprenderán en un día, sino ofrecer semillitas y algunas florecerán. Hay que ver que somos diferentes, como cada día, y respetar los procesos. Además de tener una estructura en el espacio a veces no se puede dar porque, por ejemplo, la Luna llena nos afecta a grandes y chicos. Entonces hay que darle prioridad a la resolución de problemas.

—¿Por qué viniste a Paraná?

—Porque el papá de mis hijos es de acá, quería que los niños se relacionaran con su familia y además no quería volver a Jalisco.

—¿Cómo viviste el contraste?

—Estuve en 2012 y me pareció muy aburrido, pero ahora que volví como mamá es diferente y me gusta criar aquí porque es más tranquilo.

(*) Puericultura: cuidado y formación de los individuos, a través del análisis de los distintos factores de crecimiento, el desarrollo de su inteligencia y las actividades que realiza en forma cotidiana, y de la búsqueda de un entorno de bienestar para el crecimiento y desarrollo desde su nacimiento hasta la adolescencia. Comprende el conocimiento y los procedimientos diseñados para proteger la salud y promover el adecuado desarrollo de los niños.

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“Lo virtual va acotando la imaginación de los peques”

La educadora recomienda poner un límite a la exposición de los niños a las pantallas por el sedentarismo que promueven, la naturalización de la violencia y la desconexión con la Naturaleza. “Hay un punto en que la mente no diferencia entre realidad y virtualidad”, advierte.

—¿Cómo afecta a los más chiquitos el predominio del mundo virtual?

—Por el sedentarismo, porque a diferencia de mi generación, que esperábamos terminar la tarea para salir a jugar, ahora esperan que llegue la hora para ver los dibujitos. En el caso de que tengan un mínimo de restricciones, aunque hay peques que no tienen ninguna. La imaginación se va acotando, todo tiene un símbolo e imagen; los videojuegos que he visto son bastante violentos y competitivos. Es preocupante porque se naturaliza la violencia y, además, hay un punto en que la mente no diferencia entre realidad y virtualidad.

—El metaverso apunta a una indiferenciación total de ambas dimensiones.

—Imaginate el cerebro de los niños y todas esas sensaciones a través de un videojuego. De hecho se sabe que están diseñados para eso: prepararlos para llegado el momento de la guerra tengan la sangre fría y resulte natural matar. Si bien la muerte es parte de la vida no es desde el “te mato” sino que lo que muere renace.

—¿Cómo administrar lo virtual?

—Con firmeza, porque el adulto, justamente, tiene la experiencia que nos da sabiduría. Así como lo cuido del fuego y no lo voy a dejar que toque, y le explico, también lo cuido de la pantalla, que parece inofensiva pero no lo es. Por otra parte, los niños tienen la sabiduría de estar conectados con el Todo. Nosotros hemos perdido la espontaneidad y sinceridad, mientras que ellos no pretenden ser otra cosa de lo que son.

—¿Qué sucede cuando están en un espacio sin la estimulación de las pantallas?

—(Piensa bastante). Se “desconectan” y vuelven a la esencia que son y a lo que nos rodea, como la Naturaleza. También los adultos vivimos conectados al celular y estamos desconectados de quienes somos, y de la Naturaleza que somos. El espacio se llama Pies descalzos por mis antepasados y ancestros que estuvieron descalzos, y porque los niños, en su profunda sabiduría, andan descalzos y no se enferman porque se conectan con la energía de la Tierra. Desde que nacemos, principalmente, percibimos el mundo con la piel y la boca. Hay que ofrecerles otro tipo de estímulos para abrir el mundo, estimular el juego simbólico, el movimiento y la motricidad fina, aunque un niño solo necesita de un par y ya está. Por ejemplo, los dibujitos nos dicen que la Magia la hacen los magos, pero todos podemos hacerla, o que es de determinada forma, y me desconecto de la propia. Entonces usamos el agua, le hablamos, la bendecimos, le pedimos… y es Magia. O hacemos burbujas de colores utilizando las palmas, le ponemos una emoción y la enviamos; traemos al “abuelo Fuego”… o sentimos el viento como una entidad viva. Esto modifica conductas y las formas de relacionarse cotidianamente con el otro.

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