Pablo Felizia/ De la Redacción de UNO
Una ilusión
En un comentario que leí no hace mucho, se afirmó que cuando comenzara el Mundial iban a aparecer cientos de remeras celestes y blancas. También que cada esquina o negocio se ornamentaría con los colores de la Bandera. Pero no eran postulaciones positivas; más bien como una forma de decir: “Viste, por el fútbol ahora somos todos argentinos y después nos olvidamos”. Me llevó un tiempo darme cuenta de que no estoy de acuerdo con esa opinión y eso que también la escuché en más de una oportunidad en las últimas semanas. La respeto, pero no puedo aceptarla porque la pienso al revés.
Hace unos meses se había inundado las vidrieras de los comercios de Paraná con prendas que llevaban impresa la bandera de Inglaterra. Hoy casi no están; las habrán guardado en alguna caja a la espera de que termine el Mundial.
Da gusto encontrarse en cada esquina con vendedores de banderas, con gorras y otros elementos de festejo que lleven nuestros colores. En la calle, jóvenes y no tanto, caminan con la remera de la Selección, hay comercios y empresas donde algunos empleados también las tienen puestas.
No es casual que los publicistas tomen al Mundial como si se les fuera la vida en eso. Es para vender, está claro, y para limpiar la imagen de una marca determinada; afinan el ingenio porque saben que todos nos volvemos más sensibles por estas épocas.
Hay escuelas de Paraná que el día en que juegue la Selección Nacional contra Nigeria pasarán el partido para sus estudiantes. Es una propuesta del Consejo General de Educación y pretenden así evitar el ausentismo ese día. De hecho le van a permitir llevar banderas y remeras de Argentina a los alumnos durante la jornada escolar.
Lo prefiero. Creo que peor sería que se juegue un Mundial y que nadie lleve nuestros colores o como a principio de año, en la calle, una muchacha cualquiera se ponga la de Estados Unidos o la de Inglaterra mientras esperamos el partido del sábado. Por eso la pienso al revés que aquel comentario donde se culpó al fútbol de que nos guste el celeste y blanco.
También es cierto que la historia de los Mundiales guarda momentos difíciles. Un conocido me comentó hace días que no podía disfrutar de este torneo porque todos los Mundiales le traían el recuerdo oscuro del 78. Fue parecido a lo que dijo René Houseman: “Si hubiera sabido lo que estaba ocurriendo en el país en el 78, habría renunciado a la Selección”.
En otra ocasión, hace un par de años en una entrevista, un combatiente de Malvinas me contó que cuando volvió de la guerra llegó al aeropuerto en Buenos Aires con 20 kilogramos menos, todavía aturdido y con tristeza por la derrota. Al bajar del avión se encontró con miles de argentinos que agitaban la bandera y pensó que lo venían a recibir a él y a sus otros compañeros. En realidad, la multitud aguardaba por la Selección Nacional de España 82. A él también le costaba disfrutar de estos torneos de fútbol.
Por otro lado creo que si no estuviera el Mundial, la deuda externa sería uno de los principales temas de conversación por estos días. Incluso, tal vez hasta crecería el debate entre pagarla o investigar su origen fraudulento y usurero: una cuestión más importante que ver entrar una pelota adentro de un arco. Habrá que decir que por el fútbol se ven más banderas nacionales que durante el 25 de Mayo o el 9 de Julio. Visto así, el escepticismo gana cualquier apuesta. Pero también, el deporte en general, y este en particular, despierta pasiones como casi ninguno otra cosa.
Sobre finales de Francia 98 el comentarista argentino en la televisión dijo, antes de cerrar la transmisión, que nunca se debía mezclar el fútbol con la política. Lo había planteado como si eso fuera un axioma inviolable. Hoy creo que ese comentario está equivocado. Se quiera o no, el fútbol está cargado de la política y de opiniones que atraviesan la historia. Que venga cualquiera sino, a decir que no se emociona, cuando miles de voces cercanas gritan: “El que no salta es un inglés”.
Por eso prefiero mil veces que por el Mundial se llene de banderas y de colores celeste y blanco todas las esquinas y hasta las escuelas. No desconoce lo otro, a todo lo otro; en todo caso nos une y nos ilusiona con una final distinta.














