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La reposición de una serie de culto

Okupas: la vigencia de los problemas sociales irresueltos

Cuáles son las razones por las que la serie Okupas, a más de 20 años de su estreno, todavía provoca y conmueve como pocas. 

Miércoles 28 de Julio de 2021

Un policía escribe a máquina sobre el techo de un auto. Un filet de merluza se vende a tres con cincuenta. Para ubicar a un amigo hay que llamar a la casa desde un teléfono público y dejar un mensaje con una dirección. Los celulares son objetos de lujo y todavía se usan solo para hablar. Los pastores predican en las plazas. Las juventudes deambulan desplazadas del mercado de trabajo. Las familias deambulan buscando techos. El fútbol y los Rolling Stones. El delito bajo ciertos códigos. Trasladarse kilómetros para comprar droga. Esconderse para consumirla. El paisaje urbano del punto donde se cruzan los siglos XX y XXI es el que aparece delante de cámaras en Okupas. El mismo paisaje que está detrás.

La serie que hoy está en boca de muchos tiene, entre otras, esa cualidad: es fiel reflejo de una época. Una época que pasó hace más de 20 años pero que todavía persiste como subyacente a la actual. Está presente en los dramas sociales irresueltos, en las dificultades individuales que se reconfiguran y, cíclicamente, reaparecen.

El de Okupas es el escenario todavía eminentemente analógico, con sus propios ritmos de vida y de muerte, sobre el que se yuxtapone el presente digital, globalizado, hiperconectado y efímero. Tal vez es por eso que no ha perdido vigencia y por estas horas es un éxito de la industria de las plataformas y desde este nuevo soporte sigue provocando y conmoviendo.

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 Sobrevivir. Los protagonistas de la serie sobreviven en un contexto de crisis que se encamina al estallido

Sobrevivir. Los protagonistas de la serie sobreviven en un contexto de crisis que se encamina al estallido

Ricardo, El Pollo, Walter y El Chiqui, los personajes del ciclo que se estrenó por la Televisión Pública en 2000 y hoy se ofrece remasterizada en Netflix, sobreviven en una Argentina que se encamina sin salvación hacia el estallido. Son jóvenes desocupados, que no estudian ni tienen planes para el futuro, que naturalizan la vida a un costado de lo legalmente permitido, pero que al mismo tiempo practican la amistad, la lealtad y la solidaridad y las elevan al nivel de valores supremos. Sus peripecias en ese país en crisis mantienen en vilo a quien se siente frente a la pantalla, ya sea la cuadrada y gruesa de aquel momento o la plana e inteligente de ahora.

Cine y crisis

Okupas, de Bruno Stagnaro, tiene como antecedente inmediato la película del mismo realizador junto con Israel Adrián Caetano, con la que el director irrumpió en el cine argentino en 1998, Pizza, birra, faso. Aquella era la historia de un grupo de jóvenes marginales que habitaban una misma casa y sobrevivían en las calles de Buenos Aires, contemporáneos del cuarteto de muchachos que dos años después dieron vida al ciclo que tiene como protagonista al personaje que encarnó Rodigo de la Serna.

“Evidentemente es una propuesta audiovisual que retoma mucho de los principios interesantísimos que tiene el cine argentino, que se podrían inscribir dentro de lo que se denomina cine social”, dice a UNO Pablo Feuillade, docente de la carrera de Licenciatura en Comunicación Social de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). En el caso de esta serie, esos principios del cine social se manifiestan “casi como una premonición” de lo que iba a ser el estallido de diciembre de 2001, porque la imágenes “reflejan claramente esa situación de crisis social y económica que iba a suceder un año después del estreno”, subraya el profesor y realizador, quien es admirador de Okupas por una gran cantidad de razones.

“Básicamente, a nivel narrativo, lo que cuenta la serie es la reunión de cuatro jóvenes en una casa desalojada cuya dueña, para evitar que la ocuparan, en el marco justamente de esa situación de crisis, se la entrega a Ricardo”, describe Feuillade sobre el hilo argumental primario. Ricardo es un muchacho de clase media, pero “una clase media que se caía a pedazos en ese momento”, una clase media en decadencia, empobrecida, que daba lugar a “un montón de estereotipos, como ciertos valores constitutivos de ese sector social que no fueron dejados de lado y que aparecen claramente reflejados en los personajes”. Eso, afirma, es uno de los logros del relato.

Además, recuerda que “a nivel narrativo es la amistad el tópico fundamental que se muestra en la serie y esa amistad es regulada entre ciertas prácticas de la clase media y entre ciertas prácticas de los personajes que vienen de las orillas y de los márgenes”, como en una simbiosis entre clases sociales diferentes pero enlazadas. “Se puede decir que lo que vincula a estos amigos es la falta, es lo que no tienen, es una carencia. Y en ese marco es que va a surgir esa amistad y también una serie de ritos de iniciación. Esos cuatro personajes, que están ubicados en un determinado espacio, van a configurar desde allí sus enemigos, sus aliados, y de esa manera van a vivir ese tiempo”, dice Feuillade.

La calle y el barrio

Okupas utiliza la realidad como set de grabación: la casa tomada y sus alrededores, la calle y el almacén; también el tren, el Dock Sud, la costa de Quilmes. Esto es una decisión fundamental del realizador, que elige contar una historia desde sus escenarios naturales e incorporando a la gente de esos escenarios.

“Me parece, por el modo de trabajo que tiene Stagnaro, que en algún punto reivindica o da cuenta de cierta admiración por lo que fue el Neorrealismo italiano. Inclusive por trabajar con no actores, como es el caso del personaje del Negro Pablo, que interpreta Dante Mastropierro”, piensa el docente. Stagnaro eligió a una persona que no era actor para representar a ese muchacho que en la ficción vive en un departamento de monoblocks de Dock Sud, junto con una banda de delincuentes de la que es el líder. Mastropierro construye, junto con De la Serna, una de las escenas más recordadas y mejor logradas de la televisión argentina. En la vida real, el no actor tenía una historia de vida no tan alejada de la marginalidad, lo que también aportó “ciertos guiños que la serie propone”.

“Se puede decir que lo que vincula a estos cuatro amigos de Okupas es la falta, es lo que no tienen, es una carencia”. (Pablo Feuillade) “Se puede decir que lo que vincula a estos cuatro amigos de Okupas es la falta, es lo que no tienen, es una carencia”. (Pablo Feuillade)

“Otras cercanías con el Neorrealismo italiano son la escasez de recursos técnicos, una propuesta estética fundamentalmente austera y el hecho de que refleja con precisión, diría quirúrgica, ciertas condiciones sociales. Eso está muy bien expresado tanto en el espacio escenográfico donde se trabaja, como también en la caracterización de los personajes. Esto le da una riqueza muy interesante y es algo que remarca Stagnaro en todas sus producciones”, insiste Pablo Feuillade, al tiempo que resalta que esta producción fue posible porque fue hecha desde la televisión pública, la cual es “el espacio posible” para producciones que reflejan problemáticas sociales.

El por qué de la vigencia

Alejandro Haimovich, abogado, docente e investigador de la UNER, también se cuenta entre los admiradores de esta historia: “Okupas es una serie de culto y como todo producto artístico de culto, es atemporal. Eso puede tener que ver con múltiples razones y cada uno tendrá la suya. Particularmente creo que desde la propuesta original de Stagnaro, de los guionistas y los actores; desde la química entre los actores, desde la forma como estuvo filmada y desde el lenguaje utilizado, se sale de ese costumbrismo a que nos tenían acostumbrados la televisión y el cine argentinos y se transitan otros espacios”. Agrega a esto que luego de su estreno, con las reposiciones, las copias de baja calidad en internet y finalmente la incorporación en Netflix, ha generado en estos más de 20 años “todo un proceso cultural alrededor de la serie y eso hizo que nunca estuviera ausente”.

Además de esto, hay otras razones para explicar la vigencia, que tienen que ver con problemas sociales no resueltos o incluso agravados. Recuerda Haimovich que la serie está ambientada en finales de los 90, con el apogeo del menemismo y la aparición de la Alianza como contexto histórico político. “Todo lo que social, cultural y económicamente generó el menemismo, que a su vez fue una continuación del proceso militar en términos culturales, lamentablemente no se ha modificado en lo sustancial. Digo lamentablemente porque, más allá de las afinidades políticas que cada uno tenga con los gobiernos que sucedieron al menemismo, hay datos concretos”, señala.

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Okupas se inscribe dentro del cine social argentino y usa recursos del neorrealismo italiano.

Okupas se inscribe dentro del cine social argentino y usa recursos del neorrealismo italiano.

Así, hace referencia a lo que observa desde su trabajo vinculado fundamentalmente al sistema penal y carcelario. “Cada vez hay más presos, cada vez los delitos tienen penas más graves y eso es un emergente y una variable de observación de lo que pasa socialmente. Todo eso que vemos en series como Okupas o en Pizza, birra, faso, está en gran parte atravesado por ese crecimiento del sistema punitivo a nivel mundial, sin ningún resultado en términos de que haya menos delitos, sino que por el contrario cada vez hay más gente presa”, afirma.

“Todo lo que social, cultural y económicamente generó el menemismo, que a su vez fue una continuación del proceso militar en términos culturales, lamentablemente no se ha modificado en lo sustancial”. (Alejandro Haimovich)

Y continúa: “Esto atraviesa toda la problemática que se muestra en la serie, donde básicamente vemos gente que está desplazada del mercado de trabajo y de la cultura clasemedial y que en los márgenes crea su propia cultura y sus propias estrategias de supervivencia, tal cual pasa hoy en día. Inclusive podríamos hablar de un agravamiento de ciertas condiciones y del deterioro de ciertos códigos vinculados a lo marginal que se expresan en el personaje que hace Diego Alonso, El Pollo, que hoy han caído en función de la sobrevivencia más dura y cruda”.

Por lo demás, el abogado y docente encuentra otras razones más personales: “Acercarse a lo marginal siempre es atractivo, pero aquí se hace desde una mirada que no es moral ni costumbrista, sino que tiene que ver fundamentalmente con lo artístico. Todo el equipo, no solo los actores, ha podido expresarse desde su propia subjetividad artística y eso fue amalgamado en una serie que por algo ha quedado en nuestro registro cultural de una manera muy potente”.

Por su parte, Feuillade agrega sobre esto: “La vigencia de la serie hoy reside en que refleja cuestiones que no están resueltas todavía y por eso genera empatía e identificación en vastos sectores del público”.

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Exclusiones de fin de siglo

Para Pablo Feuillade, algo interesante que la serie plantea es que la amistad de los okupas se sostiene sobre dos exclusiones, que en su momento pasaban desapercibidas pero que en la actualidad son inocultables. “Esos dos excluidos son el puto y las mujeres”, dice. “Si seguimos todos los capítulos vamos a ver que las mujeres aparecen de forma esporádica”, acota.

Efectivamente no hay mujeres que desarrollen roles importantes en la trama, sino que por lo general funcionan como accesorios de lo que les pasa a los varones o como objetos que tienen la misión de satisfacerles los deseos y necesidades. “Tengamos en cuenta que la serie es del año 2000, hoy no sé qué impacto va a tener sobre esto la reposición que hace Netflix. A la vista del 2021, con todo lo que implicó el avance de las reivindicaciones de género, puede haber un punto crítico sobre este tema, pero tengamos en cuenta que esto fue hecho hace más de 20 años”, indica el docente. La serie, cabría agregar, fue disruptiva respecto del costumbrismo televisivo de la época; contó y mostró lo que se contaba y mostraba poco y nada; pero no lo fue en cuanto al lugar de las mujeres y las disidencias sexuales.

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