Caso Pocho Morales
Domingo 26 de Agosto de 2018

Ni la recompensa ha logrado romper el silencio sobre el destino del quinielero

El año pasado la oferta aumentó a 500.000 pesos y fue lo último que sucedió en la causa por la desaparición de Juan José Morales, hace siete años.

"El pueblo donde todos están bajo sospecha", tituló UNO hace casi siete años, sobre la desaparición de Juan José Morales, en San Jaime de la Frontera.

Hoy, luego de numerosas pistas investigadas infructuosamente, ya casi no quedan sospechosos, pero la crónica podría publicarse tal cual, con total vigencia: lo que sucedió en la tarde noche del 30 de agosto de 2011 nunca pudo ser esclarecido y posteriormente no surgió ni un dato certero que permita avanzar la pesquisa hacia alguna dirección.

En la causa judicial hace tiempo que no se registra algún movimiento, según se informó a UNO, debido a que se agotaron las posibilidades de medidas de prueba. La esperanza está puesta en la aparición de algún testigo que pueda romper el silencio, tal vez motivado con la recompensa que ofrece el Ministerio de Seguridad de la Nación.

La misma era de 100.000 pesos desde poco después de la desaparición, y el año pasado fue aumentada a 500.000, al igual que por el resto de las personas buscadas en el país. Hasta ahora el dinero no ha convencido a nadie.

Pocho desapareció a la vista de todos, pero nadie pudo ver qué le sucedió. La calle San Martín al 400 de la pequeña localidad del Departamento Federación, es como un punto ciego, o un agujero negro donde un año antes también había desaparecido Sebastián Ortiz, dos casos que guardan coincidencias desconcertantes. Morales, de 66 años, era el quinielero del pueblo, llevaba una vida familiar, algo silenciosa, e iba a rezar a la iglesia todos los días. Tenía su tómbola Pochito en San Martín 466 de San Jaime, que hoy sigue atendida por Beatriz, la esposa.

Salía todas las mañanas y las tardes en su bicicleta roja, con el aparato para hacer apuestas, y recorría a sus clientes habituales que esperaban un golpe de suerte. Esa rutina se interrumpió en el cálido anochecer de aquel 30 de agosto. Nadie tiene dudas que, en realidad, alguien la interrumpió. Según pudieron reconstruir los investigadores sobre los últimos pasos de Pocho, a las 20.07 levantó la última jugada a la quiniela en la colectora de la ruta 127, al lado de la carnicería (esto quedó registrado en el ticket del apostador). Intercambió unas palabras, pedaleó hasta la esquina, dobló y en la cuadra de su tómbola se detuvo.

Doña Elba, una mujer que vive y tiene un comercio cruzando la calle, le dio el pésame por la reciente muerte de su hermano. Luego fue hasta la esquina para completar los clientes de la cuadra, y volver enseguida a hacer el cierre de la quiniela de las 20.30. En esos instantes se produjo el misterio que en siete años nadie pudo resolver. Su ausencia extrañó a Beatriz, quien salió a buscarlo en las cuadras de alrededor. No regresaba y a las 20.45 decidió llamarlo al celular. Atendió el contestador porque ya estaba apagado.

La mujer le avisó a sus hijos, y en seguida llegaron Diego y Walter. Recorrieron a pie y en moto las cuadras linderas. Media hora después estaba todo San Jaime rastreando a Pocho por cada rincón del pueblo. El primer traspié en la búsqueda sucedió menos de dos horas después, con un testigo que mintió, nadie sabe bien por qué. Pinino Báez llegó a las 22.25 a la tómbola y dijo que Morales había pasado por su casa a eso de las 22, y desde la ventana le pidió que le avise a su familia "que andaba mal, y se iba para La Colorada", un campo espinoso que rodea un costado del pueblo. De inmediato se fueron todos para allá y caminaron con linternas entre arbustos y yuyos.

Al día siguiente continuó y se extendió la búsqueda, pero no hallaron ni un rastro. La causa tuvo medidas inéditas, como un recorrido casa por casa, en cada uno de los 1.300 domicilios del pueblo. No eran requisas, sino más bien averiguaciones con los habitantes. Se desplegaron rastrillajes con más de 100 policías en las banquinas de la ruta nacional 127 hacia Los Conquistadores y hasta la cuatro Bocas, en el límite con Corrientes, y en los campos aledaños.

También lo buscaron perros y vehículos por tierra y en un helicóptero. Buzos tácticos inspeccionaron los arroyos de la zona. Se vaciaron los piletones de desagüe cloacal y peritaron pozos de los campos de alrededor de San Jaime. Un comisario retirado estuvo en la mira, quien se había peleado poco antes con un hijo de Pocho. Le hallaron pruebas que no se pudieron cotejar por haber sido contaminadas, y el hombre terminó preso hace un par de años por abigeato. En tanto, en el cementerio local cavaron una tumba a raíz de un comentario, y se realizó un ritual con un vidente o curandero que no arrojó resultados. Sobre la ausencia de testimonios, aparecieron quienes mintieron. Un hombre que dijo haberlo visto en Córdoba terminó detenido por falso testimonio.

El párroco de San Jaime y un concejal debieron dar explicaciones porque ocultaron información al declarar. La única certeza que tienen muchos en torno a este misterio es que el mismo que se llevó a Pocho tuvo que ver con la desaparición sobre la que el 6 de septiembre se cumplirán ocho años: la de Ortiz, también de 66 años, quien aquella tarde salió en su bicicleta roja por las calles de San Jaime hacia la terminal de ómnibus para sacar un pasaje para volver a Paso de los Libres, pero nunca llegó.

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