Policiales
Sábado 07 de Julio de 2018

La vida difícil de Brian y la lucha de su madre que ahora será por justicia

Mirta Oroño, madre del joven que murió el lunes tras agonizar tres semanas por un balazo, relató la historia de su hijo y la ayuda que nunca llegó

La bala que salió del arma empuñada por un hombre en la madrugada del 9 de junio terminó, semanas después, con una vida breve y llena de obstáculos. Brian Farías cumplió 20 años mientras estaba internado en Terapia Intensiva del hospital San Martín de Paraná. Su madre, Mirta Oroño, luchó los últimos seis años para rescatar a su hijo de la adicción a las drogas, para que tuviera un futuro digno. El contexto que padecen miles de jóvenes y la ausencia del Estado pudieron más. Ahora comenzó una nueva lucha, esta vez por justicia para su hijo. "Necesito la máxima condena para el asesino", dijo a UNO luego de contar cómo fue la vida de Brian hasta sus últimos días.
La Fiscalía a cargo de Patricia Yedro imputó por el crimen a Oscar Siboldi, a quien muchos señalan como un narcotraficante de la zona oeste de Paraná, y también a su hijo Axel. Ambos, defendidos por el abogado Alberto Salvatelli, están con prisión preventiva.

"Con 14 años ya consumía"
"Brian siempre quería ser libre, desde chiquito hacía todo por sí mismo. Su película favorita era Spirit, el corcel indomable, y amaba jugar al fútbol. Hasta sus 13 años Brian fue un pibe normal, siempre unidos como familia, con sus hermanos, con dificultades y demás cosas cotidianas de lo que lleva ser madre sola, sostén de mi casa y de mis hijos. Eso implica trabajar afuera, mantener mi hogar, ver las carpetas para que cumplieran con sus tareas", cuenta Mirta con orgullo.
Fue un llamado de la escuela Marcelino Román la primera alerta: "Me dijeron 'Brian no está viniendo a clases'. Me presenté y dije que no podía ser, que lo levantaba, le daba el desayuno y lo mandaba, y yo salía a trabajar. Pero me mostraron sus faltas y que había empezado a juntarse con tal persona", recuerda.
"Empezó una odisea para mí –describió–, porque tuve que asistir a turnos que me daban con el juez de Menores. Todo el tiempo era la culpable, por no mandarlo a estudiar, porque no podía retenerlo, porque faltaban cosas en mi casa. Tampoco entendía, estaba viviendo un infierno en mi propia casa. Empezamos a discutir todo el tiempo, ya no fuimos los mismos".
Así comenzó el peregrinar desde oficinas públicas a la boca del lobo: "Solía buscarlo por esos lugares del diablo, digo siempre, por que no hay un Dios que los ampare. Él con 14 años ya consumía, no volvía a mi casa donde jamás le había faltado nada. Me volví de hierro para poder soportar insultos, amenazas, vergüenza. Llamaba a Minoridad y les decía 'vengan a buscarlo, acá está', pero nunca aparecían. Por ahí lo encontraban ya pasando meses, todo sucio, mal vestido, flaquito, me partía de dolor".
"Fue un calvario sobrellevar una situación así, porque lo primero que hacen es señalar con el dedo; lo segundo decir 'ah, no tiene marido'; lo tercero '¿por qué tantos hijos?. Pero ninguna ayuda, y no hablé jamás de lo económico, siempre trabajé para darle dentro de todo lo mejor posible", afirmó.
Mirta recuerda el primer llamado de emergencia: "Una noche me avisaron que Brian estaba en la Guardia del Corrales. Salí como pude. Llegué y vi a mi hijo con un reparador en su ojo. El maldito del amigo, entre comillas, el hijo del narco Gustavo Barrientos, alias Petaco, le había tirado con un aire comprimido, le reventó el ojo. Viajé urgente a Buenos Aires para una operación reconstructiva. Ahí mismo pedí un examen de todo lo que encontraron en su organismo, para el maldito Copnaf, y tenía abuso de consumo de drogas".
Sobre el organismo al cual fue muchas veces a pedir ayuda, dijo: "Siempre quise demostrar que ellos estaban equivocados y que mi hijo necesitaba toda la ayuda posible para que volviera a ser mi niño, sano, libre, feliz. Tenía 15 años y estaba prácticamente consumido por drogas. Volví a intentar que lo internaran, fueron tres meses más, en los que me sentía tranquila por que estaba cuidado, lo visitaba, le llevaba chocolates, caramelos, cosas para que comparta con los demás pibes de la residencia".
"A los 16 años vuelve a mi casa, estaba feliz de verlo, pero duró poco, empezó a irse cada vez más, hasta que comencé a denunciar yo misma a mi propio hijo. Me dolía en el alma pero sé que hacía lo mejor para él, y el maldito Copnaf que nunca me conseguía una internación afuera, para poder ocuparme de vender e irme a otro lugar con mis seis hijos, empezar otra vida. Ese fue mi sueño siempre, mientras él se podía recuperar", contó la mujer sobre su proyecto trunco.
Pero no estuvo tan sola: "La última vez que logré que me dieran una internación fue gracias a Mónica Olivera (fundadora de la asociación de mujeres Luchadoras Positivas). Me dio una mano enorme, cosas del destino digo yo. Pero solo lo llevaron a Victoria, fue la última vez que lo tuve en una residencia".
Un año después, casi con 18, Brian volvió a su casa. Pero le sucedió lo mismo que a muchos pibes: pudo haber cambiado, pero el contexto y la junta, no: "Volvió a lo mismo, idas y vueltas, amigos de los peores, robos acá y allá, 'ahí va la madre del chorro', solía escuchar, a sus hermanos también los insultaban, pero nadie sabe que ser adicto es una enfermedad jodida. Soporté desde sus 18 hasta sus 19 todo tipo de cosas que puedan imaginar".
El paso siguiente fue la cárcel, que según la madre le sirvió: "Estuvo en una ocasión detenido en la Unidad Penal, solo dos meses, pero creo le sirvió de escarmiento, porque desde que volvió empezó a portarse mejor. Hacía casi un año que se portaba dentro de todo bien, tenía una novia".
"Sentía siempre ese miedo, estaba todo el tiempo mirando el celular en mi trabajo para ver si se conectaba, cuando veía que estaba activo me daba un alivio. Dentro de todo ya estaba tranquila, porque lo veía en mi casa con su novia, yo llegaba de trabajar a las 6 y él ya, estaba con el mate y los bizcochos", dijo Mirta, y luego la historia sigue con el último y trágico capítulo.

No conectado
Ese último capítulo comenzó el viernes 8 de junio, hace exactamente un mes, a la noche, la última vez que Mirta vio salir a Brian de su casa: "Le dije '¿Mijo volvés?, 'Sí Ma yo voy y vuelvo'. Como siempre hacía, me fijé en mi celu si se conectaba, no, no, y no. Me dolía el pecho, ya me había angustiado. Salí de mi trabajo, llegué a mi casa y a la media hora me avisan que mi hijo estaba en el hospital, que le habían disparado. Creo que me hice mil pedacitos, y todavía intento acomodarlos pero no encuentro las piezas. Llegué como pude y me dijeron que lo habían operado de urgencia porque se moría si no lo hacían. El disparo le perforó el pulmón, perdió mucha sangre, le hicieron transfusiones, estuvo en Terapia toda esa primera semana. Dolida me iba con mi hija casi ya a punto de parir, pero no se movió de mi lado ni del de su hermano".
Las tres semanas en el San Martín fueron una montaña rusa, una agonía con durísimos diagnósticos y momentos de esperanza: "Su estado mejoraba de a poquito, pero hubo una noticia peor aún: la bala le partió la vértebra y la médula. Sentí que el mundo se volvía en contra mía, y me dije 'vas a poder Mirta, siempre pudiste, esto también lo vas a superar'. Comencé a preguntar por turnos para ir haciendo trámites para Brian, para cuando estuviese en su casa".
"El lunes 19 lo habían pasado a una sala, de a poco fue recuperándose, yo estaba feliz de escucharlo hablar, de que me agarrara la mano. Su novia Ailén y unos pocos amigos, Alan, Facundo, Exequiel y Sebastián, y mi hija Keila, se turnaban para hacerle compañía de noche así yo podía trabajar. Casi una semana estuvo en Sala, pero el miércoles ya no había querido comer y me dijo: 'Si yo no vuelvo a caminar me mato'. El neurocirujano le había dicho que ya no iba a volver a caminar más. El jueves tampoco quiso comer nada ya no quería hablar, me entristecí más aún sintiendo el dolor de mi hijo, y al mismo tiempo odio por el asesino que le causó tanto sufrimiento", dijo Mirta.
Hasta que la salud de Brian comenzó a decaer para nunca más mejorar: "El viernes como cada día salí de trabajar, vine a mi casa, mandé mi nene al colegio y me apronté para ir a verlo a mi pájaro. Lo llené de besos, se hicieron casi las 11 y me vine a casa para cocinar algo para mis hijos, y volver a la hora de visita, siempre acompañada de mi familia, mis hermanas, hermanos, mi tía, mis primas, eso fortalece y les doy un millón de gracias por estar a mi lado y del de mi hijo. Su novia me avisa que había empezado a vomitar sangre, llamé a Nancy, amiga remisera de hierro y me llevó volando hasta el hospital. Era un mundo de enfermeras alrededor de mi hijo, y me dijeron que esperara afuera. La doctora de guardia me dijo que lo estaban reanimando porque había entrado en paro, y con una hemorragia".
Minutos después lo pasaron a Terapia, y Mirta supo que casi no había retorno: "Fue el peor día de mi vida", afirmó. Siguieron días y noches enteras en el pasillo del hospital, esperando para pasar a visitar a Brian y escuchar las mismas noticias de los médicos.
"El domingo y lunes, el mismo informe, con una pequeña infección intrahospitalaria, ver a mi hijo lleno de cables y tubos me partía el alma. El martes dijeron que el paro había afectado su cerebro, él solo dormía, le apretaba su mano, le masajeaba los brazos, le hice escuchar temas que le dedicaron, audios de sus hermanos más chicos. Así lo tuvieron tres días y volvieron a sedarlo y estabilizarlo", recuerda.
"Su cumpleaños fue el 29 de junio, 20 años alcanzó a cumplir el viernes, todavía tenía una esperanza. El sábado fui a verlo, no fui a trabajar, pedí la noche para descansar algo, y escuché a mi hijo en su pieza hablar, y lloré sin consuelo. El domingo ya no era mi hijo el que estaba en esa cama de Terapia, solo su cuerpo. Él ya estaba volando como siempre le gustó, mi hija ya había soñado que se despedía de ella también. Yo me despedí de mi pequeño el domingo, y le dije a mi hermana y a mi amiga que me lo cuiden, y si hay un Dios le pedí que perdone su vida alocada y me dé a mí su castigo, pero que le diera la paz que nunca tuvo", dice Mirta.
El día de la peor noticia llegó el lunes 2 de julio: "Me llamó el comisario y él me dio la noticia, porque se habían enterado más temprano que yo, que soy su mamá. Volví a ver a mi hijo en un cajón a las 12 y media de la noche. Tres coronas y flores, gorros, rosarios, amigos. Me dio el consuelo de que fue buen compañero, madres que me dijeron 'su hijo siempre fue respetuoso', 'si necesita que diga lo que vi, declaro, señora', me dijo una de las madres".

"No hay consuelo"
"El dolor que me invade no tiene explicación, me tomé esta semana para estar en mi casa y rearmarme como pueda para salir a la lucha que me espera. Necesito la máxima condena para el asesino de mi hijo, para ese matapibes con la porquería que vende, narco, asesino", fustigó Mirta.
"Después de mi duelo voy a exigir que te pudras ahí adentro –dijo la mujer dirigiéndose al imputado, como si lo tuviera enfrente–, mi consuelo va a ser cuando te saquen en una silla de ruedas, y que padezcas todo el dolor que padeció mi hijo. Te deseo que puedas sentir mi corazón roto y mi alma desgarrada".
"Me voy hasta lo último como siempre hice, para demostrar que mi hijo esa noche solo estuvo con sus amigos y quería volver a mi casa. No alcanzó a llegar porque este asesino se presentó junto con su hijo, otro asesino, al lugar donde se encontraban y empezaron las amenazas, y cuando mi hijo se levanta a decir quiénes eran para amenazar así, el asesino hijo dice 'ese es', y el asesino padre se da vuelta y tira a quemarropa", relató.
"Exijo la máxima pena, y juicio público con todos los testigos y que nadie se venda. Que esta vez la Justicia actúe conforme a mi hijo que fue la víctima y nosotros su familia", suplicó.
Y finalizó con un pedido para que la muerte de Brian no haya sido en vano, para que no haya más jóvenes con la mismas dificultades en la vida y el mismo final: "No hay consuelo, mi casa está silenciosa. Que el Estado empiece a moverse como corresponde, hay tantos chicos que están en las calles perdidos que terminan mal. Lo sé porque buscando al mío veía ese mundo nocturno. Muévanse, nunca se bajan al infierno para sentir el fuego que los quema cuando nos toca vivir lo que padecí".

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