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Un gesto de la política

"Es necesaria una legislación que regule la limitación de mandatos para los cargos políticos a nivel municipal, provincial y nacional".

Miércoles 19 de Febrero de 2020

La Argentina reclama un cambio y desde hace muchos años el debate es esquivo dentro del poder político. No es ninguna novedad que desde el regreso de la democracia allá por el año 1983, algunos dirigentes vieron la oportunidad y se adueñaron del Estado, construyéndose así una carrera envidiable y casi eterna.

Se repiten los nombres propios, una y otra vez en cada elección, pasan las administraciones y siguen ahí, luciendo su condición de imbatibles y de imprescindibles para ocupar un cargo vitalicio.

No alcanzarían las páginas de esta edición para nombrar caso por caso y desglosar extensos currículums, casi siempre de nulo paso por el sector privado y disfrutando las mieles que ofrece el Estado en muchos de sus ámbitos.

La gran mayoría son hombres beneficiados por su trayectoria o reconocidos por su extenso poder, lo que los ubica en lugares de privilegio. Estas situaciones son replicadas en municipios, provincias y hasta en el mismo seno de la Nación.

Cambian los apellidos pero no las formas lo que expone a simple vista la poca renovación dirigencial en todo el país, y ni hablar en los partidos políticos.

Carlos Saúl Menem es un caso emblemático de la política argentina, pero ojo, el derrotero es amplio y para todos los gustos. A modo de ejemplo el dos veces presidente de la Nación, según consigna Wikipedia, nació en Anillaco, 2 de julio de 1930 (en la actualidad tiene 89 años), es abogado, político y empresario, está afiliado al Partido Justicialista. Ejerció como gobernador de la provincia de La Rioja entre 1973 y 1976; y entre 1983 y 1989, y posteriormente como presidente de la Nación entre 1989 y 1999. Desde 2005 ocupa el cargo de senador nacional, representando también al distrito de La Rioja. Es decir que lleva ejerciendo en política 34 años.

El caso del riojano más famoso es uno de los tantos ejemplos de mantenerse de cualquier manera aferrado al poder de la política.

El Estado para los funcionarios –muchos de ellos se hacen llamar de carrera– ofrece grandes beneficios, como una buena remuneración alejada de la realidad de lo que gana un trabajador, gran poder y lo asisten los fueros, es decir, están al margen de la Justicia, por no decir por encima de ella.

La misma fórmula es corriente dentro del sindicalismo argentino, donde sobran muestras de aquellos dirigentes que se perpetúan en la conducción de un gremio y no lo abandonan por nada del mundo.

A esta altura, sería bueno confesar que este modelo no ha sido muy productivo para el interés de la gran mayoría de los argentinos, que siguen pagando los platos rotos del despilfarro de algunos eternos dirigentes y el mal manejo de los recursos del Estado durante años.

Hoy reclamo el límite de mandato para legisladores (llámense concejales, diputados, senadores y puestos de alto rango). Así como ya existe para intendentes, gobernadores y presidente de la Nación.

Es necesaria una legislación que regule la limitación de mandatos para los cargos políticos a nivel municipal, provincial y nacional. Además de exigir la responsabilidad política de no poder volver asumir un cargo o función menor al anterior. En síntesis no desfilar por el Estado y así depurar para dar lugar a nuevas generaciones que lleguen a la función pública con otra impronta y alejado de los vicios de la vieja política nacional.

Cuántos de estos eternos dirigentes saltan de un lugar a otro, sin reparo, sin ninguna otra idea que la clara intención de cosechar más poder, por el poder mismo.

Otra forma de mejorar el sistema sería que a la hora de renovar los cargos públicos los aspirantes siempre deberían postularse a funciones de mayor responsabilidad a la ya cumplida en el proceso anterior, así se transformaría en una pirámide donde la derrota electoral o la Presidencia de la Nación pondría punto final a la carrera política, sin atenuantes y sin excepciones.

Un gesto de la política que los políticos no quieren asumir.

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