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Aislamiento

El riesgo de pertenecer a la mayoría

A medida que las semanas de aislamiento se acumulan, queda en evidencia que la indiferencia ante el dolor ajeno es natural en los seres humanos

Miércoles 29 de Julio de 2020

Cuando la humanidad se vio obligada a aislarse en sus hogares para evitar la propagación de un virus mortal, como contrapartida surgió la esperanza de que esta pandemia fuera la figura que representaría una gran lección de humildad a escala planetaria, donde los seres humanos volverían a ser eso: humanos.

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Con el aislamiento urgió la esperanza de que esta pandemia fuera la figura que representaría una gran lección de humildad 

Con el aislamiento urgió la esperanza de que esta pandemia fuera la figura que representaría una gran lección de humildad

Entendiendo que eso significa ser personas de buen corazón, preocupados por el otro, dispuestos a sacrificar cuestiones personales en función del bien común, y que la responsabilidad individual era tan fuerte como el instinto de conservación ante el peligro que representa esta amenaza universal.

Había una gran expectativa en que finalmente quedara demostrado que el consumismo, el individualismo y la economía fueran los verdaderos culpables de la pérdida de la solidaridad, de la falta de empatía y el crecimiento exponencial del egoísmo que hombres y mujeres habían llegado a mostrar con sus pares, y frente al propio planeta, antes de esta pandemia. Muchos pensaron que esta situación, inédita para todos, nos marcaría de tal manera que seríamos mejores de cara al futuro.

No se precisó mucho. En tan solo cuatro meses quedó evidenciado que el encierro no se tolera, que mientras el virus no mate a alguien cercano, todo puede seguir igual, que la economía mueve gobiernos, que los países poderosos seguirán siendo poderosos, y que los pobres, serán aún más pobres.

Hay una secreta esperanza individual en que el virus no tocará a nuestra puerta. Por lo tanto, la gran mayoría del planeta se expresa a viva voz con mucha preocupación, pero a la hora de la verdad actúa con la peligrosa indiferencia que marca el poema de Martin Niemöller: “Primero vinieron por los judíos, pero yo no me preocupé, porque yo no era judío”.

A medida que pasan los días, y las semanas de aislamiento se acumulan, va quedando más en evidencia que esa indiferencia ante el dolor ajeno es tan natural a los seres humanos como cualquiera de los otros rasgos que nos caracterizan. Y quizás sea también una nueva característica que la modernidad integró a un nuevo y egoísta instinto de conservación.

La necesidad de generar el sustento diario motiva a millones de personas en el mundo a salir a la calle para trabajar y ganarse la vida. Se cuidan lo mejor que pueden. Ese hombre y esa mujer no pueden paralizarse pensando en que, por su culpa, la humanidad no será mejor en el futuro.

Por muy dura que resulte la cuenta, los afectados por el virus en todo el planeta son una minoría, sumando a los muertos, a los contagiados y a todos sus familiares. Aún agregando a los grupos de riesgo, que son los que más respetan las medidas preventivas, siguen sin tener el peso suficiente para mantener en aislamiento al resto de la humanidad. Son 662.000 muertos en una población global de 7.700 millones de personas.

En Argentina estamos hablando de 3.200 muertos en un país de 44 millones.

La indiferencia de las mayorías sobre el padecimiento de las minorías es un rasgo casi atávico de la humanidad.

Lo sufren los segregados raciales, religiosos, sexuales, y de todas las variantes donde se puedan imponer los más, sobre los menos. Y en muchos casos con el agravante de culpar a las víctimas de su propio padecimiento. “Algo habrán hecho”, justificaban en la última dictadura, “viste cómo se vestía…” se sigue escuchando ante los hechos de violencia de género.

“Y si salía a trabajar todos los días…”, dicen ahora de muchos contagiados de Covid. Las mayorías son lapidarias. Siempre lo han sido.

El miedo real es la única vacuna que hoy funciona sobre el coronavirus. Es el que mantiene a la gente en sus casas, evita contactos cercanos, hace que la gente se lave las manos y no se toque la cara. Pero este temor en particular solo afecta a los que están marcados como grupos de riesgo.

Para los demás es una simple advertencia. Pero todo puede cambiar en un minuto, solo es cuestión de estar atentos para cuando se escuche que están golpeando nuestra propia puerta.

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