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Martes 24 de Marzo de 2020

En la película Las horas más oscuras, de Joe Wright, en la que Gary Oldman interpreta a Winston Churchill en una disyuntiva crucial (si acuerda con Hitler o resiste batallando) hay una escena que quizás sea la más recordada y, también, una de las más cuestionadas. Es en la cual el atormentado premier inglés baja al metro londinense, se sube a un vagón y, una vez descubierto por los pasajeros que viajan a su lado, comienza un diálogo que a los fines del filme, es determinante. A decir verdad, esta situación en la “vida real” nunca existió -por eso tanto se la critica- y además hubiera sido inconcebible para un personaje como Churchill: hijo de una familia aristocrática y líder del Partido Conservador, por señalar sólo dos de sus rasgos distintivos, seguramente siempre creyó más en las decisiones que se tomaban en los palacios, que por clamor popular.

Más allá de la controversia cinéfila sobre la verosimilitud y lo atinado de ese pasaje, lo cierto es que Wright muestra a Churchill en lo que podría equipararse a lo que el sociólogo Max Weber señalaba como una contraposición dramática para quienes ejercen alguna cuota de poder, y en el marco de la cual, muchas veces, se deben tomar decisiones: la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción.

En el caso de la película, la responsabilidad le estaría soplando en un oído a Churchill que acuerde con Hitler, para evitar que este con su poderío bélico aplaste al pueblo inglés. La convicción, en cambio, le soplaba en el otro oído que era inaceptable bajo toda circunstancia acordar con el líder de la maquinaria asesina más monstruosa que la humanidad haya engendrado. Debía tomar una o la otra o intentar trazar una síntesis.

Esa disyuntiva es la que Churchill les traslada a los pasajeros del subte. Y de allí, tras esa conversación, se va convencido del camino que tiene que seguir. Hasta allí es todo ficción, pero esa licencia artística termina enganchándose a lo que tantas veces se recuerda, que sí es real, y es aquel mensaje histórico a los parlamentarios y la población de que se iba a resistir a Hitler cuadra por cuadra si era necesario y que se venían tiempos de “sangre, sudor y lágrimas”.

La escena ficticia del subte en esta película se utiliza como metáfora para señalar que en los momentos cruciales, sin acompañamiento social, las decisiones más duras para enfrentar calamidades son impracticables y de dudoso resultado.

En cualquier otro contexto histórico -¿15 días atrás para no ir tan lejos?- se podría poner en tela de juicio un argumento fílmico y político tan simplón. Pero ahora, a la luz de las circunstancias que imperan por la emergencia inédita que vive la humanidad, esa metáfora tan superficial adquiere un valor y un peso extraordinarios. La autoridades en todos los niveles están pidiendo aislamiento, porque son conscientes de que el sistema sanitario no dará abasto si un porcentaje alto de la población requiere internación por el coronavirus. No alcanzarán los respiradores, ni las camas ni el personal. Y las autoridades saben también que el costo económico de estas medidas será durísimo. Pero no quedan alternativas, si la decisión es salvar vidas.

Estamos viendo azorados lo que pasa en Italia o en España, pero al mismo tiempo en Argentina vimos colas de autos con gente yendo de vacaciones -que ahora no podrán retornar-, congestionando rutas y violando el aislamiento. Runners detenidos por salir a correr a las calles como que nada pasara. Grupos de personas yendo a pescar como si fuera un fin de semana cualquiera. ¿En qué momento perdimos la sensibilidad con el que tenemos al lado? ¿Qué desgracia mayor nos tiene que suceder para comprender el escenario en el que estamos?

Qué le responderíamos a quien gobierna si llega a nuestra casa y pregunta: ¿preferís aislarte lo que sea necesario o que mueran miles de personas, incluso vos y tus seres queridos, por tu inconsciencia? De esa pregunta tan simple, con una respuesta tan básica -si algo de empatía nos queda- se juega nuestra suerte no a largo plazo, sino en las horas y los días inmediatos.

Y una advertencia más: así como la sociedad debe aprender a cuidarse a sí misma, hay que estar alertas a las sobreactuaciones de los que mandan, autorregular egos y no marearse en la efervescencia del momento. Porque como estamos viendo, todo lo sólido se desvanece en el aire.

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