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PASO 2021: un domingo peor de lo previsto

El triunfo de Frigerio en PASO 2021 es la coronación de un proceso que reconoce antecedentes pero que en toda su magnitud se corporiza en los comicios del 13

Martes 14 de Septiembre de 2021

Antonio Tardelli/Especial para UNO

El gobierno era consciente de que perdía en las PASO 2021: la noticia, en todo caso, fue la magnitud del desastre. Nadie imaginó que el Frente de Todos, la herramienta unificadora que hasta aquí había ofrecido más satisfacciones que traspiés, quedaría 22 puntos por debajo de Juntos por Entre Ríos, el espacio macrista al que el justicialismo gobernante atribuye todas las desgracias de la nación.

Arrastrado por la adversa ola nacional, el gobernador Gustavo Bordet acaba de sufrir una dura caída de inevitables consecuencias. En el corto plazo tiene que remontar la empinada cuesta que lo separa de noviembre; en el mediano, decidir la impronta que aplicará a los dos años de mandato que aún le restan; y en el largo, gravitar en la determinación de los nombres que en 2023 perseguirán el sexto gobierno consecutivo para el peronismo entrerriano.

En el comando de campaña del Frente de Todos habían promediado los sondeos con que contaban: el sábado por la noche los colaboradores del gobernador se fueron a dormir con la impresión de que estaban ocho puntos por debajo de sus adversarios. Sin embargo, pese a la dureza del dato, el presagio del revés no era el indicio más inquietante. El inconveniente irremediable era la tendencia que durante las últimas semanas habían podido detectar en el electorado de la provincia.

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Antes de definir su lista, el gobierno era consciente de la buena imagen que había logrado construir el exministro del Interior, Rogelio Frigerio. Considerado un adversario de fuste (en una reconocida caracterización que siempre levantó murmullos), el radicado en Villa Paranacito podía ahora ser efectivamente medido en el rol de candidato: luego de cerrar un acuerdo con el radical Atilio Benedetti, Frigerio arrancaba la carrera electoral con siete puntos de ventaja sobre el oficialismo.

La sorpresa sobrevino luego: lejos de acortarse, la diferencia se fue estirando cuando el Frente de Todos oficializó los nombres de Enrique Cresto, Carolina Gaillard y Tomás Ledesma. Las mediciones inmediatas informaban que Juntos por Entre Ríos se despegaba a ocho puntos primero, a diez luego y a doce finalmente. Revertir el cuadro de situación resultaba imposible. Las encuestas anticipaban la derrota pero también la interpretación por la que, por fuera de las razones nacionales, comienzan a inclinarse ahora los allegados a Bordet. Esa interpretación remite a la cuota parte de culpa que les toca a los propios candidatos.

Concordiense como el primer mandatario, Cresto se encaramó en la boleta oficialista por un expreso interés del gobierno del presidente Alberto Fernández. El administrador del Ente Nacional de Obras Hídricas de Saneamiento (Enohsa), cargo que ejerce en virtud de la licencia de que goza como intendente de la Capital Nacional del Citrus, no habría integrado la lista si todo hubiese dependido de la exclusiva voluntad del gobernador Bordet. Al final del día la boleta no incluyó ningún preferido del primer mandatario. Eso, en la difícil hora del revés, comporta un alivio. Es un discreto consuelo.

Pero para los peronistas más críticos ese elemento constituye una demostración de que el primer mandatario no se esforzó todo lo debido a lo largo de la campaña. La incomodidad del candidato Cresto en la noche del domingo, cuando un periodista le preguntó por los dichos de su padre Juan Carlos, quien desde Concordia había reclamado mayor compromiso oficial con la labor militante, puso en evidencia esa tensión latente. Un justicialista de Paraná, desolado por los números, lo planteaba así en los duros momentos del escrutinio: “Bordet debió jugar a fondo o no jugar. Quedarse a mitad de camino es lo peor que puede hacerse”, analizó.

Piensan diferente en los despachos de la Casa Gris. Allí impera otra interpretación de lo sucedido: Frigerio habría capitalizado su estilo de campaña ligero, sin grandes definiciones, que sintonizó con la indiferencia popular que rodeó la elección y que tantas referencias a la apatía levantó. A algunos se los critica por lo poco y a otros por lo mucho: según ciertos referentes oficialistas, no habría jugado a favor del Frente de Todos el alto perfil que a lo largo de la campaña desplegó un hiperactivo Cresto. La sobreexposición fastidia en tiempos de rechazo hacia la política, piensa una de las espadas predilectas del gobernador.

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PASO 2021: un domingo peor de lo previsto

PASO 2021: un domingo peor de lo previsto

Otra noticia (aunque no la más importante) es que Frigerio ha acreditado lo que hasta el domingo era apenas una posible interpretación. Se ha erigido nomás en la principal referencia opositora de Entre Ríos y amenaza –sobre todo si noviembre no lo desmiente con una improbable sorpresa– con desandar un camino que tiene como estación final, en 2023, la Casa Gris. Cautelosa y medida, su estrategia le ha rendido frutos.

El perfil componedor de Frigerio no desentona con cierta cortesía política que en general, a contramano de lo que ocurre en el escenario nacional, impera en Entre Ríos. Ha logrado adueñarse del centro del ring cultivando el diálogo y la negociación. Ajeno a la política entrerriana hasta 2013, cuando anudando un acuerdo con el exgobernador Jorge Busti pudo ubicar al ruralista Alfredo De Ángeli en el Senado de la Nación, acapara hoy todas las miradas y se dispone a emprender la batalla principal después de haber respondido mil veces, a lo largo de los últimos años, que no era tiempo de pensar en objetivos ulteriores. Sin dejarse ganar por la ansiedad, sin haberse precipitado, comprueba ahora que ese tiempo finalmente se aproxima.

Su éxito del domingo habla de la efectiva combinación de lo genuino y lo entrenado. No es impostada en Frigerio su vocación por el acuerdo. Esa característica personal, de la que en los partidos se suele desconfiar, empieza a entregar dividendos en momentos en que la discusión pública es ganada por un sectarismo enfermizo. No en vano fue el ministro más dialoguista del gobierno de Cambiemos y eso mismo, su faceta negociadora, le generó algunas de las críticas más furibundas que ha debido soportar.

El ahora candidato a diputado nacional dosifica ese atributo con una retórica pragmática que reniega de la política tradicional. En su labor proselitista incurrió en algunos de los lugares comunes más transitados de la antipolítica. Habló, por caso, de la “corporación” dirigencial. Supo presentarse también como abanderado de un sentido común que contrapone a una “ideología” a la que responsabiliza por los fracasos colectivos. Nada más ideológico que la crítica a las ideologías, y bien lo sabe el nieto de un integrante de Insurrexit, pero la referencia es extraordinariamente útil en el clima posmoderno. Es el Frigerio bien coacheado.

Pero fue la Unión Cívica Radical (UCR) quien protagonizó en Entre Ríos la verdadera novedad política del 12 de septiembre de 2021. El triunfo de Frigerio en la interna abierta de Juntos por Entre Ríos es la coronación de un proceso que reconoce antecedentes (la elección de De Ángeli como senador nacional en 2013 y la ausencia de un candidato a gobernador de la UCR en 2015) pero que en toda su magnitud se corporizó en los comicios del domingo: el radicalismo ha dejado de ser la principal fuerza opositora de la provincia. La UCR ha decidido conformarse con un rol subordinado. Se resignó, dentro de su coalición, a un papel de reparto. De los datos del domingo, es el único que hace historia.

El radicalismo ya no hegemoniza la oposición en Entre Ríos y ni siquiera su predominio cuantitativo en la lista modifica la nueva certeza. Objetivamente el PRO lidera lo que hoy se enfrenta al conglomerado justicialista. La UCR ha quedado objetivamente subordinada a la estrategia del macrismo y al estilo que Frigerio imponga a la coalición. Frigerio es el nuevo jefe del radicalismo. Si lo fue en las sombras durante su tiempo de ministro, ahora lo es a cielo abierto. Con la anuencia de la UCR se ha ganado en las urnas el derecho de conducir la oposición a Bordet.

Nacida en el Siglo XIX de su rechazo al régimen del liberalismo elitista, y heredera en Entre Ríos de las rebeldías jordanistas, la UCR ata ahora su suerte a la dirección de un partido conservador como el PRO. Reconocido como expresión de centro derecha, y sin preocuparse demasiado por los asuntos doctrinarios, a veces el PRO duda si identificarse con el desarrollismo, fuente de inspiración de dirigentes como Frigerio, o en el liberalismo económico en el que el domingo, impresionado por los votos obtenidos por el ultraortodoxo Javier Milei, se enroló sin tapujos el expresidente Mauricio Macri.

En cualquier caso, adscriba el PRO al liberalismo económico o al desarrollismo sesentista, sus fuentes andarán siempre por el lado de los históricos adversarios de la UCR. A su debido momento los radicales combatieron el libre mercado de los liberales y el (supuesto) desarrollismo de Arturo Frondizi. Un reputado liberal, Álvaro Alsogaray, fue ministro de Hacienda de Frondizi y aquella sociedad parece haber sido algo más que una salida de circunstancia o un recurso de coyuntura. Así que, como fuere, no es en la historia donde la UCR puede buscar buenas razones que justifiquen su matrimonio con el PRO.

El escenario cristalizado el domingo reactualiza un problema que acompaña al radicalismo de Entre Ríos desde el ocaso de su último caudillo Sergio Montiel: su escasa vocación mayoritaria. No es que le falte vocación de poder. Por el contrario, en su ambición de poder (de un poder, por cierto, subordinado) encuentra motivos para defender su sociedad con un espacio conservador. Lo que escasea en el radicalismo es vocación de mayoría. Sin desarrollo territorial, sin locales en la mayoría de los innumerables parajes entrerrianos, el PRO le impuso un nuevo jefe que, sin perjuicio de sus habilidades tácticas, se identifica con la política mediática y con la militancia que se canaliza por las redes sociales. La UCR, fuerza política de territorio, se entregó prácticamente sin luchar.

La oposición entrerriana es hoy un poquito más conservadora. A ese perfil se resignó la UCR por carecer de líderes que (por fuera de los improvisados intentos de los intendentes Pedro Galimberti y Darío Schneider, o de la juvenil rebeldía de Lucía Varisco) resistieran esa orientación. El electorado entrerriano históricamente representado por los radicales (el votante radical, el no peronista y el antiperonista) se expresará ahora a través de una figura del PRO. Es bien macrista la oposición al gobierno peronista de Bordet e interesante será observar la reacción de los radicales cuando los peronistas de Juntos por Entre Ríos (Mario Moine, en un cuidado segundo plano en las últimas semanas; y los más activos Luis Leissa y Emilio Martínez Garbino, por ejemplo) comiencen oportunamente a plantear sus legítimas aspiraciones por ocupar espacios.

Será tarde para arrepentimientos. Pero ese será, en cualquier caso, el futuro problema de los radicales, que el domingo por la noche celebraron, con un entusiasmo tan inmenso como su resignación, la pírrica victoria que alcanzaron llevados de la mano por el ministro del Interior del expresidente Macri. El retroceso radical, su conformidad con el nuevo papel de tercera fuerza entrerriana, es la única noticia importante de un domingo que como pocas veces alteró el mapa de la política en la tierra de Ramírez y Urquiza.

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