El consumo problemático de sustancias en jóvenes mantiene encendidas las alarmas en Entre Ríos. Sin estadísticas concretas que logren reflejar realmente este flagelo, la demanda de atención en los dispositivos de contención da cuenta del avance del consumo problemático de sustancias, sobre todo en los jóvenes.
El avance del consumo problemático en los jóvenes enciende las alarmas
Cása Lázaro alerta sobre el agravamiento del consumo problemático, el impacto de nuevas sustancias más dañinas y la falta de acciones de prevención
Por Vanesa Erbes
Cása Lázaro alerta sobre el agravamiento en el consumo problemático en jóvenes
Quienes trabajan en este ámbito son testigos de historias atravesadas por el dolor, la exclusión, la violencia y, muchas veces, el abandono. En este contexto, desde hace 10 años Casa Lázaro se aboca a brindar contención y ayudar en su recuperación a personas con consumos problemáticos en Paraná, y desde hace siete años también en Santa Elena. Su director, Jorge Achor, describe una realidad cada vez más compleja y preocupante, ya que crecen el consumo de sustancias más dañinas y se generan cuadros más graves.
“La demanda de atención siempre es constante, pero ahora con mayor gravedad”, señaló Achor, quien explicó que la principal diferencia con años anteriores es el tipo de drogas que están circulando. Al respecto, sostuvo que en muchos casos se ve el consumo de cocaína fumada, similar al crack, que causa cuadros psiquiátricos más severos y abstinencias mucho más violentas. “No logran sostener ni un día de abstinencia. La abstinencia es agresiva, se hacen más daño y los cuadros son mucho más complicados”, advirtió.
La adulteración de las drogas con sustancias tóxicas agrava aún más la situación: “Son venenos. Se van matando”, observó.
El planteo no es menor. Achor sostiene que, en muchos casos, el consumo termina siendo una forma lenta de autodestrucción. “Hablamos del suicidio, pero la droga también es una forma de suicidarse. Muchos no quieren vivir, buscan evadirse, y consumen para pasar el tiempo”, lamentó.
También mencionó que la problemática no se limita al consumo. En la casa conviven historias atravesadas por el abandono, la situación de calle y la discapacidad. Actualmente, entre Paraná y Santa Elena, alojan a más de 20 personas.
Algunos de los residentes son personas con discapacidad y provienen de familias disfuncionales o sin red de contención. “Hay padres que envejecen y no saben qué va a pasar con sus hijos cuando ellos no estén. No hay lugares suficientes para estos muchachos”, remarcó.
La falta de dispositivos específicos para mujeres también es una deuda pendiente. “Hasta el día de hoy no se ha podido hacer algo serio con las mujeres”, señaló, marcando otra de las aristas invisibilizadas del problema.
Falta de prevención ante el consumo problemático
Consultado sobre la prevención de adicciones, Achor fue crítico. Si bien reconoció un mayor movimiento policial en materia de allanamientos, consideró que la respuesta estatal es insuficiente en términos de contención y abordaje temprano. Y apuntó especialmente a las situaciones de riesgo social que muchas veces son visibles para todos pero no generan intervención a tiempo: familias viviendo en zonas vulnerables, jóvenes en calle, chicos expuestos al consumo.
Para los menores de edad, insiste en la necesidad de que las familias recurran al Estado y obliguen a sus hijos a buscar ayuda. “El chico no va a querer. Pero ayudar no es traerlo y dejarlo acá en Casa Lázaro. Ayudar es acompañarlo al psiquiatra, al psicólogo, a la Dirección de Consumos Problemáticos. Las instituciones están para algo”, subrayó.
También cuestionó la distancia entre los dispositivos formales y la realidad concreta del adicto: “El adicto no va a la charla ni a la reunión. Está en la calle, tirado. Ahí hay que ir a buscarlo”, precisó.
El desafío de la reinserción
Uno de los puntos más delicados es el después. Jóvenes que logran atravesar un proceso de recuperación se enfrentan a un mercado laboral que muchas veces los estigmatiza. “Hay chicos que salen adelante por iniciativa propia, pero los que necesitan un jefe, una estructura, necesitan educación y oportunidades reales”, explicó Achor.
En Casa Lázaro el trabajo es parte central del proceso. Cuentan con una panadería –su principal sostén– y un vivero con proyección de huerta funcionan no sólo como capacitación laboral, sino como herramientas de dignificación. “Hay que enseñarles a trabajar, a cumplir horarios, a higienizarse. Tienen que empezar a quererse. Eso también es educar”, aseguró.
El objetivo final es la autosustentabilidad. “Al principio necesitan ayuda y acompañamiento. Pero después hay que trabajar con lo que se está haciendo”, señaló.
Demanda que crece
Además de Casa Lázaro, en Entre Ríos existen otros espacios de abordaje. En Concordia funciona una casa de recuperación, en Paraná hay dispositivos vinculados a una comunidad evangélica y, en algunos casos, se articulan derivaciones hacia otras provincias, como Chaco. Sin embargo, la sensación es que siempre faltan lugares y recursos frente a una demanda creciente y perfiles cada vez más complejos.
A 10 años de su creación, Casa Lázaro sigue funcionando de manera estable, sosteniendo actualmente a 17 personas en Paraná y siete en Santa Elena. La constancia, en este contexto, ya es un logro.
Pero el desafío excede a una institución. El consumo problemático interpela a toda la sociedad: a las familias, al Estado, al sistema educativo, a la Justicia y al entramado comunitario. En este marco, la prevención y los espacios de contención deben ser parte esencial de políticas sostenidas y acciones concretas.


















