En pocos días comienza a reescribirse otro capítulo de la discusión salarial docente en el país, eje prácticamente exclusivo de debate educativo durante gran parte de las últimas dos décadas. Una vez más, la falta de acuerdos que ya se anticipan, aún antes de sentarse a la mesa, desnudan fracasos tanto de los gobiernos, como de los gremios.
Ni cantidad, ni calidad
27 de enero 2017 · 09:27hs
Foto UNO/Archivo
El salario mínimo docente es hoy de poco más de 9.000 pesos. Pasan los años, la vara sigue siempre muy baja y, como se ha dicho en forma recurrente, no se puede hablar de prioridad de la educación en un país con haberes en donde el propio Gobierno reconoce que no alcanzan a cubrir las necesidades básicas de los hogares de los docentes, muchos de los cuales son jefes de familia. En esas condiciones, hablar de formación y capacitación para la excelencia resulta casi burlesco.
En el inicio de 2017 parecen no haber cambiado ni los métodos, ni las formas, ni las políticas, ni las metas. No hay nuevas estrategias, tampoco proyectos colectivos, mucho menos diálogos para consensos a mediano y largo plazo. Entonces, por ejemplo, se dice que se levantan los feriados puente-turísticos para tener más días de clases: en los últimos años, en promedio, eran solo 2; el año pasado, Entre Ríos perdió 16 días por paros docentes.
Pese al cambio de gobierno, sigue la falta de diálogo institucional, con sectores políticos y de la educación, para marcar rumbos claros a mediano y largo plazo. Así, no resulta extraño que mientras el gobierno de María Eugenia Vidal en Buenos Aires propone volver a repetir 1º grado –en el caso de los alumnos que no alcanzan los niveles de conocimiento requeridos– y reinstituir los aplazos que se habían quitado para no estigmatizar a los estudiantes con notas como 1, 2 y 3, en la provincia de Entre Ríos, el Consejo General de Educación sigue con su idea de incrementar la cantidad de faltas a clases permitidas, y pasar de 28 a 56 ausencias; así, un alumno secundario podría faltar casi un tercio del calendario, que si se cumpliera, sería de 180 días de clases. Haciendo uso de la autonomía, cada provincia muestra distintos conceptos educativos.
La incertidumbre acerca de la fecha real de inicio de clases siembra lógicas dudas en padres, docentes, directivos y alumnos. Ese desconcierto empuja a las familias a apostar a la educación privada, más allá que no sea sinónimo de diferencia o mayor calidad, porque en muchos casos también hay paros docentes, porque son los mismos maestros que dan clases en uno y otro lugar, para poder incrementar sus ingresos.
En ese sentido, la despoblación de la escuela pública puede ser aún más grave de lo que marcan las estadísticas: el gobierno no reconoce otros números para no mostrar debilidad y decadencia; y los sindicatos para no perder cargos docentes, en escuelas donde el abandono es mucho mayor al que se reconoce.
Se amplían las brechas del conocimiento entre unos y otros niños, según el establecimiento al que asistan; se habla de nuevas tecnologías con docentes que no pueden siquiera llegar a fin de mes, o de excelencia, capacitación, mientras las escuelas vuelven a convertirse en la garantía de la alimentación de los chicos.
Será el 6 de marzo, o más tarde, pero casi con seguridad no serán 180 días de clases, por las posturas ya expuestas por unos y otros. Una vez más, como hace tantos años que no vale la pena ni recordar cuántos.













