Miradas
Lunes 09 de Julio de 2018

"Me aburro"

El viernes, ni bien comenzó el receso de invierno en las instituciones educativas, invadió Facebook una imagen animada de dos Minions (personajes infantiles), uno representando a un docente que estallaba en risa y le hacía burla al otro, el padre, en clara alusión a que los que debían "aguantar" a los pequeños eran las familias.

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¿En eso se convirtieron las vacaciones? ¿En niños ansiosos? ¿En padres desesperados preguntándose qué harán sus chicos todas esas horas extras que estaban en el cole y las actividades deportivas?

Claro está que para muchos papás es difícil conciliar los horarios de trabajo con los de las vacaciones de los hijos, y a eso no hay con que darle. A lo que me refiero es al miedo de muchos papás de que los niños se aburran.

El aburrimiento tiene muy mala prensa. Llegan las vacaciones, y junto con ese tiempo libre una frase a la que un buen número de padres le tienen auténtico temor: "¡Me aburro!".

Y hasta los adultos asumen ese aburrimiento como un problema propio, y se ponen a buscar actividades para que sus hijos tengan algo que hacer. Es decir, estructuran ellos el tiempo de los chicos.

El aburrimiento es una emoción que puede ser central para el aprendizaje y la creatividad. Especialistas indican que el chico se aburre cuando carece de actividades preestablecidas, y este es el mejor estímulo para pensar en cosas que hacer, es decir, para que cree sus propias motivaciones.

Esta necesidad de aburrirse un poco consiste, en realidad, en la necesidad de tener verdadero tiempo libre, de que no todos sus momentos tengan actividades planificadas de antemano. Si el pequeño no tiene ese tiempo libre se reduce la capacidad para la imaginación, la fantasía y la simbolización. Así que aburrirse es bueno para crear, para inventar e innovar en diversas actividades.

Hasta hace no muchos años los niños se aburrían y nadie salía corriendo a tratar de enmendar la situación. Pasaba más que nada en los días de verano, por la temperatura, que los chicos salían a jugar y regresaban a las horas.

Ese tiempo libre se ocupaba con juegos, con imaginación y con las aventuras que cada uno se animaba a correr.

Hoy los niños ocupan un lugar central y los padres estamos ahí, atentos, a la espera de satisfacer no solo sus necesidades, sino todos sus deseos.

Y vale preguntarse cuántos de esos deseos son genuinos, y cuántos impuestos por una sociedad de consumo que irrumpe en nuestros hogares de manera avasallante.

Planificarles todas las actividades equivale a no dejarles tiempo libre y sobreestimularlos, no solo con un extenso cronograma de entretenimientos, también entregándoles todos y cada uno de los dispositivos electrónicos que hay en la casa.

Que vayan a la plaza, que se ensucien, que corran, que descubran, sin pantallas, sin programas, sin horarios y con un aburrimiento que les permita crear e imaginar.

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