Miradas

Los avaros y los rehenes del negocio inmobiliario

Ya que volverán a debatir la Ley de Alquileres sería bueno que se discutan otros temas relacionados al mercado inmobiliario como la calidad de las viviendas.

Domingo 12 de Diciembre de 2021

La Ley de Alquileres volvió a ser objeto de debate cuando el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Sergio Massa, admitió su fracaso y habló sobre la necesidad de modificar la norma sancionada el año pasado, en la actualidad cuestionada tanto por el oficialismo como por la oposición. En efecto, algunos artículos terminaron perjudicando los propios derechos que buscaban proteger, entre éstos el plazo de alquiler y la fórmula para calcular el ajuste de los precios.

Y ya que el próximo año se viene un nuevo debate en el Congreso de la Nación sobre este tema sería bueno que se pongan en discusión otras cuestiones como las numerosas situaciones de presión y de abuso que deben soportar inquilinos y nuevos propietarios por parte de inmobiliarias y desarrolladores urbanos, especialistas en sacarle jugo a las piedras en un escenario de déficit habitacional crónico. Tanto legisladores como el Ejecutivo deberían revisar los códigos urbanos de edificación, auténticos mecanismos de complicidad con el negocio inmobiliario, que permiten la construcción de unidades habitacionales apenas más grandes que “cajas de zapatos”, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad no se condicen con los precios dolarizados del mercado y los salarios por debajo de la línea de la pobreza. En esa cadena de complicidades también se enrolan las autoridades de aplicación que miran hacia otro lado a la hora de controlar lo establecido por esos reglamentos legales, pero injustos.

Sobre los tamaños de las viviendas colectivas, la normativa paranaense prevé superficies 35 metros cuadrados mínimos, para unidades de un dormitorio; 50 metros cuadrados para aquellas de dos habitaciones y 60 metros cuadrados para las de tres dormitorios o más. En el caso viviendas de interés social esta superficie puede ser hasta un 10% menor, y los monoambientes deben tener un mínimo de 24 metros cuadrados. Sobre patios, se indica una medida mínima de tres por tres, pero casi todas las unidades carecen de este espacio y los balcones son mínimos, o inexistentes.

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Los monoambientes se publicitan como tendencias de arquitectura, o lo más In del mercado inmobiliario, eufemismos marketineros para denominar el ahorro de espacio.

Los monoambientes se publicitan como tendencias de arquitectura, o lo más In del mercado inmobiliario, eufemismos marketineros para denominar el ahorro de espacio.

Entre las quejas de los inquilinos y de nuevos propietarios, la mala calidad constructiva de los nuevos edificios está a la orden del día. Los departamentos y monoambientes tienen dimensiones infrahumanas, con dormitorios en los que, a duras penas, entra una cama matrimonial, y algunos sanitarios no tienen bidé, simplemente porque el Código no los exige. Si entra la cama no entra la cómoda, ni una cuna de bebé. Ni hablar si el dormitorio no tiene placard y se necesita un ropero. Los espacios de guardado no existen en estos modernos espacios donde la mesa del comedor es reemplazada por una barra. Ahora ya no se entra a un living sino directamente a la cocina, que es a la vez sala, comedor, escritorio, donde conviven ollas, heladera, lavarropas, televisor, computadora y juguetes, todo en el mismo y hacinado ambiente.

Los desarrolladores urbanos ofrecen espacios sin la iluminación ni la ventilación necesarias, pasillos y puertas de 70 centímetros de ancho por donde es imposible pasar un mueble o circular con una silla de ruedas.

Publicaciones del mercado ofrecen “espaciosos departamentos” pero las fotos muestran el engaño: el artefacto cocina sobresale unos 20 centímetros invadiendo un pasillo, un dormitorio en un entrepiso no cumple con las medidas mínimas de altura y al cual se llega mediante una escalera inverosímil que asustaría hasta a Tarzán y a su mona Chita.

Los balcones, único espacio al aire libre, son ínfimos o reemplazados por los salones de usos múltiples (SUM), cuya presencia en el edificio encarece el alquiler, aunque el inquilino no los use, otro objeto más de discordia en los consorcios. A veces se promociona un departamento con patio cuando se trata solo de un respiradero de un metro cuadrado, con una pileta de lavar y en el que un tender puede entrar solo a presión.

Los monoambientes se publicitan como tendencias de arquitectura, o lo más In del mercado, eufemismos marketinero para denominar el ahorro de espacio y de inversión en un condominio, un provecho económico de un sistema buitre que va en detrimento de la comodidad y la salud de sus habitantes por pura avaricia. Se los ofrecen a jóvenes solteros o estudiantes cuyos hábitos de consumo no hacen necesarias las grandes cocinas-comedores de antaño; con el preconcepto de que los millennials solo necesitan un sillón cómodo y una mesa ratona para apoyar lo que les trae el delivery mientras navegan en sus multipantallas.

La mayoría de los nuevos edificios y aquellos que están en construcción tienen superficies reducidas y una tendencia marcada hacia la menor calidad constructiva, con linderos angostos, tratamientos acústicos deficientes y paredes internas de construcción en seco que atentan contra la intimidad doméstica.

Cuando se ahonda en el tema de la calidad sanitaria del hábitat, hay numerosos estudios que confirman la nocividad de los espacios reducidos para la salud mental y cómo afecta la falta de luz y ventilación al ánimo de las personas. Esto quedó expuesto durante los largos periodos de cuarentena por la pandemia del Covid-19, cuando las familias quedaron confinadas en pocos metros cuadrados. La convivencia en espacios reducidos durante mucho tiempo, genera violencia y hostilidades, según expuso la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en el documento Hacia una vivienda saludable.

En la actualidad, los departamentos a la venta o a la renta no están previstos como espacios de desarrollo personal, de ocio productivo o de socialización. Los proyectos hacen foco en gente que come, duerme y sale a trabajar. Los códigos urbanos -que el Estado debería repensar- no se basan en personas sino en rehenes de un sistema de negocios de avaros, que solo piensan en sus ganancias.

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