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Levantar la mirada

Sábado 06 de Julio de 2019

El país produce comida para que se alimenten 440 millones de personas, pero casi 13 millones no tienen lo suficiente para comprarla. La sentencia suena irrazonable, pero corresponde a una descripción que nos define como sociedad. No hay ideología o política que explique semejante suceso. Hace dos años también se mantenía esta sinrazón; lo mismo dos décadas atrás y cuatro también. “Pobres siempre hubo” es la respuesta más pobre que se puede escuchar. Y es verdad. Como también lo es que desde 1983 a la fecha no hubo gobernante que haya evitado encabalgar su discurso en el combate de la pobreza y todos fracasaron. Ya fue dicho pero nunca está de más recordar que la clase dirigente de las últimas cuatro generaciones no supo resolver el drama del hambre.

Que la cuenten como quieran pero la única verdad es la realidad. Es en balde dar nombres porque todos equivocaron el camino. Algunos más, otros menos, pero la totalidad de quienes nos gobiernan y gobernaron no supieron cómo gestionar para poner en equilibrio la relación de lo que se produce, lo que se come y lo que se vende. Distribución le dicen los economistas y equidad los analistas. Como sea que lo definan es un dislate.

La BBC, señal de contenidos culturales del grupo de naciones más imperiales del mundo, Gran Bretaña, incluso llegó a publicar no hace tanto para una comunidad de lectores estimada en 200 millones de personas que la Argentina es el tercer productor mundial de miel, soja, ajo y limones; el cuarto de pera, maíz y carne; el quinto de manzanas; el séptimo de trigo y aceites; el octavo de maní.

Tras admitir que aquí se produce mucha comida rematan con que la brecha entre los que se alimentan y los que no pueden hacerlo en ninguna otra nación del mundo es tan grande como aquí. Y por si hiciera falta, los británicos expresan que el hambre en Argentina no se debe a escasez de alimentos, sino a falta de ingresos, distribución desigual de la riqueza o ausencia de generosidad.

En ese escenario donde hay una especie de acuerdo en torno a que los gobernantes nunca han sabido resolver el problema esencial de la nación se pondera como otro sinsentido cultural que Argentina sea uno de los países que más desperdicia alimentos. Datos logrados desde organizaciones relacionadas con las Naciones Unidas concluyen en que el 12% de la producción de alimentos se tira a la basura y el 45% de eso es frutas y hortalizas, el rubro más caro y nutritivo. El puñado de datos expuesto bastan para dar cuenta de que las prioridades nacionales están alteradas y desde hace tiempo. Resolver la urgencia del hambre que está inserto en un vergel de comida debería resultar la tarea diaria de todos; porque tampoco sirve despreciar la crisis con excusas del tipo “ese es un deber del Estado” porque, aunque suene también a frase hecha el Estado somos todos. Juan Carr, dirigente social cuyo prestigio solo es objetado, y tibiamente, desde el actual gobierno, no lo pudo explicar mejor: “Lo que se necesita es levantar la mirada de los millones de argentinos que sí comen para comprender, entender y abrazar a una de esas personas que están entre los millones de personas con hambre”.

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