Miradas
Domingo 25 de Noviembre de 2018

Ayer actuaron los tirapiedras, hoy vamos a jugar a la pelota

Cuando vimos el colectivo de Boca entrando en la doble fila de hinchas de River pensamos en una emboscada.
En la Argentina, tirar piedras al rival es un deporte. Las ciudades que tienen fútbol de primera división lo saben. En Mendoza, por caso, al hermano de al lado le llaman "sanjuanino tirapiedra", y el presidente de la AFA, Chiqui Tapia, es sanjuanino...
No sabemos si hay una hinchada que no tire piedras. Los únicos que ignoran eso, al parecer, son los responsables de la seguridad en Buenos Aires. Lo de ayer fue patético por eso.
El ataque pudo resultar trágico. El coche sin control pudo embestir a la multitud, las piedras pudieron herir gravemente a un deportista de Boca. Fue un desastre, y nadie puede decir que no hubo tiempo para organizar el viaje del ómnibus hasta la cancha.
La prevención debía ser mayor si horas antes allanaron la casa de un barra de River y le encontraron 7 millones de pesos y 300 entradas. Es obvio que frustraron un negocio que involucraba a varios. ¿Los delincuentes se quedarían quietos, masticando bronca?
Ahora: en la Argentina sabemos desde hace mucho que los directivos de los clubes y los políticos tienen vínculos con los barras, entonces nada nos sorprende. Esa es la razón principal de la continuidad de la violencia. Los barras sirven para las campañas partidarias, por eso se los alimenta, tanto en Paraná como en Buenos Aires. Y es difícil ver a los presidentes de ambos clubes, Boca y River, como inocentes víctimas sorprendidas en su buena fe.
River no cuidó a sus hermanos, Boca tampoco cuidó a sus jugadores, y la seguridad de Buenos Aires y la Conmebol mostraron un fracaso estrepitoso.
Ya producido el ataque, Carlos Tevez mandaba mensajes desde el vestuario. Decía que no estaban en condiciones de jugar pero los obligaban, y que ningún jugador de River se acercó a interesarse por su salud.
Es extraño que no se hayan solidarizado, cuando los de la banda roja sufrieron un atropello similar hace pocos años (sabemos que Gallardo acompañó). Conocemos la buena onda por varias vías, de modo que la expresión parece un espasmo nomás.
Pero esos mensajes fogoneaban un ambiente ya caldeado, y Tevez, querido como es, también es un deportista con muchos años de experiencia, con demasiado capital acumulado, como para actuar al modo de un adolescente. Su palabra pesa, sea para la paz como para la guerra.
Un obrero que necesita reunir diez mangos para alimentar a sus hijos puede sentirse "obligado". Los millonarios, sean de River o de Boca, no tienen derecho a provocar un poquito más haciéndose las víctimas. Si Tevez no quiere jugar, toma su mochilita y adiós.
El jugador que mostraba un brazo lastimado exageró, y quizá también con el asunto del ojo izquierdo. Sin embargo, la violencia que sufrieron no auguraba un juego libre. El partido podía jugarse más tarde, pero si los jugadores se sintieron afectados psicológicamente estaban en su derecho de exigir una postergación.
Eso quizá favorezca a los dos, porque cualquier resultado iba a quedar opacado por los sucesos externos. Tal vez hoy nos encontremos con un partido de fútbol, ojalá. (A esta hora que escribimos aún falta resolver si será en la cancha del local).
Si este hermoso juego colectivo empezó hace siglos en nuestra región, digamos que cuando se llamaba manga ñembosarai entre los guaraníes (que habitaron también Entre Ríos), no había esta competencia porque el principio de vida era comunitario. No había que ganarle al otro para disfrutar, la felicidad consistían en compartir.
Lejos de esa civilización, ya metidos en la barbarie del sistema actual, por lo menos podemos soñar con un choque deportivo en paz, para que los que vestimos una de esas camisetas no creamos que esa diferencia de colores nos hace mejores, distintos o especiales. River y Boca, Boca y River, son pares opuestos complementarios. Cuando los guaraníes dicen manga ñembosarai, los pueblos del altiplano dicen yanantin: complementariedad. Uno no es tal sin el otro. Esa hermandad es bella. La violencia es totalmente ajena al juego y a la comunidad, y se da especialmente en las víctimas del hacinamiento que es una marca argentina. La violencia de ayer fue un síntoma más de nuestros males. Ya no precisamos más datos para el diagnóstico.
¿Volverá el fútbol a ser un punto de encuentro? ¿O la dirigencia política y empresarial continuará preparando allí los almácigos del fascismo y el narcotráfico?
Sin duda, la gran mayoría de las argentinas y los argentinos deseamos hoy participar de un juego, abrazados al arte, con esos colores tan nobles que se necesitan mutuamente.

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