“De chico, en la escuela Primaria, era el encargado del periódico escolar, algo que se ha ido perdiendo con el tiempo. Cuando entré en el colegio, comencé a hacer crónicas de deportes para El Diario de Paraná, en el año 44. Eso es lo que yo marco como mi inicio en el oficio del periodismo. En el 45 entré en LT 14, y desde entonces, en casi todos los medios gráficos de Paraná he tenido algo que ver”, recordó, mientras servía el café, Adolfo Argentino Golz.
De la época cuando el periodismo era artesanal
En una sala atiborrada de libros, estatuillas y una pared llena de placas con homenajes –que él bautizó “el muro de los lamentos”–, don Golz pasa sus días en la capital entrerriana, donde desarrolló su largo romance de 70 años con el periodismo.
Nacido en Nogoyá en 1930, se mudó con sus padres a Viena, Austria, en donde transcurrió su primera infancia. De regreso a la Argentina se instalaron en Paraná. Mientras aún cursaba sus estudios secundarios, comenzó a escribir crónicas futbolísticas para El Diario. Desde entonces, su labor no ha cesado. Ha sido director de las colecciones “Autores de Hoy” y “Entre Ríos”, que editaba “Colmegna” de Santa Fe y que reunió más de 60 títulos. Fue secretario fundador de la SADE de Entre Ríos y del Consejo Federal de la misma entidad.
En materia periodística ha integrado las redacciones de la mayoría de los medios gráficos de Paraná, llegando a dirigir algunos de ellos; fue corresponsal de diarios, de Rosario, Buenos Aires y del interior de Entre Ríos.
Por su tarea ha recibido innumerables galardones, entre los que se cuentan el Premio Escenario, el Santa Clara de Asís, y el último, otorgado por la Asociación Entrerriana de Periodistas Agropecuarios (AEPA).
Sobre su formación, Golz destacó que en esa época “no había carreras universitarias como ahora, uno se hacía con los mayores. Yo me formé con grandes periodistas, como Marcelino Román, Héctor Santángelo, Mirko Antelo, Amaro Villanueva, eran figuras importantes, y yo las miraba desde abajo”.
—¿Cómo era trabajar en una redacción en los años 40?
—Las notas se escribían con lapicera, creo que había cuatro máquinas de escribir en El Diario. Las noticias de Buenos Aires llegaban a veces por teléfono, y otras por telegrama. Era un trabajo bastante artesanal, trabajábamos con los linotipos, hasta que se fue modernizando. Las noticias de Buenos Aires ya llegaban cocinadas. Pero lo demás había que ir a consultar directamente la fuente, era un proceso más lento. Lo defino como un periodismo más lírico, y no tecnológico.
—¿Cómo era la fauna periodística de ese entonces?
—Había más bohemia que ahora. Se salía del diario y se iba a hacer trasnoche a los bodegones, donde se contaban historias. Nos conocíamos todos, había discusiones políticas, diferencias, pero nos respetábamos. En las conferencias de prensa no había más de seis o siete personas.
—¿Cuáles son las ventajas y desventajas del periodismo actual?
—En la actualidad vivimos el ya, la gente puede tener acceso a la información casi en el mismo momento en que se produce el hecho. Antes teníamos que confirmar todo, era un trabajo más lerdo y metódico, no había una lucha por la primicia. Hoy la gente es más ágil a la hora de encarar la información.
—¿Qué opina del debate que se ha creado en torno al fin del periodismo?
—Creo que el periodista siempre va a existir, los diarios nunca van a desaparecer, tampoco el diario en papel. Tengo la certeza de que a la gente le gusta leer en negro sobre blanco, tenerlo en la mano, y opinar a la vez. En tanto, la televisión y los informativos radiales son puro vértigo. Hay tanta competencia que a veces se le quita veracidad a la noticia. Hay tanto exceso de comunicación que lo que sucede es la incomunicación, porque la gente se ve muy bombardeada. Creo que antes había menos mentira, si tenías una noticia, tenías que confirmarla. Ahora, el apuro te lleva a que publiques algo sin la debida contrastación.
—¿Es cierto que el periodista nunca deja de serlo?
—Considero que en el periodismo uno tiene que tener una tarea permanente, el periodista no tiene fecha de vencimiento. Aunque tengo una jubilación sigo trabajando, porque si uno se queda quieto, se oxida.













