Obras de teatro
Martes 16 de Octubre de 2018

Una historia sobre la realidad de los educadores y las grietas del sistema educativo

Los viernes, el grupo Pisa Pisuela presenta "Maestras", de Nelly Fernández Tiscornia, bajo la dirección de Rubén Vera

En este melodrama, la historia transcurre en una escuela rural a la que sólo llegan el viento y la miseria. La directora, más conocida como La Gringa, es el baluarte que sostiene a la escuelita y, principalmente, a los alumnos. Su apasionado esfuerzo la ha hecho dejar de lado su vida familiar y sentimental, en pos de contener a los niños olvidados por sus progenitores, por la sociedad y el Estado.

Maestras, escrita en la década del 80 por Nelly Fernández Tiscornia, es la obra que el grupo Pisa Pisuela, bajo la dirección de Rubén Vera, presenta todos los viernes, a las 21.30, en el auditorio de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNER.

La Gringa, dignamente personificada por Andrea Bravo, es una directora de escuela que hace de nexo entre el monte y el pueblo; se ve atrapada en el medio de la polémica dicotomía "civilización o barbarie" pergeñada por El Viejo, como ella llama cariñosamente a Domingo Faustino Sarmiento, cuyo retrato preside la escena con cierta ironía.

A La Gringa no le importan los papeles ni las formalidades, en sus 25 años de docencia aprendió que la mayor satisfacción de una maestra es ganarle un analfabeto al monte y convertirlo en una persona capaz de valerse mediante el conocimiento. Y si para eso tiene que alimentar, bañar y hasta dar un nombre a esos hijos del monte, lo hará sin chistar, como lo hizo con Cardosito (Leandro Esquivel), uno de sus preferidos, que sigue visitándola muchos años después de haber terminado la escuela.

A su vez, sueña con que su hija Susana (Virginia Galanti) herede la vocación y continúe con la dura tarea, pero la joven guarda un resentimiento profundo con la profesión y con esa madre que la dejó de lado para criar a alumnos huérfanos. La hija-maestra, ha desarrollado un alto grado de cinismo y descree del aura casi mística con la que su madre ha revestido a la profesión.

Para colmo de males, desde Buenos Aires llega la inoportuna inspectora Juárez (Agustina Vera), una mujer estricta que no logra comprender lo que implica estar al frente de una escuela de frontera, olvidada por Dios. La recién llegada, que se rige por las formalidades de la "sociedad organizada", exige la documentación de alumnos que en los papeles no existen. Ambas defienden sus argumentos y sus razones; pero la inspectora termina tomando conciencia de su rol como representante de un sistema con normas, leyes y creencias que se desmorona ante la realidad de esta escuela. Al final, de maestra a maestra, terminan por entenderse.

Pero, de todas maneras, el conflicto central se da en el triángulo que conforman La Gringa, Susana y Cardoso: cuando la directora presta atención por primera vez a los planteos de su hija llora desconsolada, tras varios años sin derramar ni una sola lágrima. Pero Cardoso llega para consolarla y darle ánimos. Es en este punto donde se logra la mayor empatía con el espectador, que por fin logra entender a los personajes con todas sus complejidades.

Se trata de un relato estructurado de manera clásica, con un principio armonioso, una crisis que lo desequilibra, y una conciliación en el cierre. Los cuatro actores se desempeñan correctamente en sus papeles; y Rubén Vera logra plasmar la emoción que se esconde tras esta obra sencilla y que aflora especialmente en el final.

En definitiva, esta puesta es un sentido homenaje a todas esas maestras que se "juegan por los chicos", a esas personas que siguen jugándose y creyendo que se puede, a pesar de la dura realidad, construir un mundo mejor.

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