Secciones
Revista Tuya

Pablo Millán: pionero y vigente

Pablo Millán, pionero del transformismo en la capital entrerriana, cumplió 34 años haciendo humor con glamour y desparpajo

Sábado 19 de Junio de 2021

Si hay algo que caracteriza a Pablo Millán es que no le gusta dar vueltas. Es directo, un hombre de acción: prefiere pedir perdón a pedir permiso. Y así se viene conduciendo desde que pisó un escenario vestido como mujer, el 23 de mayo de 1987. Multifacético, guarango si la situación lo requiere, glamoroso y laburante, tal es el perfil ecléctico y contradictorio de uno de los artistas más polémicos, pioneros y consagrados de la capital entrerriana.

—¿Cómo, cuándo y por qué comenzaste a hacer transformismo?

—Fue por casualidad; estaba estudiando teatro en el Instituto Provincial de Arte de Santa Fe y había hecho una comedia musical infantil. Tenía apenas 17 años y me había ido muy bien, había ganado un premio de la Asociación de Actores como revelación. No sólo actuaba, sino que también era director y guionista. Y se nos ocurrió hacer la segunda parte. Resulta que me llamó Osvaldo Pettinari, un actor transformista de Santa Fe a través del cual conocí este arte, para que yo me sumara a un grupo. Pero al final no me quedé en ese proyecto y siempre fue como una asignatura pendiente. Y como con mi grupo de teatro queríamos recaudar fondos para hacer la segunda parte de la comedia musical infantil, decidimos hacer un café concert. Entonces nos dividimos los roles: uno que era cantante se iba a encargar de eso, había bailarines que iban a hacer las coreografías, y a mi me asignaron hacer transformismo y algunas imitaciones, ya que yo había conocido a Pettinari. Y bueno, en el show nos ve el hermano del dueño de una sandwichería de Santa Fe; se nos acercó y nos dijo que el negocio se estaba viniendo abajo, que estaban buscando espectáculos para atraer gente, así que nos ofreció ir ahí. Nosotros agarramos viaje, en plan de juntar plata para hacer la comedia infantil. Resulta que desde entonces nunca más hice otra cosa. La comedia infantil quedó trunca para siempre. Empecé a hacer espectáculos los jueves, luego jueves y viernes, después sumé los sábados y domingos. Siempre había lleno total. Después armamos un grupo, al cual yo dirigí y se llamó La Troupe, ahí permanecí durante 11 años. Fuimos de gira por Brasil, de ahí a Villa Gesell, luego a Mar del Plata.

—¿Y cómo se dio tu llegada a Paraná? Porque hoy en día ya la gente te adoptó como paranaense.

—Yo empiezo a venir a Paraná porque me trae Gabriel Juri. Me invitó a presentarme en un lugar que se llamaba Viper Pan, en la esquina de Urquiza y Belgrano, donde ahora está la casa de té. Ese fue el primer lugar donde trabajé en Paraná, y era del mismo dueño de un boliche que se llamaba Cisneros, te hablo de la prehistoria. Esto debe haber sido hace 25 años. Al año siguiente me llamaron de Alexander’s Cantobar, que fue el lugar que me ayudó a hacerme conocido en Paraná. Desde entonces me independicé del grupo, pasé a trabajar solo. Me fui a Brasil y volví con un unipersonal. Esto fue en 2001. En 2002, cuando muere mi mamá, yo me vengo a vivir definitivamente a Paraná, porque trabajaba mucho más acá que en Santa Fe, y como me pagaban con Bonos Federales, tuve que instalarme acá. De todas maneras, siempre hubo una conexión especial con los paranaenses, a pesar de que me fue súper bien en las temporadas en la Costa Atlántica y en cualquier lugar en donde me he presentado. Pero me conecté con Paraná de una manera más allá de lo descifrable.

pablo millan 2.jpg
Pablo Millán es un artista pionero, el primero en animarse a hacer transformismo en Paraná

Pablo Millán es un artista pionero, el primero en animarse a hacer transformismo en Paraná

—¿Recordás cómo fue tu primer show en Paraná?

—Lleno total. Es más, recuerdo que en ese momento los diarios titulaban “Llegó un chico Almodóvar a Paraná”, hasta me comparaban con Fernando Peña. Era como si se avecinara la revolución. Y la primera persona que me hizo un reportaje me dijo: “Un hombre vestido de mujer en Paraná va a ser un fracaso, porque nuestros referentes del humor tienen que ver con lo gauchesco, como El Chajá o el Gaucho Bataraz. Con lo conservadores que son en Paraná…”. Y a mi, para que haga algo basta con que me digas que no puedo hacerlo. Yo me propuse demostrarle a esa persona que esto iba a ser diferente. Fue un exitazo. Había gente sentada hasta en el piso en Viper Pan, un golazo de media cancha. Desde ahí empezamos a venir mucho con La Troupe. Y en Alexander’s Vip llenábamos todos los viernes y sábados, incluso después llenaba los domingos. Y eso que ese cantobar ya estaba en decadencia, no lo agarré en su auge.

—Digamos que le pusiste la tapa a la persona que te vaticinó el fracaso.

—Ni hablar. Yo lo que quería era demostrarle que, en primer lugar, había subestimado al público, a sus coterráneos. Y después a mi, diciéndome que yo no podía. De hecho, llegué a instalar ciclos de domingos, cuando en Paraná nadie salía un domingo. De mis 34 años de carrera, 20 los hice desde acá, desde Paraná.

—Fuiste un pionero del género.

—Nadie hacía nada similar en Paraná, después empezaron a aparecer otros actores que hacían transformismo, pero la mayoría empezó trabajando conmigo. Te digo: todo lo que se haga acá, todas las locuras artísticas que se hagan, van a ser después de Pablo Millán; desde hacer transformismo hasta traer grandes estrellas de la revista, porque después lo trajeron a (Aníbal) Pachano, pero al primero que se le ocurrió traerla a Moria o hacer acá El champán las pone mimosas, fue a mi. El primer loco que salió a volantear a la peatonal de Paraná vestido de mujer, fui yo. Antes no le hubiese ocurrido a nadie.

—¿Y cómo reaccionaba la gente?

—¡Se descomponía! Si hay gente que hasta el día de hoy me la encuentro en la temporada de Mar del Plata y me dice: “Acá sí me animo a venir a verte”. ¿Y en Paraná, por qué no?, pregunto. Pero también creo que el precio que yo pagué por este desenfado es no tener buena relación con la gente gay de Paraná. Mi público no es predominantemente gay, para nada, es más Doña Rosa o Don Cacho, las familias. Y para mi eso es más meritorio, porque hice mi carrera en función de demostrar que la gente puede valorar más lo que yo hago como artista que lo que hago con mi culo. Así fue que pagué un precio caro, porque toda la gente que estaba tapada, que no quería que en la casa se hablara de homosexualidad, veía que yo ponía todo eso sobre la mesa. Y decía en horarios de televisión abierta, en programas de horario pico como el de Cristian Bello, cosas que a una persona tapada podrían incomodarla. La única persona que me reivindicó frente a mi gente, que es la gente gay, fue Moria Casán. Una vez en un boliche gay de acá, desde un escenario ella logró que me ovacionaran. Porque siempre me miraron un poco por encima del hombro, no sé si porque yo hacía lo que muchos de ellos no se animaban o por qué. Ser una persona abiertamente gay hace 20 años no era lo mismo que ahora. Y escuchar en ese entonces a la mamá de uno diciendo “amo a Pablo Millán” y que vos estés no animándote a decir “mamá, yo soy gay”, es fuerte.

—Algo que llama la atención de tu humor es que una de las patas fuertes es el vestuario, las pelucas, los vestidos, la estética. ¿Te formaste para eso o fuiste aprendiendo porque tu arte lo demandaba?

—Antes de ser artista fui peluquero, maquillador, esteticista, cosmetólogo y manicuro. Mi mamá tenía un instituto de belleza que se llamaba Instituto Escuela de Belleza Integral. Y yo me crié entre potes de crema y ruleros. Pero igual fue una profesión elegida. Recuerdo que a los 17 años, mi vieja me dijo: “o estudiás, o trabajás”. Y yo le decía “yo quiero ser actor, por eso voy al Instituto Provincial de Arte”. Pero en ese entonces el pensamiento era distinto, o no tanto. “Te vas a cagar de hambre como actor. Estudiá algo”, me decía. Y me insistía para que empiece a formarme en el oficio con ella. “Ni loco trabajo con vos”, le dije. Y me fui a trabajar en la peluquería de unos amigos, tres hermanos. Empecé lavando cabezas, después quedé como permanentista, después brushinista, colorista. Y cuando estaba listo en la profesión, me fui a trabajar con mi mamá y ahí aprendí maquillaje, estética corporal, manicuría. Pero obvio que siendo artista me fui perfeccionando y aprendiendo otras cosas a lo largo de la carrera. Al principio yo no era tan esteta, tan hincha huevos con la imagen. Pero después me fui dando cuenta de que con mi humor, la estética cumplía un rol central; yo era tan bizarro y tan guarango en el vocabulario y los gestos, que necesitaba contrarrestarlo con algo que lo sostenga. Yo no quería ser Jorge Corona, sí quería provocar mostrando una mujer impecable que decía guarangadas. En 2002 hice algo que nunca volvería a hacer: me presenté en el concurso de Marcelo Tinelli, Comics 2002. Unos empresarios de Santa Fe me llevaron a presentarme a ese casting porque necesitaban que se presenten humoristas no tan conocidos de las provincias y darle un poco más de nivel. Y cuando me hace el casting previo a salir al aire, la gente de la producción me dice justamente esto que vos destacás: “Nunca pierdas esto. Porque nosotros vemos a una mujer, pero nos hacés reír desde el lugar de un tipo”. Por eso mi personaje nunca tuvo un nombre, por eso me sigo llamando Pablo Millán. Y el personaje comenzó a crecer cuando empecé a ponerle cosas típicas del Pablo cotidiano.

Pablo Millán 3.jpg
En acción, Pablo Millán se destaca por sus vestuarios de lujo y una producción impecable

En acción, Pablo Millán se destaca por sus vestuarios de lujo y una producción impecable

—Contame sobre tu amistad con Carmen Barbieri, ¿cómo la conociste?

—En Brasil conozco a Gaby Girls, un actor transformista con el que trabajé durante mucho tiempo en teatro de revista y que es mano derecha de Carmen Barbieri, le manejó el vestuario de muchos de sus espectáculos. Y lo que la gente no sabe es que Carmen fue la que pidió conocerme a mi, no al revés. Resulta que ella paseaba una vez en auto con Santiago (Bal), y vio mi marquesina en Mar del Plata de “Eclipse Total del Humor”, que fue el mejor espectáculo que presenté en esa ciudad. Ella justo venía de ganar el Bailando y reventaba las taquillas con Vedettísima. Le llamó la atención mi marquesina y le dijo a Gaby: “Yo quiero conocer a un transformista que no se puede creer lo que es vestido de mujer, Pablo Millán”. Entonces Gaby le dice: “¡Pero si Pablo es mi amigo, del que yo te hablé 500 veces!”. Bueno, ella insistió en que quería conocerme, así que Gaby va hasta la puerta del teatro donde yo estaba repartiendo volantes vestido de mujer. Me agarra y me dice “vamos al camarín de Carmen, que quiere conocerte”. Así fue que la conocí. Después me invitó a comer, luego fui a comer con ella y Santiago. Nos hicimos amigos, después trabajamos juntos, luego ella se divorció y desde entonces no nos separamos más. Fue un momento muy duro para ella y yo la acompañé, creo que marcó nuestra amistad. Pero yo soy amigo de Carmen Luz, que es la Carmen cotidiana, no de la Barbieri. Ella es una artista increíble, pero cuando se baja del escenario es mi mejor amiga. Es la antiestrella, no porque le falte talento ni carisma, sino porque no le interesa. Y yo creo que en algo me identifico con eso, porque sino no llevaría 34 años haciendo lo que hago. Hago teatro y café concert porque es mi vida, no porque quiera reconocimiento. Hay que ver si un artista acá, en Paraná, puede estar 20 años trabajando de lo mismo y reinventarse todos los santos días. Y digo acá, porque El Gaucho Bataraz, Leguízamo y todos los humoristas paranaenses se hicieron exitosos pero yendo más que nada a festivales afuera de la ciudad

—Sobre todo, hay que tener constancia y ganas.

—¡Eso! A mi me pueden decir mañana que hay 50 transformistas nuevos en Paraná. Pero yo quiero ver qué pasa en 20 años, porque una carrera se construye de constancia y de laburo. No de una posibilidad. Yo le dediqué mi vida a esto, no estoy en pareja porque elegí esta vida, y qué pareja te va a aguantar si no puede salir con vos a cenar un viernes o un sábado porque estás en un show. Cómo me va a seguir en esto una persona que tiene un trabajo normal, que se toma vacaciones en verano, cuando yo en esa época estoy haciendo temporada en la costa...

—Hablando de eso, la pandemia te obligó a parar...

—Sí, fue muy doloroso. Pero es la primera vez que me pasa algo así. Y viste que muchos dicen que de esto vamos a salir mejores personas; bueno, yo no creo que sea así. Peró sí creo que voy a salir mejor profesional, porque me hizo darme cuenta de que necesito imperiosamente encontrarme con el público. Hace dos años abrí mi salón de peluquería y estética, como una premonición, y menos mal que lo hice porque si no me estaría muriendo de hambre en este momento. Pero como artista me siento preso, necesito conexión con la gente, con mi pasión. Es como cuando alguien en el amor te dice “vamos a tomarnos un tiempo”. Nunca pensé que el teatro formaba parte de mi vida a este nivel. No se si la manera en que se manejó el gobierno estuvo bien o mal, no soy de ningún partido político, pero les doy el beneficio de la duda porque tuvieron que enfrentarse a algo desconocido. Esto nos enfrentó con la muerte.

—¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando esto pase?

—Bueno, hay un proyecto con Carmen de hacer un espectáculo en gira. Tengo el proyecto de volver a hacer mis espectáculos acá, en eventos y fiestas cuando se pueda. También quiero hacer un unipersonal. Y hacer teatro, lo que salga. Volver a hacer humor y encontrarme con la gente. La gente va a tener ganas de reírse, así como pasaba hace 20 años, cuando estaban todos totalmente devastados y ganando sus sueldos en billetes hechos de fotocopias. Lo comparo con esa época, con el 2002: yo me hice conocido porque la gente necesitaba reírse. Por eso quiero volver a trabajar en el teatro, volver a sentirme una persona digna, haciendo mi trabajo. Yo siempre tengo proyectos, así se mantiene vivo el artista. Y ahora no puedo proyectar porque no sé cuándo podré volver a trabajar. Creo que nos impusieron miedo, solo miedo. Y pasé momentos de mucha tristeza, porque ¿cómo no voy a poder hacer reir a la gente, cuando ese fue mi trabajo durante 34 años? Años atrás, ser actor no era considerado una profesión. Recuerdo haber tenido que llenar una ficha para el Monotributo y me decían que ponga una profesión. Y ahora siento que vuelve a ser así con este bendito virus: los artistas nos vemos imposibilitados de ejercer nuestra profesión. Pero por lo pronto quiero volver a soñar, a ser libre, a hacer reír a la gente. Yo no valoro el aplauso, he visto que se aplaude cada bochorno... Y no lo digo desde la soberbia, no estoy tan loco como para no entender que hay gustos para todo: hay gente a la que le gusta la torta frita, yo soy masa fina. Pero mi rebote no es el aplauso, es la risa, ahí se mide lo que uno hace como humorista. Es casi un orgasmo para uno escuchar la risa que brota.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario