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Cementerio Museo Santísima Trinidad

Arte e Historia en una visita al Cementerio Museo Santísima Trinidad

En la visita guiada en el Cementerio Museo Santísima Trinidad se recorrió el sector de los panteones del siglo XIX y XX

Domingo 18 de Abril de 2021

El sector más antiguo del Cementerio Museo Santísima Trinidad de Paraná se remite al siglo XIX. Allí, los espacios entre los panteones son angostos, la distribución de los mismos es más desordenada y, a su vez, tienen características diferentes en lo que es la construcción respecto de los monumentos funerarios que se edificaron en el siglo XX. Los cambios, las continuidades en las simbologías y las construcciones, como así también las diferencias en el aspecto de los panteones responde a lo que acontecía en aquella época “en la ciudad de los vivos”.

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Arte e Historia, convergencia en la ciudad de los muertos en el Cementerio Museo Santísima Trinidad

Arte e Historia, convergencia en la ciudad de los muertos en el Cementerio Museo Santísima Trinidad

Así lo contaron los responsables de la última visita guiada, María Olier y Javier Murchio, la cual se efectuó días atrás en el Cementerio Museo ante unas 20 personas.

En el marco de los recorridos que viene realizando la Dirección de Museos y Patrimonio Histórico de la Municipalidad, en esta oportunidad el eje estuvo puesto en “Arte e Historia, convergencia en la ciudad de los muertos”.

Sector del siglo XIX

La inauguración formal del Cementerio fue en 1826, sin embargo en la primera parte del recorrido Olier se dirigió en el sector del siglo XIX a la lápida más antigua que data de 1823-1824, la cual ya ocupaba un lugar previamente a dicha inauguración. En este sentido, la especialista en Museología se remontó a la parte histórica e indicó que antes de la construcción de la Catedral, que comenzó alrededor de 1880 y 1884, había otro edificio un poco más precario que se conocía como la Iglesia Matriz en la cual al fondo de lo que hoy es el Hotel Paseo Jardín es donde estaba ubicado el primer cementerio de Paraná. Pero este lugar no pudo soportar el número de enterramientos que tenía en ese momento, por lo cual se iniciaron las gestiones para que el espacio donde hoy está el Santísima Trinidad fuera el cementerio.

La sencillez de las tipologías

Tras continuar el recorrido, la siguiente parada fue en la parte donde se encuentran los edículos templiformes. Uno de ellos guarda el registro de un asesinato por salteadores de caminos.

Al respecto, Javier Murchio, señaló que, entre 1826 y 1840, la tipología funeraria era bastante sencilla. La fachada de los edículos tienen reminiscencias a los antiguos templos de Grecia, donde a un kilómetro de distancia de ellos se ubicaban portales que teñían una forma similar a los edículos.

Esta tipología funeraria se caracteriza por tener módulos detrás que permiten la superposición de hasta cuatro cajones con difuntos. “No hay demasiada ornamentación en esta época, no hay formación estilística, ni materiales, ni recursos económicos, por lo tanto son bastante austeras. La única información es la que se halla en las placas de mármol pulidas y talladas, y en cuanto a ornamentación sólo tienen cruces de hierro”, afirmó Murchio.

Conforme pasaron los años, los edículos presentaron leves cambios en su construcción. El principal cambio fue a partir de 1850 ya que se le anexa a los edículos un pequeño nicho que cumple la función de oratorio. Estos se podían abrir las puertas a fin de posibilitar que el deudo se acercara a la morada final de su difunto y dejar una ofrenda.

Al ingresar a 1860, los edículos en su construcción comienzan a extenderse hacia arriba para permitir la superposición de dos cajones más, dando un total de seis.

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Pasaje al siglo XX

Hacia fines del Siglo XIX comienza a desarrollarse el modelo agroexportador, y la producción de materias primas se llevaba a cabo sobre tierras que pertenecían a pocas familias. Por ello las riquezas pertenecían a un solo sector social.

Debido a que Paraná atravesaba un momento de esplendor económico, “en la ciudad comienzan a construirse edificios que de alguna manera dan cuenta de ese poderío económico. Y así como sucedía en la ciudad de los vivos, también ocurría en la ciudad de los muertos” sostuvo Murchio.

Este sector del Cementerio se encuentra más planificado, mejor diseñado y delimitado porque en 1908 se agregó esa parte de terreno y comenzaron a planificarse las circulaciones internas, lo que da el aspecto de “ciudad de los vivos a la ciudad de los muertos”.

La mayor de las clepsidras

Si bien algunos edículos del siglo XIX tienen una pequeña representación de la clepsidra, en el sector del siglo XX está la más imponente de todo el Cementerio.

La clepsidra es la simbología que da cuenta de que el tiempo vuela. En este sentido, el Dios Cronos aparece en un monumento de 1918, “podemos ver además, como aparecía en algunas tipologías del siglo XIX, que el monumento está ornamentado con calaveras, que es la condición de la muerte y que también reprende la vanidad humana porque no importan las clases sociales, o la religión, la muerte nos espera a todos” agregó Murchio.

No obstante, lo paradójico es que dichas calaveras están asomadas entre las hojas de acanto que coronan las pilastras, las cuales significan la inmortalidad del alma.

Cabe señalar que a partir del siglo XX comienza a concebirse el lugar del descanso eterno como una casa. Por lo tanto, dejan de ser pequeños edículos.

Un símbolo en sí mismo

A diferencia del resto de los monumentos, hay uno del año 1910 que tiene una morfología y tipología completamente diferente el cual se lo denominaba despectivamente como tacurú (hormiguero construido por excrementos). Sin embargo, este panteón no fue creado para ser lindo. En Paraná había un solo cementerio católico, por lo que protestantes, disidentes, judíos, divorciados, y masones, no podían utilizar su simbología sino no podían ser admitidos.

Este panteón, construido por Santos Domínguez, pertenece al escribano Ramón Isasi que era un masón cristiano pero no católico, por lo que es un monumento que no tiene simbología pero que es un símbolo en sí mismo. El aspecto que tiene se lo da el tipo de construcción que se llama rocalla y que se logra partir de la superposición de grandes bloques de tierras que van dejando huecos para permitir el crecimiento natural de vegetación. La piedra para los masones significaba la fortaleza, y la vegetación que emerge de ellas indica el triunfo de la naturaleza por sobre lo material. Es el único ejemplo tanto en la ciudad de los vivos como en la ciudad de los muertos de esta técnica constructiva que se llama rocalla.

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