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Diálogo Abierto

"El viejo, por serlo, no tiene que perder su condición de libertad"

Carina Messina y una mirada de los procesos de envejecimiento, desde el trabajo social y superadora de la medicalización

Domingo 26 de Abril de 2020

Decisiones gubernamentales, transgresiones individuales y situaciones en geriátricos actualizaron recientemente varios debates vinculados con la denominada “tercera edad”, los cuales suelen arrastrar una gran carga de prejuicios y tabúes. La licenciada Carina Messina, coautora junto con Yamina Joannas y María de los Ángeles Loizaga, de Envejecimiento y Espacios grupales. Apuestas y Desafíos, coordinado por María del Carmen Ludi, y Familia y Vejez. Configuraciones familiares y procesos de envejecimiento en el actual contexto, también de las cuatro autoras, descarta estereotipos unificadores y propone hablar de “vejeces” y “procesos de envejecimiento”, a fin de analizar un tema modificado notablemente por los cambios biológicos de las últimas décadas.

Referentes y apasionamiento

—¿Dónde naciste?

—En Gualeguay; mi casa estaba en calle 9 de Julio, una de las que atraviesa la ciudad. El barrio tenía calles de tierra y muchos paraísos, que eran nuestra diversión, ya que jugábamos mucho en la calle. Andábamos en bicicleta e incluso por la ruta.

—¿Lugares de referencia?

—Viví mucho la vida de club en el Gualeguay Central, donde jugué al básquet desde los diez a los quince años, y mi papá al fútbol. También se aprovechaba mucho el balneario municipal.

—¿Personajes?

—La Vieja María, quien recorría el pueblo, todos los días iba a casa a pedir comida, y cantaba y hablaba con todos los vecinos.

—¿Desarrollaste alguna afición?

—Con mi hermana melliza nos gustaba actuar y cantar en los actos escolares, hasta que recomendaron que no lo hicieran más porque siempre éramos las mismas. Nos encantaba Rafaella Carrá.

—¿Sentías una vocación?

—No.

—¿Leías?

—Mucho, porque mi mamá era muy aficionada y éramos socias de la Biblioteca Popular. Siempre me gustó el suspenso, Agatha Christie y los policiales.

—¿Libros influyentes?

—Me gustó y lo releo con otros ojos a El principito.

—¿Por qué?

—Por temas como la lealtad y el amor.

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?

—No tuve dificultades para las Matemáticas y Contabilidad, pero me gustaba Historia.

—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?

—Mi mamá era docente de una escuela técnica y tesorera, y mi papá trabajó en Epeer; cuando falleció, a los 51 años, estaba como jefe administrativo. A la tarde trabajaba en un estudio contable.

—¿Por qué estudiaste Trabajo Social?

—No tuve ninguna influencia para elegirla. Nos vinimos a Paraná y también me gustaba abogacía.

—¿Cuándo te entusiasmaste?

—Tengo los mejores recuerdos de la universidad porque la pasábamos muy bien con amigas más grandes. Sentí que era lo mío. Tuve referentes importantes como Francis Basso, a cargo de Metodología del Aprendizaje y Antropología, y además por lo afectivo y la contención. Todo mi recorrido lo marcó fuertemente María del Carmen Ludi, en Gerontología, ya que desde segundo año comencé como alumna becaria en su proyecto Llegar a viejo.

—¿Cómo definirías los lineamientos del Trabajo Social en la formación de aquel entonces?

—Hubo docentes que dejaron un gran trabajo en cuanto a la profesión y la pasión por ella, mientras que hoy no hay una revalorización del trabajo social apasionado. Más allá de lo teórico, de que soy docente y de que hicimos una revisión importante de los planes de estudio, las prácticas y sus contextos, para entender la complejidad social y la formación, el apasionamiento y el compromiso que nos inculcaron esos docentes es fundamental. A veces nos sentimos raras tratando de apasionar a las nuevas generaciones.

—¿A qué lo atribuís?

—Tenemos el desafío de entender a las nuevas generaciones, que no dejan de ser comprometidos pero tienen otros códigos de militancia.

—¿El apasionamiento influye en la eficiencia de la intervención?

—No tiene que estar disociado de lo teórico. Te enfrentás con situaciones muy dolorosas, que rayan la sobrevivencia, y ahí tiene que haber algo de la pasión.

Un programa y dos décadas

—¿Por qué te atrajo la temática de la vejez?

—Tuvo que ver con que en segundo año hice prácticas académicas en el Hogar de Ancianos San Vicente de Paul, donde María fue mi docente y a partir de lo cual me apasioné. En el proyecto Llegar a viejo, el marco desde el cual siempre pensamos los procesos, comencé como becaria y fui creciendo en la temática junto a ella, especialmente en extensión universitaria y, en los últimos años, en investigación. Con ella compartimos una especialización en Gerontología comunitaria institucional, que fue la primera política de Estado para formar 600 profesionales y fortalecer redes de todo el país.

—¿Qué configuración primera te hiciste sobre este colectivo y las posibilidades de intervención?

—Cuando me recibí comencé a coordinar un curso de cuidadores domiciliarios y de prevención en violencia y maltrato en la vejez, y a hacer una suplencia en el Hospital Gerardo Domack, donde se había creado un grupo y el cual coordino, enfocado en el aspecto comunitario.

—¿Cuál fue la primera situación que te conmovió a partir de la relación con un viejo?

—Tengo muchos recuerdos del San Vicente. Situaciones muy extremas de pobreza, en las cuales me convertí en un sostén importante. Lino Francis fue un viejo quien ingresó al Domack por una cuestión clínica, pero al momento del alta no tenía dónde vivir, estuvo un año allí y logramos su ingreso al (Hospital) Fidanza. Compartimos muchas cosas. Su sueño era quedarse, por los vínculos creados. Había un carromato viejo, de chapa, y quería que se lo arregláramos para vivir allí. Le gustaba jugar a la quiniela y cantar. Con los viejos que integran el grupo hemos transitado 22 años, entonces no sólo tienen referencia conmigo sino con mi familia, me hicieron la despedida de soltera (se emociona)… Son muy importantes para mí. Viajamos mucho, aunque ahora no tenemos ayuda del gobierno.

Más años y más protagonismo

—¿Cómo analizás los cambios biológicos relacionados con la vejez durante esos 22 años?

—Trabajo en una institución de salud entonces lo biológico prevalece, si bien muchos profesionales han avanzado hacia otra mirada. Las convenciones aceptadas dicen que viejo es cualquier persona mayor de 65 años, pero a nosotros nos gusta hablar de vejeces y procesos de envejecimiento, ya que no existe como única o cerrada, sino que tiene que ver con historia de vida, relaciones con lo laboral, tener redes o no, amor… Asistimos a un envejecimiento poblacional de características inusitadas por el crecimiento de la expectativa de vida. Encontrás mujeres viejas que cuidan a sus madres de 80 u 85 años, o sea una convivencia de dos generaciones de adultos mayores. E incluso hasta de cuatro o cinco generaciones de distintas edades. Hay una valoración distinta, ya que muchísimos viejos tienen su proyecto de vida y dicen lo que quieren hacer, autónomamente.

—¿Qué categorías revisaste a partir de esta nueva realidad biológica?

—La de poner el énfasis no en la enfermedad sino en la salud funcional, o sea no enfocarse en lo que no pueden hacer sino en las funciones que se conservan y pueden desarrollar, con un rol protagónico de ellos. El viejo por ser viejo no pierde su condición de autonomía y libertad, más allá de que nos cueste bancar esas decisiones y se piense que no es lo mejor para él. Es fundamental imaginarnos en los viejos que vamos a ser, porque nos gustaría que nos traten con respeto. En el grupo del hospital me ha tocado “perder” votaciones, porque hay que aceptar sus roles protagónicos.

Connotaciones y medicalización

—¿Qué prejuicios se mantienen, además de los que son evidentes y generalizados?

—El de que son asexuados y la calificación de “viejo verde” para quien quiere ejercer su sexualidad, que aparecen para poner una carga negativa. Nos cuesta trabajarlo con ellos porque incluso tienen cuestiones incorporadas al respecto. Todos reproducimos y fortalecemos prejuicios negativos, incluso equipos profesionales. Sería irreal decir que todos los profesionales de la salud tienen formación en Gerontología, si bien hemos avanzado. Es el más fuerte y también está la desatención, no hablarles directamente a ellos sino darle un rol más protagónico al hijo y la infantilización, y la connotación de “viejo de mierda” o el extremo de “todos los viejos son buenos y amorosos”. Hay viejos de mierda pero no tiene que ver con su condición de vejez, sino con el recorrido de su vida.

—¿En qué medida la medicalización extrema ha dado paso a estas nuevas miradas de las vejeces?

—La polifarmacia sigue siendo uno de los gigantes de la Geriatría, sobre todo de los médicos del sistema que todavía no tienen formación gerontológica. Te encontrás con viejos que tienen entre 10 y 12 medicaciones, dadas por el clínico y el cardiólogo. Hay muchos médicos que han comenzado a trabajar con una mirada gerontológica y con las potencialidades de la vejez. En Paraná hay experiencias de todo tipo y el viejo puede optar por la lectura, teatro, idiomas, turismo, estimulación cognitiva, deporte… está muy bueno porque pueden elegir. En el grupo nuestro han pasado a darle a la enfermedad, en el caso de los procesos crónicos, un lugar no central, para un envejecimiento saludable.

—¿Se proyecta al sistema esta tendencia?

—Hay un avance porque muchos médicos hay hecho formaciones específicas en el campo de la Geriatría y la Gerontología, con lo cual se piensan otros modos de transitar la vejez. Muchas veces los mismos viejos fortalecen la medicalización, porque van al médico, no les receta y dicen que “los atendió mal”. Todos tenemos modos aprendidos en torno a la enfermedad.

—¿Cuáles son los fundamentos de las resistencias del sistema médico, para mantener un enfoque estrictamente medicamentoso?

—Son prejuicios y estereotipos sobre los cuales no hemos reflexionado demasiado en cuanto a que “es un viejo y está cerca de la muerte” y “si es viejo, estará enfermo”, pero las estadísticas dicen que hay viejos que transitan su proceso de forma saludable y no institucionalizados. Los médicos más tradicionales asocian el medicamento a la enfermedad y no consideran lo que realmente le quiere decir el viejo. Al sistema de salud le falta cambiar muchísimo.

—¿Qué palabras te parecen cargadas de prejuicios y que hay que resignificar?

—Es un gran tema desde que comenzamos y hasta hoy. Siempre aparece la cuestión de por qué los mencionamos como “viejos”, ya que lo asocian a lo negativo y el prejuicio. El doctor Leopoldo Salvarezza decía que hay que nombrarlos como viejos, ya que la juventud crea “jóvenes”, y la niñez “niños”. Antes, las imágenes de la vejez tenían que ver con lo decrépito, el silloncito, el bastoncito… Hay eufemismos como “tercera edad”, “cuarta edad”, “adultos mayores” y la más inadecuada “abuelitos”, porque tiene que ver con una condición de vínculo con un nieto. No todos los viejos son abuelos.

“La vejez no implica perder los derechos constitucionales”

La docente e investigadora contextualizó el tema en el marco de la pandemia, a partir de decisiones que pretendieron socavar la libertad de los viejos, y aseguró que en la capital provincial “hay quienes no tienen garantizada la sobrevivencia mínima”.

—¿Tu análisis sobre la decisión de control por parte del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires?

—La pandemia puso el tema de los viejos en la agenda del debate de todos los días. Los derechos constitucionales y humanos por ser viejos no se pierden, y se relacionan con la autonomía, la libertad, y capacidad para decidir los cuidados y autocuidados. Hay una medida de aislamiento que tenemos que respetar, pero también hay cuestiones de autocuidado que no son solo de la vejez. Es una población vulnerable, el Estado lo tiene que observar en los casos en que el viejo no pueda valerse por sí mismo o no tenga redes de contención, pero en caso contrario atenta contra un derecho constitucional.

—¿Cuáles son las mayores vulnerabilidades, más allá de la coyuntura de la pandemia?

—Desde la facultad siempre aportamos a la vejez en contextos de extrema pobreza, y por eso hablamos de vejeces. Una cosa es pensarla en, por ejemplo, Anacleto Medina, con cuestiones de sobrevivencia no garantizadas mínimamente, aunque se haya avanzado con pensiones. Pero hay viejos que no tienen ningún tipo de recurso. Hemos visto situaciones extremas, como también sucede en Bajada Grande.

—¿Qué jamás te bancarías siendo vieja?

—Que me hablen de forma aniñada, que quieran tomar decisiones por mí mientras sienta que puedo tomarlas y que me minimicen, o traten distinto, como un objeto, como sucede con muchas prácticas de profesionales. A veces se tiende a querer cuidar y proteger pero se les quita sus proyectos de vida y actividades que le dan sentido. Incluso muchas familias lo hacen desde el amor.

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