Plásticos, chapas, gomas, alambres, cal, cartones, tapizan el arroyito Los Zorzales. Cuando logra zafar un poco del asedio y alza diez metros sus barrancas recibe el ahogo final con tres gruesos caños cloacales, a metros de su desembocadura en el arroyo Las Tunas. Abrazo ayer vivificante, hoy nauseabundo.
El arroyito Los Zorzales, bajo ataque desde cuatro flancos
Paisaje. Los árboles de las costas de Las Tunas y Los Zorzales parecen florecer bolsas.
Una perra negra bebe el agua negra de Los Zorzales.
Cloacas. Sobre Los Zorzales, todos los efluentes crudos de la vecindad.
Vida. A pesar de los ataques humanos, los arroyos dan esperanza.
Atacado por los basurales, los excrementos sin tratamiento, los residuos de una fábrica de mosaicos, en las lluvias intensas se alimenta además de los efluentes industriales que circulan por el arroyo Las Tunas, que las crecientes meten marcha atrás, porque los residuos taponan un puente a 300 metros. Hace tres décadas nadaban los peces en aguas transparentes, hoy da calor nombrar los objetos que nadan en estos arroyos negros. Literal: negros como la noche.
El estado argentino, el estado provincial de Entre Ríos, y los municipios de Paraná, San Benito y Colonia Avellaneda, con sus decenas de organismos dedicados a la salud, el agua y el ambiente, sostienen este ecocidio, fuente de enfermedades diversas, desde hace lustros. Tantos, que ya en 2006, tras un paseo por arroyos como estos redactamos una sencilla descripción, a modo de denuncia, bajo este título: “El caldito tibio de los arroyitos de nylon”. Ya estaban podridos hace 16 años. Han pasado cuatro gestiones de gobierno, y a pesar de las repetidas promesas de saneamiento, e incluso de una nueva Constitución provincial que ordena cuidar el agua, los arroyos no se recuperan.
Felizmente, está en marcha una obra de 65 millones de pesos para rehabilitar lagunas de tratamiento cloacal que, esta vez sí, prometen aliviar la cuenca. La buena noticia genera expectativas.
Tapizado de cales
El arroyo Los Zorzales es cortito, cruza el barrio del mismo nombre en Colonia Avellaneda (a minutos de Paraná) y en seguida desemboca en el arroyo Las Tunas, de triste historia por el combate entre hermanos hace 200 años (José Artigas vencido por Francisco Ramírez, en el comienzo del fin del federalismo); y triste también por los basurales que fermentan y obstruyen hoy su cauce.
Una mañana de setiembre dos vecinos bajaron durante una hora a un tramo de 50 metros de Los Zorzales, provistos de botas, guantes y un rastrillo, y sacaron del cauce un sinfín de desperdicios.
Bolsas de nylon, macetas, micas de auto, auriculares, latas grandes, latas chicas, latas de cerveza, pedazos de telgopor, botellas rotas, botellas sanas, trapos, alfombras, mallas para la construcción, bandejitas de comida, envases de champú, paquetes de galletitas, vasitos de plástico, tabletas de aspirinas, bolsos de tela, apósitos, tablas de la construcción, tapitas, envases de herramientas, botellas de lavandina, bolsas de alimento para perros, caños de metal, caños de plástico, precintos, alambres de púa, sachet de leche y yogurt, cajitas de jugos, membranas de aluminio para techar, aglomerados.
Todo eso sobre una base de cales de una fábrica vecina que algunos días de la semana deja blanca el agua de Los Zorzales (en temporadas con más frecuencia). Y sin contar miles de micro plásticos que permanecen en esos 50 metros limpiados.
Como el arroyo da un hilito de agua en general, y se vuelve torrentoso con las lluvias, los vecinos calculan que el 99% de la basura que arrastra va a parar al arroyo Las Tunas, y de ahí al río Paraná, que luego desemboca en el Río de la Plata y en el mar. Es decir, el montón de residuos obtenido en la rápida limpieza no representaría más que el uno por ciento de la basura que pasa por allí. El ejemplo explica el estado de nuestros mares: he aquí un aporte, si para muestra sobra un botón.
La sorpresa
Basta caminar por la orilla otros 200 metros, en montecitos de morera, cina cina, aguaribay, espinillo, tala y acacia negra, para dar con algo inesperado: del este y del oeste aparecen dos gruesos caños que dan al centro del arroyo, enfrentados, y descargan las cloacas de dos localidades vecinas. Corren los efluentes que pintan de negro el agua blanca (por la cal), y entran libremente a Las Tunas, semitapado de ramas que parecen fructificar bolsas de nylon, bidones, cuerinas.
A veinte metros, otro tremendo caño descargando más cloacas desde el este, en un zanjón que da al arroyo, y allá en el fondo una perra negra bebiendo el agua negra. En nuestra visita más reciente, un camión atmosférico descargaba los contenidos de un pozo negro en el zanjón.
¿Termina allí la odisea? Para nada: basta caminar otras dos cuadras para dar con un enorme basural nacido hace apenas una década que desborda los campos y clausura dos calles fundamentales que comunicaban Colonia Avellaneda con Paraná. Ver para creer. Allí algunas familias marginadas buscan alambres, cartones, vidrios, plásticos, comida, entre la humareda que es una constante. De tanto en tanto el fuego pasa a los montecitos y los pastizales, para trabajo de los bomberos de la zona. El verano pasado fue una lucha.
Las cloacas sin tratamiento y los basurales corren por Las Tunas rumbo al río Paraná, más aún en los días de lluvia, y bordean la costa donde, pocos kilómetros aguas abajo, la capital entrerriana exhibe sus balnearios… He ahí otra demostración de que estamos ante un problema grave de salud pública por los efectos directos sobre las personas en la ciudad más poblada de Entre Ríos, además del ecocidio que allí se circunscribe a los cursos de agua y sus orillas.
Los gobiernos nombran programas a futuro, pero sus políticas no alcanzan a devolver la vida a los arroyos. Ya hace 16 años enumerábamos planes de tratamiento de residuos y limpieza. La expresión “saneamiento del arroyo Las Tunas” se repite a través de los años. En estos días avanzan nuevas piletas de tratamiento, y en 2022 se tendieron caños cloacales en Los Zorzales pero el 90 % de los vecinos no se conecta porque los efluentes dan al arroyo, crudos.
En esta zona fueron construidos barrios populosos sin la prevención suficiente para los residuos y las vías de comunicación. Como ejemplo: el importante Acceso Norte a Paraná no tuvo en cuenta a las poblaciones aledañas, de modo que los habitantes de Colonia Avellaneda no encuentran salida directa por allí hacia la capital entrerriana.
Cuatro gestiones
En 2006 describimos al detalle el proceso de contaminación. Dos años después fue aprobada y jurada una nueva Constitución provincial que agregó párrafos clave en defensa de la naturaleza y la salud. En su artículo 84 creó el Ente para la política ambiental que evaluaría impactos y daría participación a la ciudadanía. En su artículo 85 dispuso que el Estado promueva la gestión sustentable y la preservación de los montes nativos, de las selvas ribereñas y de las especies autóctonas, y sostuvo que el agua “es un recurso natural, colectivo y esencial para el desarrollo integral de las personas y la perdurabilidad de los ecosistemas”.
Íbamos a decir que los arroyos están absolutamente muertos, pero en una segunda caminata por Las Tunas, bajo el puente “Balbín”, entre chapas y plásticos, bajo los árboles tapados de bolsitas de nylon, y cuando ya no podíamos respirar por los olores, nos sorprendió una tortuga que se lanzó al líquido (no diremos agua) desde un montículo. Y en el puente sobre el Acceso Norte, lo mismo: otra tortuga. Hay árboles, hay aves, hay un perro, hay dos tortugas: hay vida.
Una cosa es mostrar la contaminación casual y quizá pasajera de unos arroyitos. Otra cosa es comprobar que, en 16 años, cuando han pasado cuatro gestiones de gobierno y decenas de declamaciones, y tras denuncias reiteradas de la vecindad, el flagelo de los arroyitos no ha sido superado.
También ha quedado a la vista que, si el Estado en sus distintas instancias no convoca, la vecindad puede hacerse cargo de tramos de arroyos con sus comités de cuenca para generar conciencia y a la vez limpiarlos, con el aporte de algunas horas al mes. Descargar toda la responsabilidad en el Estado no parece conducente.
Caldo blancuzco
Veamos lo que describíamos en 2006, en caminatas por Las Tunas, el Colorado, La Santiagueña y otros cursos de Paraná. Vale para probar la reitreración de escenas. “Un caldo blancuzco y espeso arrastra hilachas de nylon en el Colorado. Profundo y angostito como una manga, le llaman Manga, y en el puente sobre avenida Churruarín los vecinos le dan un nombre que lo identifica mejor: Hediondo (jediondo, se escucha). Ante el cuchicheo de ratas de, mínimo, treinta centímetros, en sus barrancas tapizadas de bolsas y botellas plásticas, deja el Hediondo que su hedor se desplace sobre un lecho untado con grasa, y emana pestilencias hacia los barrios populosos. Los chicos buscan allí a la siesta el sustento para sus familias entre los desperdicios y, más allá, un Juan Perón desnarizado por piedad se paraliza de asombro. Los arroyitos de Paraná y otras ciudades entrerrianas entregan al río un jugo concentrado de hipocresía gubernamental”.
“Por avenida Churruarín al 1.500, hacia el barrio Paraná XIV, el Colorado hace un despliegue casi artístico de su lecho cubierto de bolsas de cemento, cartón, nylon, mucho nylon, botellas de plástico, trapos, fuentes de tergopol, tarros de lata, bidones de detergente, envases de múltiples formas, bolsas de plastillera. El líquido blanco proveniente de alguna fábrica no es necesariamente más oloroso que el agua turbia del otro brazo del Colorado, más al este”.
(Hay que decir aquí que un tramo del Colorado no sabemos si fue mejorado, pero sí ocultado con el entubamiento).
Y sigue la visita a los arroyos: “El paisaje es de nylon. Las bolsas atascadas en un extremo en las orillas o en el lecho, se bambolean en la corriente. La imagen cobra patetismo si se miran las ratas y se levanta la vista hacia las casas de al lado, con miles de alma s. De pronto una rata deja caer cascotes hacia el precipicio de la barranca. Ejemplares de falso café empiezan a brotar ya con la proximidad de la primavera, y el sol caliente de la siesta revienta en un clic las semillas de los tártagos. Tártagos, ombúes, moreras, cañaverales, enredaderas trepadas en los arbustos. A lo lejos un aguaribay, un sauce, y en el líquido que alguna vez fue agua, la inquietante ausencia de peces. No bagres, no anguilas, no mojarritas: bolsas de nylon”.
El sonido agrada
“Se escucha un murmullo del agua en las pequeñas cascaditas que forman los bloques de cemento lanzados al arroyo. El sonido agrada, el olor es nauseabundo.
Corre el caldo blanco grisáceo entre alambres, cubiertas, muchas cubiertas, tapas de envases de pintura. En el fondo se aprecia un cuadrante que pudo ser de una cocina, junto a moldes de aluminio, tarros de lata, botellas de vidrio, bolsas de red que antes guardaron papas, cebollas. En la cabecera norte del puente sobre la avenida Churruarín, junto al barrio Pagani Chico, paquetes de resmas de papel color amarillo cubren el arroyo. Más cajas, una empalizada con cubiertas de caucho, la cobertura de un ventilador, envases de cartón de vino. Y como en todo el curso: bolsas de nylon, chicas, medianas, grandes. En la base del puente nació contra la baranda una pezuña de vaca (Bauhinia candicans), y de sus ramas cuelgan no sus bellísimas orquídeas blancas sino bolsas de nylon. Hay un montecito de pezuñas de vaca más adentro. En una barranca se dejan ver buenas noches y campanillas”.
El basural tiene el ombú
“En Churruarín al 1.700 otro paso del arroyo Colorado. Aquí impresiona la cantidad de bolsas, cajas, botellas, algunas incrustadas en las mallas de alambre colocadas por seguridad. El agua se ve más clara pero huele peor que el otro brazo, y en verdad no tan feo como huele el líquido pestilente que pasa por el arroyo La Santiagueña, en su paso por avenida Laurencena cerca de la Prefectura”.
“Seguimos en el Colorado. Un cañaveral, dos sauces, envases de lavandina, pelotas rotas, botellas, chapas, y en el fondo casitas tipo favelas con la ropa tendida junto a basurales de un tamaño que impresiona a la vista. La pierna de un maniquí multiplica la ironía de un cartel que reza ‘No tirar basura’. En la cabecera norte, varios ejemplares de ombú (Phytolacca dioica), algunos de aquel porte señorial que llevó al poeta a decir: “eres lo último que muere / de la morada del hombre”; el ombú que sólo en Entre Ríos se multiplica en montes orilleros, pero aquí resistiendo dentro del gran basural que oculta las antiguas barrancas de sedimento, otrora bellísimas ”.
“Salen los gurises dando saltos, correteando por la calle lateral, y una mujer espera junto al auto, con termo y mate. Está a 15 metros del basural, los vahos le llegan pero su pituitaria ya se habituó, no da señales. Se ha formado una islita con cubiertas de bicicleta, nylon negro, nylon gris. A media barranca, tunas y tramontana con toda su potencia medicinal. Sobre la barranca, los caminos de hormiga miden 30 centímetros de ancho, y más abajo vuelan de aquí para allá los benteveos (Pitangussulphuratus) y las palomas (Zenaida auriculata) que cambiaron el paisaje limpio y el agua cristalina de otros tiempos por esto, imitando a los seres humanos”.
“Ropa vieja, tarros, y la pared de una verdulería precaria con la inscripción ‘Equis 2007, Gobernador’”.
Perón ya no huele
“Un ciruja golpea, envuelve cables, intenta encender las ramas. ‘Sacamos aluminio, cobre, y a algunas cosas rotas las desarmamos para vender repuestos’, dice y no deja de golpear sobre una piedra. A su alrededor, manchones de cenizas. No le preguntamos su nombre, nos sentimos molestando su intimidad. En la cabecera norte del puentecito de Almirante Brown, una imagen de Juan Perón con la nariz rota y el gesto adusto, que mira hacia un rancho desbordado de basura, como si hubiera explotado en la barranca, como un volcán que eructara inmundicias por los aires. Una película no mostraría un arroyo con tanta mugre, la realidad supera la ficción. En el mismo rancho, unas treinta y cinco, cuarenta prendas colgadas sobre dos alambres: buzos, pantalones, calzoncillos de chicos, barranca arriba. A cinco pasos de hombre, el basural; a veinte pasos de rata, la cocina... ”
“En Paraná, el arroyo La Santiagueña no puede oler peor junto a avenida Laurencena antes de desembocar a la altura de la Prefectura, y no es para menos si ya huele muy feo cuando pasa por calles Nogoyá y Victoria, y se interna detrás del Parque Berduc, atravesando la ciudad por el centro, y perdiéndose en el rosa fuerte de un lapacho que busca vivificar el ambiente, dignificarlo”.
“Lo dicen los vecinos de calle Justo Stay, cerca de Rondeau, lo dicen los vecinos detrás del Tiro Federal cuyo arroyito tiene el lecho forrado de envases chamuscados... Con los arrastres apestosos del arroyo Las Viejas pasa lo mismo, y van a dar al Thompson. Es decir, la mayoría de los arroyos depositan la mugre exactamente frente a Paraná, en la costanera misma. Por eso en algunos tramos de la orilla las inmundicias se apilan hasta tres metros de profundidad, bajo el agua, y allí fermentan. ¿Qué es lo que se ve en esos arroyos, sin mayores diferencias? Cebolla podrida, naranjas, tarros oxidados de pintura, escombros. Bidones chamuscados, filtros de aire y aceite, vidrios, chapas de cartón, ratas, gatos. Y así se ven asientos de sillas, mucha esponja, mucha cuerina, muchas gomas negras en contraste con algunas flores silvestres. Zapatos, alpargatas, zapatillas, más cubiertas quemadas exhibiendo su esqueleto de acero; y papeles, cartones, tapas de tarros de dulce de leche, pequeñas cosas: papel higiénico, pañales, envases de galletitas, blisters de remedios; un gran fuentón anaranjado, vasos de quesitos untables, latitas de picadillo, juguetes rotos, cubiertas de bicicleta, suecos, macetas viejas, restos de un perro. Resortes de asientos, tarros, cintas para las envolturas de seguridad, baldosas, caños de polietileno, maderas con clavos, cables, bolsas con la basura orgánica del día. Pedazos de aparatos de fibra de vidrio, las gomas de los recambios del tren delantero y del trasero de los coches, ramas, zapatillas chamuscadas, retazos de membrana de aluminio. Entonces un muchacho revuelve la basura, un camión descarga escombros. Al lado, un parabrisas roto, bolsas con hojas; corretean dos chicos, un perro...”
Hace años, el vecino del arroyo Las Tunas Pedro Aguer sostenía que habían golpeado muchas puertas por tres décadas (ahora cuatro), con resultado negativo para cuidar el arroyito. “Triple frontera, podríamos decir, de la contaminación y el asco. Es la madrugada, casi el amanecer; el arroyo se ha constituido en un despertador nauseabundo. El hedor insoportable parece la síntesis de los peores olores imaginables. El amanecer ya está arruinado”, narraba el cooperativista, que finalmente se fue del lugar por los olores, el taponamiento del arroyo y la inseguridad. Y recordaba tiempos mejores de agua con peces.
Y bien: ahora nos tocó visitar Los Zorzales, y en verdad que abundan las aves, los nombres están bien puestos. Si la vecindad continúa con las limpiezas y da la voz de alerta, y los funcionarios nacionales, provinciales y municipales cumplen por fin las promesas después de tanta improvisación (erradicación de basurales, lagunas de tratamiento, control de efluentes, recuperación de calles, etc), más temprano que tarde superaremos esta etapa decadente,volverá el jardín y la humanidad sumará en Paraná y sus aledaños otro motivo de esperanza.

















