Eliezer Budasoff/ De la Redacción de UNO
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Blanco, el perro que enseñaba budismo
En una plaza de Akita, en Japón, hay una estatua exquisita en homenaje a Hachiko, el perro que siguió esperando en la estación de tren a que su dueño regresara del trabajo, aún después de la muerte del hombre, y se mantuvo firme en ese lugar hasta el final de los días. Hace algunos años hicieron una película con su historia. Bla. En Resistencia (Chaco), existen dos esculturas en homenaje a Fernando, el perro callejero que desayunaba todos los días con el gerente del Banco Nación, y asistía a todos los eventos sociales de la ciudad. Alberto Cortez le escribió una canción, que más tarde fue versionada por Ataque 77. Bla bla. Existen perros famosos, grandes leyendas caninas que han recorrido el mundo, animales que han sido enterrados con honores militares, homenajeados por ciudades enteras, o inmortalizados por la literatura y el arte. Bla bla bla. En otoño de 2008, unos meses después que me mudé a vivir a Rosario, conocí un perro que te podía hacer creer en la reencarnación.
No voy a contarles que el perro tenía una mancha con forma de virgen, ni que salvaba a los niños pobres de morir atropellados, ni que sabía hacer destrezas que asombraban a la gente. De hecho, este perro no tenía el menor interés en cautivar a nadie, era impunemente vago, y solo usaba sus habilidades sociales para aprovecharse mejor del sistema humano. Pero poseía una autonomía superior al resto de los animales y las personas que he conocido en mi vida, y se manejaba en el mundo con el desapego y la alegría de un monje budista. Una mañana de junio de 2008, muy temprano, abrí la puerta del ascensor en el cuarto piso y el perro estaba ahí, contra un rincón, mirándome con ojos vacunos.
Era de un color blanco grisáceo, casi azulado por la mugre, y estaba tan flaco que se le notaban las costillas. A una de sus orejas le faltaba un pedazo. No se movió cuando me vio, no sacudió la cola, no hizo nada. Me observó casi con indiferencia. Yo miré hacia atrás, girando la cabeza de un lado a otro –ese gesto reflejo que uno hace para saber si hay alguien observando–, pero en el pasillo no había nadie. Subí al ascensor con cuidado, creo que incluso le dije “hola”, y bajamos, cada uno en su rincón, sin dejar de mirarnos. Cuando llegamos a planta baja el perro se puso detrás de la puerta, esperó a que le abriera, y lo vi alejarse en dirección a la esquina, donde estaba la plaza Libertad. Ahora creo que los encuentros que terminan por convertirse en algo significativo en nuestra vida, siempre comienzan así: con una sensación de extrañeza, con la certeza de que no hemos comprendido del todo lo que acaba de ocurrir. Así fue mi primer encuentro con Blanco.
Mi vecino le decía “Estampilla”. El cuidacoches de la plaza le decía “Manchis”. Una señora del barrio le decía “Manchita”. Mi exnovia y yo le decíamos “Blanco” o “Blanquito”. El perro comenzó a aparecer ese otoño en el pasillo del cuarto piso: nuestros vecinos de piso, que amaban a los animales al límite de la patología –tenían una cantidad irracional de perros y de gatos en un departamento de dos ambientes–, lo conocían de la plaza, y lo entraban en el edificio las noches de frío. Como no podían tenerlo en su casa, porque les alteraba el equilibrio de la fauna familiar, lo dejaban en el pasillo, con una manta y un plato de comida. Una noche decidimos abrirle: Blanco entró a la casa, olisqueó los ambientes, y se volvió junto a la puerta para que lo dejáramos salir. Nunca se dejaba sobornar a la primera. Después de dos intentos, terminó por aceptar la oferta: entró, husmeó todo de nuevo, se subió a un puf que teníamos en el living y se durmió. Así fue como adoptamos un perro callejero en régimen mixto. A partir de entonces, Blanco se presentaba en la puerta del edificio casi todos los días, puntualmente, a las 21. Bajábamos a abrirle, cenaba con nosotros, y se acostaba a dormir. A las ocho del día siguiente, a más tardar, exigía salir a la calle. Cuando mi novia dormía en casa el perro salía con ella, que entraba a trabajar temprano. Cuando se quedaba solo conmigo, se veía obligado a despertarme. Para lograrlo usaba dos técnicas con distinto nivel de agresividad. Primero traía un hueso a mi cuarto, y lo golpeaba varias veces contra el piso, al lado de la cama, mientras me vigilaba de reojo. Si eso no daba resultado, se subía a la cama y empezaba a pegarme cabezazos, literalmente, hasta que reaccionaba. Entonces yo me levantaba, abría la puerta del departamento, y él se hacía cargo del resto: bajaba los cuatro pisos por la escalera de emergencia, y se quedaba junto a la puerta del edificio, esperando a que alguien saliera.
“Los animales son seres mágicos, tal vez lo único mágico que queda en la tierra”, escribió Silvina Giganti en un texto sobre su perra Poxi. Tal vez sea imposible hacerles comprender a ustedes el modo en que Blanco dominaba sin violencia sobre nuestro barrio, y tomaba el cariño de la gente por asalto, mansamente, pero sin pedir permiso. El año que empezó a dormir con nosotros, al llegar el invierno, el perro solía llegar a su cita de las 21 con un pulóver distinto cada día. Un día traía una capa de paño bordó. Otro día se aparecía con un buzo de lana verde tejido a mano. A veces usaba una remera mangas largas de color rosado. Si bien no siempre pasaba la noche en mi casa, el origen de su ropa era un misterio. Una mañana decidí seguirlo para saber adónde iba. Lo acompañé hasta la puerta del edificio, esperé que se alejara un poco, y empecé a seguirlo. No llegué a hacer media cuadra cuando el perro me descubrió. Nos quedamos en la plaza, jugando con una botella. Al poco tiempo, una señora se detuvo junto a nosotros, gritó “Manchiiiita”, acarició al perro, y me miró.
–¿Es tuyo?– preguntó.
–Más o menos –respondí– no es mío pero duerme en mi casa.
–Ahh, mi vecina es la que le hace los abrigos, ella vive acá a la vuelta, por Entre Ríos –dijo – ¿Vos vivís en calle Cochabamba, no es cierto?
–No señora –le dije–, yo vivo en calle Mitre.
–Ahh –contestó, con una expresión confusa– porque yo lo he visto salir de una casa en calle Cochabamba…
Así fue cómo descubrimos que Blanquito tenía tres familias distintas en el mismo barrio. Algunas mañanas, cuando iba a desayunar al bar de la esquina, Blanco ya estaba ahí, tirado debajo de una mesa. Un mediodía salí al balcón y lo vi enfrente, en el tercer piso del edificio que estaba a medio construir, comiendo asado con los albañiles. Cada vez que algún vagabundo se desplomaba en la plaza, Blanquito se tiraba a su lado a dormir: tenía cierta predilección por los borrachos. Un par de ocasiones, después de haberme seguido muchas veces, se apareció solo en la casa de mis amigos, y ellos lo hacían entrar, le ofrecían comida, y lo dejaban estar. Su collar cambiaba tan rápido como su ropa de invierno, y nunca sabíamos bien quién le ponía una cinta de cuero, un collar de lona verde, una media vieja. Mi novia le colgaba tiras de tul azul, cansada de que le robaran los collares, lo que le daba un aspecto de tanguero afeminado.
Dos años después de mudarme a Rosario, decidí desarmar mi vida en la ciudad e irme a recorrer Sudamérica, sin fecha de regreso, para cumplir un viejo anhelo de viajar y escribir. Escribo “decidí” y escribo “desarmar”, aunque en realidad mi vida se caía a pedazos, y yo necesitaba abandonarlo todo por un tiempo para reconstruirme: a veces hace falta perderse para encontrarse. El perro, al que yo consideraba el primer amigo nuevo que había hecho en la ciudad –y me enorgullecía de eso– intuyó que me iba desde un principio, y empezó a espaciar sus visitas. Dos semanas antes de mi partida desapareció por completo, y volvió recién el día que me iba, como para despedirse. Fue un momento durísimo. Recuerdo que le compré medio pollo en una rotisería, se lo corté con las manos (ya había embalado todo) y nos quedamos dando vueltas por horas en el departamento vacío, que ya estaba habitado por los fantasmas de la nostalgia.
Las cosas más importantes son las más difíciles de contar, dice el protagonista de un cuento de Stephen King, y eso es porque todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos. A finales de 2011 regresé a Rosario por un tiempo. Había viajado 14 meses, me había despojado de muchos hábitos y pensamientos que me molestaban, y quería ver a mis amigos. Pero también necesitaba empezar a recordar quién había sido, retomar desde el lugar donde había dejado, encontrarme con aquello que permanecía. No fue el mejor momento para hacerlo. Mis amigos estaban demasiado estresados por la locura del final del año, angustiados por problemas económicos, y enemistados con sus familias. Yo ya no tenía casa, y mi exnovia me había insistido para que me quedara en la suya, pero, a pesar de sus buenas intenciones, parecía a punto de clavarme un cuchillo en cualquier momento. No podía quedarme ahí, pero antes de irme le pregunté por Blanquito. “Vive en una casa de calle Cochabamba”, me dijo, y me describió cómo era. El domingo siguiente, antes de mediodía, me fui a mi antiguo barrio, toqué timbre en esa casa desconocida y dije que venía a visitar a Blanco. La señora que me atendió no supo de qué le hablaba, hasta que se lo describí. “Ahh –dijo–, sí, ese perro vive acá, pero ahora no está. Cuando no viene a esta hora, es porque está comiendo acá a la vuelta, en el séptimo A”. Sonreí con su respuesta pero me fui decepcionado, y me quedé en un banco de la plaza Libertad sin saber qué hacer. A los dos días de volver a la ciudad, estaba más solo y desorientado que antes de partir. Diez minutos después, Blanquito llegó trotando despacio, se dirigió al banco en el que yo estaba, y me pegó con la cabeza. Había pasado un año y medio de la última vez que lo había visto, y pronto me olvidé de todo lo que me angustiaba. Nos quedamos en la plaza toda la tarde, hasta que empezó a oscurecer. Cuando me fui de ahí había conseguido reconciliarme un poco con la existencia, del mismo modo que me ocurre, a veces, cuando el hijo pequeño de algún amigo me abraza sin motivo. Me gustaría explicarles que el reencuentro con el perro me hizo comprender que algunas cosas vitales siempre permanecen, y que es posible construir vínculos basados en el amor y el desapego, pero nada de lo que sucedió esa tarde tuvo que ver con las palabras, que me obligan ahora a enterrar el cuerpo en el fango de la cursilería.
Lo que puede proporcionar un perro “es semejante a lo que da el animal salvaje que nos acompaña a través del bosque”, escribió hace más de medio siglo Konrad Lorenz, médico y zoólogo vienés que recibió el premio Nobel por sus estudios del comportamiento animal: “Una posibilidad de restablecer el vínculo directo con la Naturaleza, con la omnisciente realidad de la Naturaleza, que el hombre civilizado ha perdido”.
Lorenz, considerado padre de la etología, decía que en ciudades extrañas y en tiempos calamitosos, siempre había deseado la compañía del perro que le seguía, y que había hallado consuelo en el simple hecho de su existencia: “Él ha sido para mí un apoyo comparable al que se encuentra en los recuerdos de la infancia, en la memoria de los tupidos bosques de nuestra patria, en algo que nos vaya diciendo que, en el fluir constante de la vida, nosotros seguimos siendo nosotros”.














