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Mar adentro

"El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado" (Ernest Hemingway, El viejo y el mar, 1952).

Jueves 17 de Octubre de 2019

A los cuatro fue un juego de soldaditos de granaderos con el general San Martín y su caballo blanco y todo. Después vino una estación de servicios de madera, una miniobra artesanal; y ya más grande, cuando la curiosidad propia de un pibe de 4 o 5 años hacía estragos garabateando preciados ejemplares de la biblioteca de mi viejo, llegaron –quizás para conjurar ese hábito dañino– los libros. Primero fueron los clásicos álbumes para colorear con la cajita de Faber-Castell, luego los cuentos ilustrados de la colección de Constancio C. Vigil: El mono relojero, El imán de Teodorico, Los escarabajos y la moneda de oro, entre otras historias de inocencia genial; y cuando me arrimaba a la primera década de vida entró en mi cabeza la maravilla exuberante, selvática de los Cuentos de la selva de Quiroga con sus fábulas plenas de enseñanzas los que la palabra “moraleja” le queda corta, cortísima.

Pero recién a los 11 di con el primer libro en serio, de esos que te marcan a fuego y que abren un camino: el camino de la literatura. Mi viejo –el Fader que así le decíamos–, era un hombre de pocas palabras, más por timidez que por severidad, además de ávido lector, me pidió una tarde que lo acompañe al Templo del Libro, la librería más vieja de la ciudad, que aún hoy existe y todavía atiende don Pedro Demonte.

Lo seguí con silenciosa obediencia un largo rato mientras recorría lentamente los anaqueles repletos y desordenados, mirando lomos de libros con sus gruesos anteojos con marcos de carey, cada tanto extrayendo alguno, examinando, leyendo contratapas. Hoy tengo la certeza de que lo hizo deliberadamente para que yo mamara, para que presenciara el ritual, el acto de comprar un libro, que no es cualquier cosa.

Finalmente eligió uno y me dijo, con su habitual laconismo:

—Tomá. Es para vos.

Era una edición de 1969 de la novela El viejo y el mar de Ernest Hemingway, que aún atesoro. Es una historia dura, áspera, existencial, que no admite las versiones para niños de otros clásicos de la literatura, aunque también es una parábola sobre la lucha contra la adversidad, personificada por Santiago, un viejo pescador del Caribe caído en desgracia entre sus pares supersticiosos, que no perdonan su larga mala racha en la pesca. Y como ocurre en estos casos, lo aíslan, lo excluyen como a un paria. Solo recibe la comprensión de Manolín, un chico de la aldea.

Al final el anciano, tenaz y empecinado en quebrar su mala suerte, atrapa luego de ochenta y cuatro días en el mar –él solo– un gigantesco pez espada que ata luego al costado de su pequeña barca, al que se lo terminan devorando los tiburones del Gulf Stream luego de una lucha feroz de varios días. De regreso en el puerto recupera el respeto de sus compañeros, aunque solo trae la cabeza del pescado con su pico descomunal, el espinazo pelado y sus manos pulposas y sangrantes.

En su momento me impresionó mucho el cuento, pero más asombró mi mente infantil que todo “eso” saliera de aquel objeto cuadrado, anodino, y de tapa marrón; que aquel conjunto de caracteres configuraran en mi mente un torbellino de imágenes tan fuertes, de sensaciones y emociones tan vívidas.

Mientras leía casi podía verme dentro de esa ínfima canoa que se mecía suavemente en la tensa calma chicha y cristalina. Sentía la fresca brisa marina, las arremetidas y los potentes coletazos del gran pez que no se resignaba a entregarse sin pelear, la pesadez de redes empapadas, el graznar de las gaviotas, el fuerte olor portuario del pescado eviscerado; oía en mi mente el sencillo soliloquio del pescador con sus verdades de hombre simple y los ecos de voces ininteligibles en la interminable arena blanca.

Y como no me era suficiente, dibujé decenas de veces la escena del hombre en su bote tal como lo imaginaba. Le agregaba y le quitaba elementos: delfines empujando la barca con sus picos para ayudarlo a llegar a la costa (como hacen los surubíes del cuento de Quiroga), un perro que le hacía compañía, o un rifle inverosímil, porque me indignaba la indefensión del pobre viejo al que los aprovechadores tiburones le robaban su trofeo. De pronto el bote se veía más grande y con más velas, la anhelada costa más cerca, o el cielo despejado o cubierto de tormentosos nubarrones que parecían venir de un dios rencoroso y vengativo.

Pasó el tiempo y seguí internándome mar adentro, como Santiago, pero en el vasto océano de la literatura. Releí El viejo y el mar varias veces, como se vuelve a un viejo amor en busca de respuestas imposibles. Y constaté siempre, además de la intuitiva sabiduría del Fader al darme aquel regalo, que en la aparente simpleza de la trama se esconde una gran hondura psicológica, profunda como las aguas en las que flota, a la deriva, el barquito de Santiago.

A los granaderos, a la estación de servicios y a mi viejo se los tragó el tiempo, pero el libro quedó, y muchos más vinieron luego.

Años después di con esta cita de Borges que puso en palabras aquel primer asombro juvenil con una genial analogía:

“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

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