Diálogo Abierto
Domingo 08 de Julio de 2018

De la Bioingeniería al mundo del circo, un viaje sin escalas

Esfuerzos y vivencias sobre el arte de hacer y transformar situaciones de la vida cotidiana para que muestren su lado más afable.

Le gustaba desarmar y armar, y por eso se imaginaba como un importante ingeniero concretando su obra cumbre en un sofisticado robot, pero el escenario, las luces y el despliegue de un payaso en escena hicieron que el "veneno" de la actuación dejara de lado las complejas ecuaciones y tomara cuerpo hasta convertirse en Cartoncito. Emmanuel Alassia –de la compañía La Moringa, que ayer inauguró su temporada invernal en el Parque Berduc, de la capital provincial– recuerda esa transformación y destaca la vigencia y valores universales del clown en medio de la vertiginosidad del mundo virtual.

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"Ingeniero" precoz
—¿Dónde naciste?

—En Morón –provincia de Buenos Aires–, con una mamá entrerriana y un papá cordobés. Tampoco sé muy bien sobre el lugar, porque al año y medio de que nací se mudaron a Laborde –Córdoba–, un pueblito conocido por el festival del malambo –de donde era mi papá. Viví allí hasta los once años, cuando falleció mi papá, entonces nos mudamos a Gualeguay –de donde es mi mamá.

—¿Qué recordás de Laborde?

—Muchas imágenes porque es muy chico. La bici quedaba tirada – sin candado– y la podías buscar cuando querías. Me gustaban mucho los actos escolares, estudiar y bailar folclore, al igual que la carpintería y la ingeniería. A la tarde iba a una escuela de oficios y a básquet.

—¿Qué actividad laboral desarrollaron tus padres?

—Mi papá era obrero de una fábrica, lo despidieron y por eso nos fuimos a Córdoba, donde trabajó en otra fábrica; mi mamá fue ama de casa, su gran oficio era el tejido de prendas de muy buena calidad para una señora que exportaba a Italia –hasta que se jubiló.

—¿A qué jugabas?

—Tenía un gran patio con muchos árboles, donde me lo pasaba con mis amigos. Hacíamos chozas y jugábamos a Tarzán, había un descampado en el barrio, lo limpiamos e hicimos una canchita de fútbol.

—¿Había algún límite del lugar que no podías trasponer?

—No podía pasar al otro lado de la ruta y tampoco llegar a la laguna del basural, aunque igual nos escapábamos.

—¿Sentías una vocación?

—Me gustaba desarmar los aparatos, por ejemplo el secador de pelo de mi mamá, le cortaba un cable, me lo regalaba y le sacaba el motorcito, con el cual inventaba un autito o barquito. Pensaba en ser un gran ingeniero.

—¿Leías?

—Sí, y me gustaban las Matemáticas, las ciencias e investigar.

—¿Qué soñabas construir?

—Robots y me gustaba la inteligencia artificial.

—¿Materias predilectas?

—Matemáticas, Ciencias Naturales, y me iba muy mal en Lengua y Literatura –por la caligrafía fea.

—¿Sufriste el desarraigo al mudarte –más allá del dolor por la pérdida de tu papá?

—Estaba triste y me largaba a llorar por mis amigos. Hice amigos de la secundaria en Gualeguay, muchos repetían, en noveno año éramos un grupo muy pequeño, pero llegaron muchos de otras escuelas que los metieron en nuestra división e hice los mejores amigos de la secundaria.

—¿Qué decidiste estudiar?

—Ingeniería Electrónica pero no era económicamente accesible. Tenía unos ahorros, vendí una compu, puse un quiosco durante un año, lo vendí, comenzamos a buscar carreras con mi amigo Panucho, encontramos Bioingeniería y nos vinimos.

—¿Desarrollabas alguna afición regularmente?

—En Córdoba y Gualeguay, jugué al básquet, corría maratones, y hacía softbol.

Una invitación, un inicio

—¿Hasta qué año cursaste Bioingeniería?

— Cursé tercero y estuve cinco años en Oro Verde, done trabajaba y estudiaba. Me gustaba, se me hizo pesado, Nahuel Valiente me invitó a ver su espectáculo de circo, vine, cuando terminó le dije que quería hacer eso y así comencé a meterme de a poquito.

—¿Qué te impactó?

—El despliegue, las luces, las telas, el payaso, algo muy divertido y sano que trasmitían al público.

—¿No habías tenido esa vivencia?

—No. Me comentó que estaba la Escuela Municipal de Circo, comencé a venir los martes y jueves, aprendí acrobacia y malabares, e hicimos otros cursos.

—¿Cómo se conciliaban los dos universos?

—Al principio se conciliaron porque venía de cinco años de facultad, después el circo me absorbió por completo, dejé la carrera y me vine a Paraná –diciéndole a mi mamá que me cambiaba de facultad, porque era la garante del departamento (risas). Luego le conté, no se enojó y me apoyó.

—¿Qué imaginabas ser?

—Hacer un número de circo para presentar y estar en el escenario, que cuando lo pisé sentí que era lo que quería. Teníamos un grupo y un taller en el cual construíamos objetos para circo. Así que con Nahuel Pisani montamos un taller y comprábamos objetos que traíamos de Chile y revendíamos.

Transformar situaciones

—¿Qué pensabas sobre los payasos antes de ingresar a su mundo?

—No tenía ni idea, imaginaba que salían, hacían una pantomima y la gente se reía, pero cuando me metí en la vida del payaso descubrí que es un mundo gigante, en el cual se puede tomar cualquier material de la vida y darle una transformación poética, amorosa y divertida.

—¿Cuándo te sentiste payaso y encontraste tu clown?

—¡Uh, es una pregunta amplia! Fue cuando estuve en el escenario, generaba cosas y veía alegre al público. Pero es una búsqueda constante de trabajo para hacer y transformar situaciones que muestren un lado alegre. Mi personaje comenzó a tomar una identidad y luego de varios años me di cuenta de los gustos, actitudes, gestos y reacciones, hasta que tomó un criterio y una estética.

—¿Por qué Cartoncito, cuál es tu relación con ese material?

—El cartón es un material noble y reciclable, lo encontrás tirado en la calle y sirve para taparte si tenés frío, ponerlo en la pata de la mesa si está chueca, o con la aplicación de la ingeniería podés construir un mueble.

—¿Y lo de Chemma?

—Me lo pusieron viviendo en Gualeguay, un amigo –Mati– quien es guardaparques, de Concepción del Uruguay. Me decía "Che Emma, che Emma...". Tan simple como eso. Cuando vine a vivir a Oro Verde, Panucho, que también es amigo de Mati me decía Chemma, chemma... así comenzaron a conocerme y lo adopté porque queda más registrado que Emmanuel (risas).

—¿Tuviste algún formador importante?

—Sí, muchos. Íbamos a las convenciones de circo en las cuales hay talleres, varietés, galas y espectáculos, tuve la suerte de hacer cursos con muchos payasos argentinos, y hace tres años que trabajo con un referente, Gabriel Chame Buendia –quien fue el primero de los argentinos en trabajar en el Cirque du Soleil.

—¿La primera sensación de gran satisfacción en el escenario?

—Varias, sobre todo con los niños y la gente mayor.

—¿Nunca dudaste de lo inseguro que resulta en cuanto a lo profesional?

—No, pero hubo momentos muy difíciles. Trabajar en el arte no es un rubro tan común y fácil, porque tenés que crear, practicar, ensayar, y el único incentivo sos vos. Las mayores trabas eran económicas pero nos la ingeniábamos. Si no podíamos hacer una función, íbamos al semáforo y a cualquier ámbito, para no dejarnos vencer. No es fácil, hay que estar muy seguro y uno se lo replantea –por la cuestión económica que no es la ideal. Me costó un montón de tiempo pero lo importante es darse cuenta de lo que a uno le gusta. Si trabaja por eso y va en ese camino, se abre un montón de puertas, las relaciones son mucho más sanas, se está más tranquilo y la cabeza está relajada.

El payaso en la era digital

—¿Cuál es vigencia del payaso y el circo en la era digital?

—El payaso siempre seguirá vigente. Para los niños la tecnología es parte de su vida a través del celular, la tablet y los juegos, y lo tienen muy desarrollado. El payaso lo que hace es absorber eso porque es un recurso más que tiene a disposición para generar sus espectáculos. La tecnología no compite con el arte en el escenario, sino que hay que aprovecharla y hacer un mejor espectáculo, más en mi caso que me gusta crear objetos. El payaso se toma de todo y lo lleva al escenario. La gente necesita un lugar donde ir a desconectarse, divertirse y sacarte la rutina, y nuestra obligación es brindar un espacio alegre, para repensar su vida y resolver mejor.

—¿El público se sigue divirtiendo por las mismas cuestiones universales de siempre?

—Sí; tengo un número que es típico, de trompo –un juego que pocos niños de hoy conocen– pero deliran y entra en su imaginación como si fuera un aparato electrónico. Y los mayores que jugaron con el objeto, se reflejan, con lo que se une el niño y el adulto, y lo comparten. El niño no deja de serlo y es curioso.

—¿Qué te aporta pensar como "ingeniero"?

—Un montón de cosas, sobre todo la forma de plantear y resolver los problemas. Tengo unos peinados extravagantes y números que los desarrollé sobre la base de un poco de conocimiento de Física y Matemática. Es parte de mí.

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La actitud municipal me resulta incomprensible"

Alassia se refiere al conflicto con la Secretaría de Cultura Municipal tras la decisión de sus autoridades de que el complejo La Moringa abandonara el predio aledaño al Centro Cultural Juan L. Ortiz. "Ojalá que algún día reflexionen y piensen que el arte es parte de la vida de todos", expresó.

—¿Cuándo te integraste a La Moringa?

—Estando en la Escuela de Circo, en 2011 hubo una convocatoria para hacer una capacitación con Gerardo Hochman –director del circo La Arena– y formar una escuela, en Santa Fe. Me presenté, quedé en la escuela y fueron tres años de formación profesional en la cual aprendí mucho sobre el artista de circo: danza, acrobacia, actuación y composición musical. Fue cuando hice el clic en cuanto a lo profesional y a la forma de trabajar. Por ese entonces, con Rulo y Nahuel hacíamos una varieté, cuando terminó una función se acercó Juan Kohner y nos comentó sobre el proyecto para la adquisición de la carpa y si nos queríamos sumar al equipo de Teatro del Bardo. Comenzamos a escribir el proyecto, hubo muchos percances, hasta que luego de tres años logramos construir La Moringa y fue un antes y después –porque fue tener una casa. Ahora es trabajo día a día y generar cosas, no sólo lo que se ve en el espectáculo. Es algo de la ciudad aunque yo no lo sea, pero mi payaso y mi carrera nació aquí y tengo un gran sentimiento por Paraná.

—¿Cómo te influyó el conflicto con la Secretaría de Cultura de Paraná?

—Problema no hay. En lo particular me siento un poco defraudado porque podrían absorber un proyecto que camina solo –ya que somos independientes– y en el cual la gente nos acompaña. No entiendo por qué la Municipalidad no lo hace con pequeñas cosas, como dejarnos tranquilos en el predio donde estábamos. Uno no puede estar en la cabeza de todos para entenderlos, aunque me da un poco de lástima por quienes actúan de esa forma. Ojalá que algún día reflexionen y piensen que el arte es parte de la vida de todos –como la educación y la salud. La gente necesita un lugar de ocio y siempre pregunta "¿Cuándo vuelve La Moringa?" o "¿Por qué no están ahí?" Somos muy inquietos, no dejamos que los proyectos caigan y buscamos la vuelta.

—¿Los comportamientos de ciertos funcionarios no son reflejo del paranaense medio?

—Cuando recién comenzamos y hacíamos espectáculos nos preguntaban de dónde éramos, le decíamos de acá y contestaban "¡ah, son de acá!". Como si lo de afuera es mejor. No podían creer que hubiera creaciones o producciones locales de calidad. Uno puede ser bueno en su casa y no hace falta que el mejor sea el vecino, con quien hay que saludarse y ser amigo. Lo mejor que nos pasa es que se acompaña a los artistas y observan el crecimiento, por lo cual no hay que quedarse atrás en cuanto a la calidad del arte.

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"Nuestro trabajo es hacer entender que acá hay artistas importantes y buenos, pero no hay que quedarse atrás".
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<b>Realidad.</b>
Realidad. "No es fácil trabajar en el arte porque lo económico no es lo ideal".

Se desarrolla el Festival Invernal en el Parque Bercuc

Desde ayer y hasta el sábado 21 se desarrolla la tercera edición del Festival Invernal de La Moringa, el cual en esta oportunidad es una coproducción con la Secretaría de Cultura de la Provincia, en la carpa ubicada en el Parque Berduc, de la capital provincial.

Los espectáculos son de martes a domingos, y este domingo también hay funciones –a las 15 y 16.30.

El programa, día por día

Hoy, a las 15, La Fanfarria Ambulante y a las 16.30, Patologías; martes 10, a las 15, Listo pa´ Sembrar (Tres Tigres Teatro) y a las 16,30, Varieté de circo de La Moringa; miércoles 11, a las 15, De oficio serenateros (Tres Tigres Teatro) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; jueves 12, a las 15, Espectacular Espectáculo (Rudy Güemes) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; viernes 13, a las 15, Mr. KLO Musical Malabar y a las 16.30 hs Varieté de circo de La Moringa; sábado 14, a las 15, Gúshi, historias con Diábolos (Brunitus) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; domingo 15, a las 15 Gúshi, historias con Diábolos (Brunitus) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; martes 17, a las 15, Canciones con el piso (Los Tinguiritas) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; miércoles 18, a las 15, Cuentos de Papel (Los Tinguiritas) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; jueves 19, a las 15, Micromundos (Cía. Levelibular) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa; viernes 20, a las 15, Micromundos (Cía. Levelibular) y a las 16.30, Varieté de circo de La Moringa, y sábado 21, a las 15, Varieté de circo de La Moringa.


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