Diálogo Abierto
Sábado 03 de Febrero de 2018

Brafa: "No se sabe para qué es la escuela media ni nadie sabe qué hacer"

María Ester Brafa, escritora paranaense. Ideas para una necesaria alquimia entre arte y educación, sobre la experiencia de quien consagró su vida a lograrla

Rescata con nostalgia la excelencia de su formación en la escuela Secundaria y un clima social de época que la alentaba, mientras que ya con la mirada en el nivel universitario de estos tiempos reitera sus dudas sobre los beneficios de la creación de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader). "Necesitamos buenos maestros y profesores, y que las carreras no sean un medio para que todos quieran ser doctores o magísteres", demanda la licenciada María Ester Brafa tras diagnosticar políticas y procesos de formación académica.

Época inimaginable
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en calle Corrientes –entre Nogoyá y Victoria–, donde alquilábamos una casa muy humilde. Durante la Primaria –en la escuela Sarmiento, de excelencia–, mis padres compraron una casita muy humilde en calle Berutti –entre Nogoyá y Victoria–, que fuimos arreglando.
—¿Hasta cuándo viviste en calle Corrientes?
—Hasta los 8 años.
—¿Cómo era la zona?
—Una calle algo distinguida –muy similar a la actual–, con el resto de las casas más lindas. La mayoría de las que están en esa cuadra mantienen su fachada original. La parroquia San Miguel tenía mucha actividad y nuestra vida se dividía entre ella y la escuela.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—Sí, la esquina de Nogoyá, y no se podía cruzar la calle sin un adulto.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá era obrero y trabajaba en la empresa fluvial –en la balsa– y luego vivió de su oficio –carpintero. Cuando no pudo trabajar comenzó a enfermarse, muy lenta y dolorosamente. Por eso asocio la vida con el trabajo –en el sentido de producción. Mi mamá fue ama de casa: una mujer muy inteligente y sabia –no en el sentido académico. No sobraba nada pero nada importante faltaba: hogar con amor y cuidado, escuela pública de excelencia, una sociedad donde con esfuerzo las cosas se lograban y donde la palabra derecho estaba acompañada del deber. Se sabía que eso tenía frutos. La comparación con la actualidad es inimaginable. Mis abuelos fueron inmigrantes –casi analfabetos– de Sicilia, mis padres accedieron a la escuela Primaria y sus hijos, a la universidad. Me sigue asombrando y dando tristeza por la caída.
—¿Fueron los primeros en llegar?
—Vinieron varios hermanos, entre ellos mi abuelo, y la mayoría ocupó calle Catamarca –en la cual había muchos sicilianos.
—¿Cómo lo recordás?
—Conocí a mi abuela paterna –cuando era muy grande– y estaba un poco perdida. Habían escapado de la guerra.
—¿A qué jugabas?
—Era –y soy– bastante solitaria; leía mucho. Jugábamos a los juegos típicos de niñas, sin salir mucho a la calle porque era muy transitada.
—¿Personajes?
—Recuerdo el relato sobre Lolo –a quien creo que alguna vez vi– y a un tal Fangio.
—¿Sufriste el cambio cuando se fueron a calle Berutti?
—No, porque era muy grande la mejora: una casa humilde pero con fondo y árboles –y cuando fui adolescente tuve mi cuarto propio. Andaba más en la calle con las chicas del barrio. Viví hasta que me fui a Buenos Aires –en 1977– y cuando regresé, volví –hasta la muerte de mis padres.

Comprar libros
—¿Los libros que leías estaban en tu casa?
—No había muchos, pero estaba la conciencia de mi madre de comprar lo que se sugería en la escuela y me llevaba todos los meses a la librería Americana para que eligiera uno o dos –según el precio. Hacía esfuerzo para comprarlos y era un placer ir formando mi biblioteca.
—¿Los primeros influyentes?
—Siempre me atrajeron las biografías. La de Isadora Duncan, porque ya estudiaba danza clásica y española, y las de Miguel Ángel y Leonardo –un personaje inagotable. También las novelas clásicas de aventuras y rosas.
—¿Qué aspecto de Da Vinci te impresionó?
—No sé, me llamó la atención; nadie me había hablado sobre él. El libro todavía lo tengo –El hombre con alas –de Joseph Cottler. Después me fanaticé con él durante toda la vida, por su cabeza sin época.

La danza y una biografía
—¿Te mandaron a danza?
—Sí, mi mamá, y prendió en mí, porque me gusta mucho expresarme con el cuerpo. Mientras viví acá, fui a Buenos Aires a estudiar con María Fux. Cuando me tuve que ir a Buenos Aires –y luego de los primeros años terribles–, aproveché para seguir estudiando con ella y con Patricia Stokoe –dos maestras que abrían ventanas.
—¿Cuándo la asumiste por una decisión propia?
—Desde la primera clase... a los 6 años.
—¿No obstante la rígida disciplina?
—Es cierto pero no me costó. Nadie te hablaba de danza moderna. La que aprendí era con coreografía y ojito con salirse de allí –aunque la profesora que tenía permitía te permitía algo. Leer la biografía de Isadora Duncan me tocó algo que sentía y no sabía qué era. Me costaba seguir las coreografías porque necesitaba hacer otra cosa y cuando leí dije "esto es, aquí está". Fue otro mundo, que luego conecté con la escuela y la educación, en una época en que hablar que el aprendizaje tenía que ver con el cuerpo era...
—Subversivo.
—No solo eso, sino tocar algo muy hondo de los fundamentos pedagógicos.
—¿Siempre continuaste vinculada?
—Está presente en todo lo que hago. Cuando escribo, danzo con las palabras en el papel. No puedo pensar nada sin movimiento, aunque lo que esté escribiendo no tenga nada que ver.
—¿Te corriste de su lenguaje tradicional?
—Sí, cuando comencé –viviendo en Paraná– a hacer los primeros cursos con María Fux, y luego estudié allá con más regularidad, además de otros cursos.

Educación y creatividad
—¿Sentías una vocación?
—Jugaba a la maestra, me disfrazaba, hacía monadas y bailaba. Desde muy chiquita quería ser maestra, y por eso armé esa conjunción entre arte y educación. No son dos campos, aunque la educación lamentablemente está escindida del arte, en el sentido de creación y modo de construir conocimiento. La creatividad es un modo de crear conocimiento que no tiene que derivar en un cuadro o una canción.
—En la antigüedad no estuvieron separados.
—Exacto. Cuando digo conocimiento no digo solo las disciplinas humanas, sociales, artísticas, sino también de las ciencias duras y exactas, porque todo es fruto de la creatividad. Entre las palabras educación y creatividad no hay diferencia.
—¿Mantuviste otra afición durante bastante tiempo?
—Los libros, la creación y la educación.
—¿Qué materias te gustaban?
—Comencé en la Escuela Normal y terminé en el (Instituto) Cristo (Redentor). Me gustaban todas pero siempre tuve inclinación por las humanísticas. La Historia me apasionaba y me apasiona, y me hubiera encantado ser profesora –al igual que de Literatura o Filosofía.
—¿Tuviste buenos formadores?
—Era una escuela de excelencia al igual que todos los profesores –y cada vez los rescato más. Las condiciones sociales eran otras y se encontraban con una escuela ordenada y grupos de alumnos con un hogar. Hoy hay que entender que la escuela está inmersa en mundo de hogares problemáticos. ¡Pobres maestros!
—Convengamos también que en muchos casos la docencia es solo una salida laboral.
—¡Es un tema! La escuela debiera volver a enamorar y seducir. No es posible enseñar ni aprender si el saber no seduce, hay que buscarle la vuelta porque no es tan difícil. El saber debe gustar –lo cual no quiere decir que tiene que ser divertido y jugar todo el tiempo. Seducir implica pasión, esfuerzo y no entender –porque es lo más potente.

La iglesia y una época
—¿Por qué estudiaste Ciencias de la Educación?
—Quería estudiar Filosofía y Letras, pero los padres dijeron "nena, eso hay en Rosario y no tenemos dinero para mandarte, así que elegí acá". Cuando terminé el Secundario, estudié durante un año Teología en Buenos Aires.
—¿Por qué?
—Porque era un campo del saber que me interesaba, sin saber bien de qué se trataba. Tuve el privilegio de vivir esa época de oro de la iglesia –pos Concilio (Vaticano II). Era un instituto de catequesis donde los profesores habían hecho posgrados en Alemania –donde junto con Francia se nutrieron los avances del concilio. Me partieron la cabeza en cuatro porque lo dogmático y todo tenía fundamentos psicológicos, lecturas comparadas, Historia... fue maravilloso. Con esta capacitación podía dar catequesis en las escuelas.
—¿Cuál era tu relación con la iglesia?
—Me venía por haber sido alumna del Cristo, donde iban algunos curas como (Juan Carlos) Gorosito y (Ismael) Dri –gente de oro que tuvo Paraná y que hay que rescatar.
—¿Qué hiciste al volver?
—Comencé a estudiar Ciencias de la Educación, porque me resultaba lo más parecido a Filosofía y Letras, y me llamaron del Cristo y La Salle para dar catequesis. La Salle era un colegio de varones y cayó una catequista de 20 años... (risas).
—¿Cuando era rector Reinaldo Stang?
—Sí, una persona de oro y extraordinaria que tuvo esta ciudad. Lo que hizo en un año es una historia que debe difundirse, por ser una experiencia maravillosa. Tuvimos el privilegio de participar pero él fue el artífice. En el Cristo eran solo mujeres, entonces crucé los sexos y me permitieron hacer grupos mixtos, en los cuales se daba lo doctrinario pero también se hablaba de (Jean Paul) Sartre y el marxismo –como opción. Ésta plaza (Alvear) fue escenario de un montón de reuniones. La experiencia comenzó a ser creativa, entonces todo lo que se trabajaba en clase derivaba en expresiones artísticas. Hicimos dos obras de teatro –de creación colectiva–, llamadas Navidad según hoy y Latinoamérica, ¿quién eres?

Una campaña de vanguardia
—¿Cuál fue tu participación en la Campaña de Recreación Educativa (Crear) de la Dirección Nacional de Educación del Adulto (Dinea)?
—Los años 70 fueron de una fructificación impresionante. Mientras estudiaba y trabajaba me llamó la directora de Dinea, Julia Tizzoni, para formar parte de su equipo. Era uno de los tantos programas y trabajé en el Área asistemática –encargada de ofrecer a los alumnos alguna actividad expresiva extra, así que sugería ideas a los coordinadores y posibilidades de vincular la lecto-escritura con actividades creativas.
—Por lo que sé fue un enfoque muy vanguardista, ya que son cuestiones que todavía se discuten.
—Absolutamente. El equipo de Buenos Aires era de lujo.
—¿Un balance?
—Participé dos años y luego fue carne de cañón, con muchos desaparecidos de ese organismo. Era un centro subversivo.
—¿Hay algún registro documental?
—Hicimos el Informe anual regional (IAR) de costumbres, leyendas, personajes, comidas, canciones... de cada región de Entre Ríos. Fue un rescate monumental y lo elevamos poco tiempo antes del desastre, así que allá se habrá quemado todo. Me quedé –y me gustaría entregarlo a quien lo trabaje– con una carpeta de la zona de Uruguay.
—¿Qué se puede rescatar para ponerlo en valor hoy?
—El campo de la lecto-escritura –con todo lo que implica de aprendizaje y transformación– como un saber rico en sí mismo, porque ahora no entiendo y me duele que los alumnos que estudian para ser maestros, en el segundo o tercer año de carrera, ya están averiguando qué postgrado pueden hacer. La universidad también alimenta eso. Todos serán doctores y quieren maestrías, y no habrá maestros –en el sentido más profundo. Nació con el menemismo pero continuó –aún en los ámbitos en los cuales se lo cuestionaba.

La prisión interna
—¿Te fuiste de Paraná por supervivencia?
—Exacto, si no un día era yo. Fue en 1977, sin trabajo y con algunas conexiones conseguí en La Salle –de Florida–, hasta que a fin de año se enteraron quién era y me echaron. Conseguí otro trabajo, me pasó lo mismo, también con otros, hasta que llegué a una escuela laica –un colegio francés de La Recoleta, donde conocí el barrio de los dueños de la Argentina (risas).
—¿Cómo eran tus creencias tras todo lo vivido?
—Nunca fui una creyente clásica, aún siendo catequista; no tuve la fe que dicen tener muchos cristianos. Fui dudante –hoy más que nunca– aunque quisiera que las cosas tuvieran algún sentido. Desde mi fragilidad humana no me siento capaz de decir Dios no existe, pero tampoco Dios existe. ¿Quién soy para decirlo?
—¿Y en cuanto a la institución?
—Tortolo era el vicario general de las fuerzas armadas y tenía un poder inmenso, así que estando acá ya comencé a romper con la institución –como cuando me manifesté en contra de la coronación de la virgen. Nunca tuve una fluida relación, aun estando adentro. Después rompí absolutamente y con lo único que no lo hice, felizmente, es con la búsqueda.
—¿Qué más hiciste en Buenos Aires?
—Los primeros años fueron de nada, terribles, no saber por dónde caminar, mirar para atrás, no saber con quién hablar ni qué decir... hice pocos amigos y me llevó muchos años desprenderme de la prisión interna –luego me explicaron que era el síndrome del sobreviviente. Uno se hace su propia cárcel. Pasaba los veranos acá, no salía de mi casa y mi mamá me preguntaba por qué. Por acá –calle Buenos Aires– no podía pasar porque no lo podía digerir.
—¿Qué te nutría?
—Además de la lectura, el ciclo de cine y valet soviético en el Cine Cosmos –una joya.
—¿Qué leías?
—Muchas novelas, literatura rusa, Kafka, Sábato –quien me enternece y fue revelador.
—¿Escribías?
—Desde niña, siempre, pero sin mostrar jamás. Después entendí que mostrar era peligroso, por lo tanto lo guardaba.
—¿Hay conexión en lo escrito, visto a lo largo del tiempo?
—La expresión y el arte.
—¿Y en cuanto a lo corporal?
—Hice cursos de dirección de teatro y danza.
—¿Cuándo retomaste la facultad?
—Con la restauración democrática, Marta Saldías nos mandó a llamar y no podía volver por esa prisión interna que te comentaba –aunque no lo tenía claro. Recién lo hice en 1989, al poder decir "vuelvo a mi mundo". No podía volver a Paraná por un dolor muy grande. Cuando volví fue comenzar de cero, sin trabajo y sin título, ya que me quedaban cuatro materias. Comencé a hacer suplencias hasta que pude titularizar en una escuela de adultos, en la Escuela Hogar, y gané el primer concurso de nivel superior a comienzos de los 90.
—¿Por qué no te quedaste en Buenos Aires?
—No, no, siempre lo vi como un lugar pasajero, aunque me manejaba bien. Tengo raíces muy hondas en Paraná.
Universidad a la deriva
—¿Qué hitos marcás como significativos en el lapso que estuviste en el sistema educativo?
—La enseñanza superior en Entre Ríos fue siempre muy buena y rica, lo cual se diluyó con la creación de la Uader.
—¿Por qué?
—No tuvo consenso, más allá de que el gobernador lo propuso en su campaña y cumplió. Se le perdió de vista que una universidad no se crea por decreto, y sin tener en cuenta el alma de la educación: los profesores, los alumnos, los padres y la historia de la formación docente –tan valiosa.
—¿Esa "falla" de origen sigue operando negativamente?
—No me animaría a decir eso porque es muy fuerte... pero tengo mis dudas de que esa creación haya redundado en beneficios concretos de excelencia académica, y mucha gente lo piensa, pocos lo expresan y también mucha gente piensa otra cosa. Todo es respetable. Puedo comparar y mucha gente no tiene otro punto de referencia que ese.
—¿Qué otras falencias observás como estructurales?
—Que los cuatro años de aprendizaje en la universidad se convierten en una instancia previa para ser magister. Necesitamos buenos profesores de Historia, de Filosofía, maestros, porque en sí mismo es muchísimo.
—Es la nueva lógica del sistema.
—Se tergiversó de tal manera que para ganar un concurso tenés que tener un posgrado. Es un círculo vicioso y viciado. Hubo gente con un discurso contrario a esto y después en la práctica lo alimentó, lo cual produjo rupturas institucionales. Fue muy triste y doloroso porque fue gente con quien uno compartió muchas cosas.
—Convengamos que es una cuestión endogámica, porque la universidad no tiene, en general, ninguna influencia transformadora en la sociedad.
—Es otra discusión válida y no puedo evaluarlo porque estoy afuera.
—¿Se puede solucionar?
—Depende de toda la comunidad académica.
—¿Qué priorizarías?
—Estoy afuera y prefiero no emitir juicios... la universidad está en contacto pero hay que discutir qué significa extensión, qué es la comunidad... son debates abiertos.
—¿Tu opinión sobre el nivel medio?
—Tengo admiración por sus docentes porque es el sector más problemático. La escuela perdió totalmente el sentido –nos guste o no– que tenía, y cumplió su objetivo original. Ahora es el medio donde no se sabe para qué está ni qué hacer. Solo me atrevo a decir que ya que los alumnos y profesores están cinco o seis horas en la escuela, tratar de recuperarla, porque es una etapa en la cual el adolescente tiene pasión y entusiasmo. El punto está en hacer contacto, aunque no me siento capaz para dar ninguna fórmula, pero es posible.
—¿La creatividad no es una buena forma de establecer contacto?
—Muchos gobernantes y funcionarios hablan de la modernización y la tecnología –que por supuesto hay que tener– pero Internet es nada más y nada menos que acumulación de datos e información. Confundir información con conocimiento me parece de analfabetos. El conocimiento implica abstracción del pensamiento y eso no está dentro de la computadora –que me resulta asombrosa. Pero, ¿quién pone la información, quién y cómo se lee, qué se hace con eso, cómo la jerarquizo y organizo, en qué la transformo, cómo establezco relaciones..? Todo esto hace a la producción de conocimiento.

Terapia y avisos del cuerpo
—¿Cuándo te animaste a mostrar lo que escribías?
—Después que murió mi mamá noté que me sobraba tiempo porque estuve muchos años cuidando enfermos y no sabía bien quién era yo. Fui por primera vez –hace 10 años– a una sesión de terapia y la profesional acertó al decirme que buscara vías para mostrar. Se me ocurrió entrar a la web, buscar concursos –anónimamente– y mandé el primer monólogo a un concurso de artistas del (hospital psiquiátrico) Borda, sobre El arte, la locura y los derechos humanos. Con tan buena suerte que gané el primer premio y fue una gratificación porque en Mar del Plata lo interpretó Héctor Bidonde. Me animé a seguir y con suerte comencé a tener distinciones. En 2010 Argentores hizo un concurso de diálogos imaginarios entre un personaje español y uno argentino, y crucé a Eva (Duarte) con Federico García Lorca.
—¿Por qué?
—Porque Eva llega a Buenos Aires unos meses después que Federico se va, y comienza a escribir acá La casa de Bernarda Alba. Hice un diálogo entre los dos en el cual Eva le reprocha porqué no la esperó. Tenían mucho en común: eran desclasados, parias, a ella le hubiera gustado que le enseñara a hablar bien, ser distinguida, y ella hubiera podido liberar a las mujeres de Bernarda Alba... También fue premiado y se representó en Buenos Aires.
—¿Qué sentiste al romper esos candados internos?
—No podía creer, fue liberador, sobre todo porque necesitaba que desconocidos me dijeran que podía. Jamás me hubiera atrevido a publicar. En la edición de 2011 del Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo –que organizan Radio Francia Internacional y el Instituto Cervantes, de París y de México– se presentaron 3.205 participantes y mi cuento estuvo entre los 15 finalistas –lo cual todavía no puedo creer.
—¿Has hecho lecturas que te corrieron de tus intereses de siempre?
—Incorporé a (José) Saramago –cuyo El Evangelio sobre Jesucristo es extraordinario, a tal punto que sobre el último capítulo hice una obra– y a (Juan) Saer; sigo leyendo a (Franz) Kafka y Andrés Rivera; Yo el supremo –de Augusto Roa Bastos– es una obra monumental; releo a Sartre y a (Albert) Camus; Gilles Deleuze es de una riqueza inagotable y lo último que leí fue una novelita extraordinaria, El lector –de Bernhard Schlink. Tiene una frase que te marca para toda la vida.
—¿Cuál?
—"Y usted en mi lugar, ¿qué hubiera hecho?" Te da vuelta las teorías y juicios.
—¿Nunca tuviste conflictos entre literatura y danza?
—¡Jamás! El mundo de la escuela, la danza, la escritura, y la creatividad, siempre estuvieron conectados.
—¿Por qué se es tan refractario a aceptarse, salvo algunas tendencias alentadoras?
—Ha sido muy fuerte la división entre pensamiento lógico-analítico y metáfora, imaginación y arte. Lo serio eran algunas ciencias y el arte era un campo subvaluado durante muchas décadas. Tuve que luchar mucho conmigo misma en ese aspecto. Muy pocos profesores de la academia leen algo fuera de su disciplina –por ejemplo literatura– o consumen otras disciplinas artísticas. Debiera haber algo más transversal de, por ejemplo, cuando enseñás Medicina poder hacer un cruce con la creatividad. Son infinitas las relaciones. Einstein –todas las noches– tocaba el violín. Alberto Rojo dice que no puede entender la Física sin el arte. La ciencia tiene un techo, el arte es ilimitado y la potencia.
—¿Tenés algún blog?
—Sí, esterbrafa.blogspot.com.ar/.

Tortolo, su anillo y la soberbia de un obispo

Brafa recuerda el momento cuando –tras las quejas llegadas hasta el arzobispo de Paraná, Adolfo Tortolo, por el enfoque de su trabajo doctrinal– fue convocada y luego despedida de los establecimientos en los cuales trabajaba.
—¿Cómo fue tu relación con Tortolo en función de tu posicionamiento ideológico?
—Toda nuestra movida llegó a sus oídos y me hizo saber sus quejas.
—¿Tenías el apoyo de los colegios donde trabajabas?
—Sí, de las hermanas del (Instituto) Cristo (Redentor) y de Reinaldo Stang (Instituto La Salle) –hasta un punto en que no pudieron sostenerlo porque dependían de la autoridad eclesiástica. En ese ínterin fue la coronación de la virgen del Rosario y se formó un grupo de laicos que nos opusimos. Luis Alberto D'Elía y yo éramos delegados del grupo y en una entrevista expresamos lo que decían los documentos del Concilio (Vaticano II) y Medellín (Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 1968), y que no nos parecía pertinente andar por los barrios recogiendo cadenitas de oro de la gente humilde para hacer una corona a la virgen. También llegó eso a Tortolo y exigió que yo no podía entrar a ninguna de las dos escuelas hasta que no fuera a hablar con él. Un día –con mis 22 años y temblando– toqué el timbre de la curia, me recibió en su sala, me dio su mano para que le besara el anillo –lo cual no hice y su rostro se descompuso. Me mostró un montón de carpetas con quejas contra Reinaldo Stang y me dijo que lo que yo hacía no era catequesis.
—¿Qué te dijo textualmente?
—Me dijo: "Así como usted se manifestó en contra de la coronación de la virgen por un medio público, usted deberá por el mismo medio retractarse de lo que ha dicho y pedirme perdón. De lo contrario, mientras yo viva, usted no tendrá trabajo". Y cumplió.
—¿Qué hiciste al salir de allí?
—No sé cuántas horas caminé para no volver a mi casa y decirle a mis padres lo que me había pasado. Luego vino el reproche lógico y los comprendo. En un año me quedé sin los dos trabajos, en abril de 1976 cuando iba a entrar a la facultad, un milico con un arma larga me lo impidió y me dijo "lea el listado" –de los alumnos expulsados. Me faltaban cuatro materias para terminar la licenciatura. Además, la mitad de los amigos estaban muertos, desaparecidos o presos –sin saber lo que pasó. Caí en una depresión muy brava porque me quedé sin mundo.
—¿A qué te aferraste?
—A nada... caí, caí, caí...
—¿Tenías una visión aproximada de lo que pasaba?
—Sí, porque era concreto y grave, aunque no de la ferocidad con que lo estaban haciendo.
—Te lo pregunto porque eras muy joven.
—Sí, uno relativiza; no imaginaba esa ferocidad.

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