Un camino de varios miles de kilómetros a puro básquetbol

Diálogo Abierto: Tulio Ruiz, periodista. La mirada de un integrante de equipos periodísticos de transmisiones radiales por años. Ollas, percusión y boleros. Un triple y el llanto de Romano. La Liga: dos equipos y dos gestiones.
29 de julio 2014 · 08:44hs

Julio Vallana / De la Redacción de UNO
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Como integrante de equipos periodísticos de transmisiones radiales de básquet durante más de dos décadas, Tulio Ruiz ha sido testigo privilegiado de momentos memorables de este deporte en distintos ámbitos geográficos y certámenes de singular importancia, incluyendo campeonatos argentinos, mundiales y una asistencia a los Juegos Olímpicos. El experiodista de El Diario repasó procesos, nombres y aspectos técnicos de esta actividad deportiva, al igual que recordó circunstancias vinculadas con su otra gran pasión: la música y la integración del memorable grupo Los Brujos.

 

 

El parque y su atracción
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, el 19 de febrero de 1945.

 

—¿En qué zona?
—En el centro; mi familia materna vivía en calle Garay –entre Santa Fe y Buenos Aires –frente al portón de La Salle. Nosotros vivíamos a la vuelta, frente al sanatorio La Entrerriana y cuando falleció mi abuela mi viejo vendió la casa –que era inmensa.

 

—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta los 15 años.

 

—¿Cómo era el barrio?
—Hermoso, porque estaba cerca del parque (Urquiza). Armábamos barquitos con cáscaras de nueces cortadas por la mitad, y cuando llovía íbamos hasta la iglesia San Miguel, las largábamos por la cuneta y hacíamos carreras de barquitos. Con el tiempo las cambiamos por las tablas con rulemanes. Las casas han cambiado muy poco, hay muchas que están iguales –como el caso de la fachada de La Entrerriana–, otras desaparecieron y se hicieron dos o tres edificios altos. Fui de los primeros pacientes que tuvo el sanatorio porque entré caminando a la guardia cuando me había atravesado en el pie derecho un clavo de una tabla, por andar jodiendo en unos andamios.

 

—¿Otros juegos?
—Fútbol, en el parque, en la famosa Boca del Tigre. Éramos un buen equipo. Me crié con los hermanos Amavet e Iturriza.

 

—¿Travesuras?
—Cuando éramos más grandes –aunque parezca mentira– jugar a las escondidas en el parque.

 

—¿Personajes?
—Fangio vivía por la zona del club Alumni, pasaba, “aceleraba” y se iba. Otro famoso fue a quien lo acusaron de violar a un chico en el club Neuquén, no me acuerdo el apellido… también vivía por la zona.

 

—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi viejo llegó hasta comisario en la Policía Federal, pidió la baja, entró como empleado en el Banco Hipotecario y se jubiló como apoderado –quien junto con el escribano firmaban los préstamos. Falleció en 1999. Cuando se jubiló estuvo muchos años en Arca Inmobiliaria.

 

—¿Cuántos hermanos son?
—Del primer matrimonio de mi  viejo, cuatro. Mamá falleció a los 37 años por una meningitis –cuando ya vivíamos en calle 25 de Mayo, antes de llegar a Belgrano. Soy el mayor. Mi abuelo vivía en la esquina de Pascual Palma y Echagüe y por eso me hice hincha de Echagüe. Mi hermano Nipón estaba a cargo de la sonorización en la pileta y fue el primero que trajo a Paraná la música de los Beatles. ¡Nos atormentaba: comenzaba a las 12, eran las ocho o las diez de la noche y seguía dando vueltas con los Beatles! Jugó al básquet pero yo no, a mí me gustaba ver. Mamá era ama de casa.

 

—¿Qué deporte practicaste?
—Varios años jugué al rugby en Estudiantes –en la Liga Rosarina. En 4ª división teníamos un equipazo: estaba Tarimba Celentano, Di Paolo, Tanger…  a tal punto que le ganamos tres finales como visitantes a Plaza Jewel. Cuando era el momento de pasar a Primera ya me había atraído la música.   

 

 

La música y las ollas

 

—¿Alguna otra afición?
—No, solo la música. En vida de mi madre comencé como percusionista, como lo hacen todos…

 

—¿Con tarros?
—No, con las ollas de cocinar. Hasta que un día –cuando yo tenía 18 o 19 años– mi madre vio en un remate del Banco Municipal un bongó de madera cubana y cuero de chancho –una joya– y lo compró. Nunca estudié música y no sé leerla, es solo una cuestión de oreja.

 

—¿La música era cotidiana en  tu casa?
—Sí, mis viejos eran grandes bailarines; a mi viejo le gustaba lo romántico y a mi vieja todo lo que estuviera de moda. Me enseñó a bailar mi hermana, quien lo hacía muy bien. Al principio yo era medio reacio pero después no me paraba nadie.

 

—¿Qué música te atraía?
—La brasileña, Yacaré Paguá, los boleros, Los Cava Bengal, Los Panchos, Eydie Gorme y me apasionaba Pérez Prado, todos los antecesores de la salsa.

 

—¿Tus padres te inculcaron algo en torno a la música?
—No, yo vivía escuchando radio. 

 

—¿Cuando comenzaste a salir la movida era en los bailes?
—Sí, en los clubes. Quien solía traer buenos espectáculos era Neuquén: recuerdo con gran dolor cuando vinieron Los Shakers –los mejores imitadores de América del Sur de los Beatles– y tuvieron que bajarse del escenario por los insultos de la gente, que no entendía.

 

 

Un bongó de regalo

 

—¿El primer grupo que integraste?
—Cuando mi vieja me regaló el bongó creamos un grupito en el cual estaba El Chango Naón –un pianista excepcional– y tres que integraban la banda de música del Colegio World, de Buenos Aires: Adolfo Fleischman –tocaba el saxo–, Adolfo Brusaferri –trombón– y otro chico que se llamaba José… que tocaba el saxo alto. En verano, por las noches, nos sentábamos sobre la barranca (del Parque Urquiza) y tocábamos boleros. Un día pasaron dos hermanos que luego fueron un emblema de la música paranaense: los Poleri, Piti –el guitarrista, que falleció en España– y Carlos –el bajista y un cerebro para la música. Se presentaron y dijeron que integraban el trío Manhattan, junto con el Chacho (Hugo) Gemelli, quien era el baterista. Me invitaron a tocar con ellos porque me escucharon cantar, así comencé como músico en La Cueva y también íbamos a Diamante y Victoria. No podía creerlo: cantaba boleros y bossa nova, tocaba el bongó y tomaba whisky –lo cual era una transgresión en aquella época.

 

—¿Pensaste que podías ser profesional?
—No, nunca.

 

—¿Por qué?
—No sé… los cuatro hermanos éramos muy familieros y caseros.

 

—¿Tu relación con la escuela?
—Mal, no me gustaba. Comencé en la Escuela de Comercio, a la tarde, y me rajaron a la mañana, para no echarme. Me gustaba Química, Geografía y me sigue gustando Literatura. Quería ser músico. Escuchaba a Pérez Prado y me gustaban los parches. Después al Manhattan se incorporó entró El Manco Barrionuevo –con su piano–, comenzó a cantar Minguito Dusse y laburábamos profesionalmente. Lo único que había era el Manhattan o Tito Luna.

 

—O sea que era muy buena chapa para ganar con las minas.
—Sí. La movida era en los bailes de carnaval de Echagüe, a los cuales iban 5.000 personas. Un día me dijeron que armara un grupito para tocar en un baile y armamos un grupo que se llamó, sugestivamente, Los Che Cuban Boys, con el cual fuimos el único conjunto en vivo. Con el correr del tiempo se transformó en Los Cinco Colores, durante cuyo transcurso había conseguido un trabajo de viajante en Baco Promotora, y recorría Entre Ríos con un Fiat 600. Me había separado y terminé comiendo en una pensión de calle 25 de Mayo donde lo conocí a (Rubén) Pelito Sarmiento. A mí me gustaba bastante el fútbol, me invitó a ir a El Diario y se terminó la música, porque Piti se fue a España.

 

Los Brujos: el éxito y las “pedorradas”

—¿La época que más disfrutaste con la música?
—Con Los Brujos.

 

—¿Cuándo?
—Entré a Los Brujos por “una tendida de cama”, con sábanas de seda.

 

—¿Cómo fue eso?
—Nipón es menor que yo y era amigo de Los Relámpagos, el cual estaba integrado por Piqui Gómez en guitarra –hermano de la música y de la vida–, Quique Cumar era el baterista, Carlitos Pignatta era el bajista, cantaba El Gato Morresi –uno de los mejores cantantes que he escuchado en mi vida, junto con El Turco Cura, y que dejó la música por cuestión de polleras. Un día apareció en escena mi gran ídolo, Carlos Santana, que me lo hizo escuchar Nipón –el tema Malas costumbres– y ahí comenzaron a tenderme la cama. Me gustó porque tenía mucho de Pérez Prado y por ser el primero en usar timbaleta, tumbadora, tontones e instrumentos africanos. En esa época tenía más de 20 años y lo único que hacía era ir a Echagüe a ver básquet y también veía fútbol. Cinco o seis días después aparecieron Piqui Gómez, Carlitos Calcina y Quique Cumar –todos del barrio y que se llamaban Los Brujos– y me dijeron que querían hacer algo parecido a lo de Santana, entonces les pregunté si lo de Nipón había sido una casualidad. Yo había vendido todo –salvo el bongó– y me dijeron que habían conseguido timbaletas. Tocamos en un recital en el Teatro 3 de Febrero –en el cual estuvo Vox Dei– y fue un éxito. Después de eso fuimos a ver Woodstock al cine Select –los tres días– y a los pocos días me invitaron a tocar en un baile en Victoria. En síntesis, me quedé ocho años, hasta que el grupo se disolvió porque Carlitos Calcina –el bocho y arreglador del grupo– decidió ir a probar suerte a España.

 

—¿El mejor momento de los ocho años?
—Grandes recitales en la isla Puente –con Los Gatos. Como Nipón estaba en Concepción del Uruguay, vinieron a escucharnos dos de los integrantes de Los Iracundos –que estaban casados con chicas de allá– y se transformaron en nuestros padrinos. Compraban los instrumentos y equipos de moda, y lo que dejaban lo comprábamos nosotros en comodísimas cuotas. Nos hicimos muy amigos.

 

—¿Una anécdota?
—Cuando decidimos ir a grabar había surgido un sello donde comenzaron Los Gatos y Vox Dei. Fuimos a Buenos Aires y durante 30 días nos cagamos de hambre. Elegimos mal los temas y además no teníamos composiciones propias. Volvimos y salió el tema que nos hizo famosos en toda Argentina, Pasan muchas cosas –que cantaba El Turco Cura. Volvimos, grabamos y anduvo bastante bien, y también hicimos algunas pedorradas que eran inescuchables.  En Pasan muchas cosas yo hacía coro y tocaba el pandeiro. Te cuento algo de Carlitos: estábamos tocando un tema, te hacía señas mientras tocaba el órgano, se acercaba y afinaba mientras tocaba. ¡Era un monstruo! En Barcelona fue afinador en la sucursal de Rubinstein.

 

 

Debut radial con sabor histórico

 

—¿En El Diario comenzaste como cronista?
—Sí, cuando volvía los viernes como viajante, los sábados lo llamaba a Pelito (Sarmiento) para saber qué partidos tenía que cubrir, hasta que un día don Arturo Etchevehere me preguntó si quería ir todos los días, y dejé el trabajo de viajante. Escribía de básquet y luego entré a LT 14 –por invitación de Pancho Calderón y (Sebastián) Britos– en el famoso Campeonato Argentino del triple convertido por Aníbal Sánchez. Hice una amistad muy grande con (Carlos) El Negro Romano. La última jugada de ese partido la tenía que definir él pero un compañero erró, la recuperó creo que Sergio Padula, se la pasó a Aníbal, miró el reloj, vio seis (segundos) –pero en realidad eran 16– y sacudió desde la mitad de la cancha. Fue la gloria. Yo estaba haciendo los números del partido, la gente se metió a la cancha, fui y lo levanté al Negro –que estaba llorando en el piso– y lo acompañé hasta el banco, mientras lloraba como una criatura y lo puteaba al compañero que había lanzado. Nunca se olvidó de mi gesto.

 

 —¿Decayó el Campeonato Argentino?
—Murió y luego resucitó cuando comenzó a haber un poco de plata y la televisación. Siempre sigo viajando a los campeonatos argentinos, salvo excepciones, y sintiendo la misma emoción cuando me subo a un colectivo para ir.

 

—¿Cómo influyó la creación de la Liga Nacional?
—La Liga planchó al Argentino hasta que comenzó a resurgir de las cenizas, comenzó a verse figuras en equipos como Córdoba –con Marcelo Milanesio–, Capital Federal y Entre Ríos –que formó grandes equipos. Los chicos a quienes les toca ponerse la camiseta de Entre Ríos se transforman. Santa Fe –con un equipo mejor y una base de siete jugadores de A y los demás del TNA– perdió la final con Corrientes. Santa Fe fue la gran decepción por el equipazo que tenía.

 

 

Básquet de acá y de otra dimensión

 

—¿Observaste de cerca el proceso de creación de la Liga?
—Sí, no en su organización pero me interesó porque soy muy amigo del Chungo (Orlando) Butta. En ese momento, como estaba el básquet, se caía a pedazos y lo que planteaba León (Najnudel) era un sueño. Recuerdo la imagen del Chungo junto con Aníbal –cuando era jugador de Cadete– yendo a convencer a otras ligas. Lo llevaba como a una especie de mascota.

 

—¿Un partido que puedas definir como el paradigma de lo que es básquet?
—Eso lo vi en Estados Unidos, con el Dream Team.

 

—Sí, lógico, convengamos que es otra dimensión del juego. ¿Fue la primera cobertura internacional?

—La primera fue cuando la NBA adviene a jugar con la reglamentación FIBA: cinco faltas, línea de tres puntos y otras con las cuales no difería mucho. Decidimos ir a Portland (Estados Unidos) porque era muy fácil por el uno a uno (Ley de Convertibilidad) y yo era vendedor, como lo sigo haciendo ahora. Este año no trabajé en ninguna de las transmisiones salvo aportando a la producción comercial.

 

—¿Qué paralelismo y diferencias marcarías entre el proceso de Echagüe y el de Sionista?
—Sionista se gestionó como una empresa y jamás dio un paso en falso con respecto a lo que había que pagar, así que solo te dedicabas a jugar al básquet. Echagüe tuvo muchos problemas –que no vamos a enumerar.

 

—¿Descuidó la cuestión económica?
—Sí, por cuestiones internas. Echagüe descendió y compró plaza dos veces, creo que con eso te contesto. Sionista no sé si pagaba bien pero los jugadores el 5 de cada mes tenían el depósito e iban a jugar al básquet. Este año me sorprendió ver el Echagüe de Sebastián Uranga.

 

—¿Qué incidencia tuvo todo esto sobre el básquet local?
—Es una buena pregunta porque muchos dicen que enterró al básquet local, pero creo que lo ayudó a crecer y le hizo mucho bien, en el sentido de que los chicos comenzaron a tener ídolos, les gustaba ese básquet e intentaban jugarlo. Antes de la Liga, el básquet de Paraná era Olimpia, Echagüe y la época de esplendor de Quique, pero después surgieron todos: Recreativo, Ciclista, Rowing…

 

—¿Y en cuanto a cómo se gestionan los clubes y equipos en todos sus aspectos?
—Algunos han reaccionado aunque también se perdieron clubes por aventuras ilógicas, como la desaparición de Hindú. Echagüe estuvo muy cerca de no jugar Liga, tuvo que comprar plaza –aunque contó con buenos sponsor, ya que El Chungo era representante de Cargill. Pero siempre estuvo con los números abajo, tuvo que hacer arreglos extrajudiciales, etc. No sé si estaba, quería o lo dejaban muy solo, y tenía que tomar todas las decisiones. No obstante destaco un gran presidente como fue Eduardo Bianchini.  Ahora Echagüe es un club muy ordenado y tiene mucho movimiento. En cuanto a la diferencia entre Echagüe y Sionista, Echagüe es pueblo. A Sionista va la gente a quien le gusta, habla y se mueven en el básquet.

 

—¿Qué le faltaría a Sionista para subsanar ese déficit?
—Años; no olvidemos que el ascenso siempre los tuvo en la cancha, cuando pudo haber comprado plaza por su poderío económico.

 

—¿La cobertura de Portland fue la más importante?
—Vendimos muy bien, estuvimos en Miami una semana antes y luego una semana en New York, después del campeonato. Hubo una fiesta de Nike para el periodismo en un predio que tenía puerto y tren propio para el traslado de su mercadería. En esa fiesta lo vi entrar, de traje verde, a Michael Jordan, y con mi inglés indígena le digo: Excuse me, Michael, I journalist argentine. Please… me palmea y me dice: “Hablá tranquilo que mi mujer es mexicana”.  Estaba el grupo de argentinos, todos me gastaban y quedó para las apostillas. Jordan terminó comiendo con nosotros, en una mesa grande, y lo llamó a (Scottie) Pippen –quien estaba con una negra que era una muñeca.

 

—¿Qué te llamó la atención en cuanto a cómo se manejaba el negocio de la NBA y su estructura?

—Almorzábamos y cenábamos en el estadio, y en esa oportunidad se mostraban al mundo FIBA. En esa fiesta que te comentaba vi 40 minutos de fuegos artificiales que no te lo puedo describir, y eso que fue en 1991. Todos los estadios estaban calefaccionados y con aire acondicionado, y había butacas dobles –para personas obesas. El día de la final vimos al famoso equipo de Yugoeslavia, con (Drazen) Petrovic, Toni Kukok… en un momento estaban muy parejos, aparentemente hubo un roce fuerte y se le quisieron hacer los malos, jugando. Pidió minuto el técnico, entraron, en ocho minutos le metieron 30 puntos y se acabaron los malos. Tiraban de cualquier lado, fue una cosa de locos.

 

—¿Nunca tuvieron problemas en la transmisión, en la cual se complica todo y que después se tornan una anécdota graciosa?
—No, porque trabajábamos de punto a punto, de lo cual se encargaba Panchito (Calderón). En ese primer equipo estaba Sebastián, él, yo y el comentarista invitado fue Miguel Volcan Sánchez, un lujo que nos dimos, quien en ese momento era director técnico de Echagüe. En 1998 –en Grecia (campeonato mundial)– el comentarista fue (Guillermo) Vecchio a quien encontré este año en Corrientes.

 

—¿Cuánto te fuiste de El Diario?
—Hace casi tres años; terminé haciendo Policiales y me jubilé muy bien, cuando vi la orientación que tomaba y cómo venía la mano por cuestiones políticas, y los Etchevehere vendían y no vendían. En 1983 yo estaba en la Justicia Electoral y Jorge Campos me invitó a especializarme en el Ministerio de Economía de la Provincia, luego tuve una diferencia con (Eduardo) Lalo Macri porque necesitaba alguien que le hiciera política –lo cual no era mi fuerte ni nunca lo sería– así que me fui a la Secretaría de la Producción, con José Mouliá, y también estuve muchos años con  Firpo, hasta que un día Jorge Campos me ofreció pasar a Prensa y Ceremonial de la Policía –donde fui el único civil y estuve 20 años. En la Policía respeté sus códigos y ellos respetaron los míos, por lo que sigo teniendo gente muy amiga. En El Diario estuve –reconocido– 38 años, de 40.

 

—¿Qué sensación te provoca lo que ves hoy?
— Veo El Diario todos los días y me da pena, porque es un órgano oficial, no se publican todas las cosas que debieran publicarse, y si las cosas siguen así, terminarán comprando lo que quedó de Etchevehere por dos pesos con cincuenta. 

 

 

 

Los yugoslavos, Uranga, Aníbal y la máquina de Bahía

 


Ruiz destacó nombres relevantes de los campeonatos argentinos y de la primera etapa de la Liga Nacional, y calificó a los directores técnicos yugoslavos como los más avanzados y con gran capacidad de formación de jugadores.

 

—¿El director técnico más inteligente en cuanto a la lectura del juego y poder proyectarla en el equipo?
—Los más avanzados en cuanto a los aspectos del juego son los de la escuela yugoeslava –aunque no recuerdo los apellidos–, los españoles y después están los del otro mundo, como son los de la NBA. Los yugoeslavos eran una máquina de crear jugadores.

 

—¿Tres figuras de la primera etapa de la Liga Nacional?
—Lo de Sebastián (Uranga) fue increíble, Milanesio, (Miguel) Cortijo, El Loco (Hernán) Montenegro, Michel, (Héctor) Pichi Campana… En esa época era el clásico entre Atenas y Ferro, y luego terció Obras Sanitarias.

 

—¿Cuál fue el equipo más integrado y con fluidez de juego que viste jugar en un Campeonato Argentino?
—El que más me llenó los ojos por efectividad y por localismo fue el que integraban (Ernesto) Nito Michel, Aníbal (Sánchez)… Me acuerdo del equipo de Provincia de Buenos Aires con (Adolfo) El Gurí Perazzo, (Alberto) Cabrera, Delisazo… era una máquina de jugar al básquet, porque Bahía Blanca era el centro del universo de América del Sur.

 

 

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