Martín Gerlo/ De la Redacción de UNO
La tutela moral porteña
El reclamo por la coparticipación federal no debería limitarse solo a los recursos, sino extenderse también al plano simbólico. Es cierto que los caminos, las escuelas y los hospitales se hacen con dinero y no con poesía, pero los entrerrianos difícilmente podamos construir una provincia de la cual sentirnos orgullosos en la medida en que no revolucionemos del mismo modo nuestra forma de pensar, sin buscar de manera constante la aprobación o condena externa para valorar lo que sucede en nuestro entorno.
En estas últimas semanas, por varias razones, nuestra provincia y particularmente Paraná han ocupado más espacio que el habitual en los medios capitalinos. Por sobre todas las cosas, las aberrantes declaraciones radiales de un legislador hicieron que gran parte del periodismo porteño tome el tema y ponga el grito en el cielo por semejante falta de respeto a una menor. Es innegable que la problemática despertó un genuino rechazo y que, en líneas generales, la mayoría podría suscribir a lo que veíamos, escuchábamos y leíamos en aquellos medios de comunicación.
El problema no es la cobertura del tema, instalado durante varios días en los medios “nacionales”, sino el estatuto de legitimidad con el que se revisten esos discursos en detrimento de aquellos que se producen en nuestra provincia. Cuando el escándalo por las declaraciones de Almará alcanzó una dimensión inesperada, el periodista de UNO Carlos Matteoda sintetizó muy bien el sentimiento de muchos de nosotros, trayendo a la discusión un poco de sensatez: “Estamos muy sorprendidos por algo que sabíamos hace rato”, fue el oxímoron con el que graficó la situación.
Lo que se sabe puede causar cualquier sentimiento o motivar cualquier reacción, menos la sorpresa. En realidad los entrerrianos, o la mayoría de nosotros, no estábamos sorprendidos. Mucho menos lo estaban los diputados, tanto oficialistas como opositores. Tampoco los organismos de control, las organizaciones de la sociedad civil o quienes practicamos el periodismo en la provincia. Pudimos haber estado avergonzados por lo sucedido, es cierto. Nadie pretende negar lo que es evidente. Pero más avergonzados nos encontrábamos —y acá reside un problema más profundo— por la mirada desaprobatoria de quienes consideramos más competentes que nosotros a la hora de juzgar lo que sucede a nuestro alrededor, aun cuando se trate de cuestiones de carácter local.
Que los paranaenses debamos esperar a que TN replique las declaraciones de Almará para indignarnos demuestra que aceptamos sumisamente la tutela moral porteña. En este caso no importa de quién se trate, ni a qué línea política responde el medio en cuestión, ya que mañana cambiarán los protagonistas y nuestra reacción seguirá siendo la misma. Le contaremos al país que nuestro Congreso de los Pueblos Libres declaró su independencia un año antes que el de Tucumán, que fuimos capital de la Confederación o que Gualeguay dio muchos de los mejores escritores argentinos del siglo XX. Pero hoy, en 2014, los entrerrianos no podemos establecer nuestros propios parámetros éticos y políticos. Nos enorgullecemos o avergonzamos a través de ojos que no son los nuestros.
No se trata, como decíamos, de un caso puntual, que como todos aquellos presentes en la agenda comunicacional tienen un carácter fugaz. Estamos hablando de la forma en que fuimos y somos educados, y la forma en que son y serán educadas las futuras generaciones.
No existe una respuesta de manual para este tipo de asimetrías ni se puede identificar un culpable preciso. Las dimensiones a partir de las cuales esta situación puede comenzar a modificarse son múltiples y los actores diversos. Cada uno desde su lugar tiene algo para aportar. Somos todos parte de la solución y parte del problema.











