La asistente social sin título que obtuvo Medalla de Oro

Rosa Vera y otras madres de barrio Belgrano de Paraná muestran sensibilidad y solidaridad en uno de los lugares más postergados de la ciudad. Sentir la pobreza. Las máquinas de Perón y Evita y la obsesión de ayudar.
19 de agosto 2012 · 10:30hs

Julio Vallana / redacción de UNO

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La idea comenzó a tomar forma en 1980 en uno de esos lugares de Paraná donde los derechos humanos se toman sus eternos tiempos sabáticos. Rosa Vera y otras tantas mujeres sensibles y solidarias –de lo que luego sería el Club de Madres y Abuelas de Barrio Belgrano– comenzaron a brindar lo más elemental de lo elemental donde reina la indigencia, un poco de leche y abrigo, y grandes porciones de contención y amor para quienes esas dos palabras se cayeron del diccionario. Rosa continuó contra viento y marea, desafiando obstáculos –incluso los que podían tornar vulnerable su voluntad de acero, como su propia familia. Hoy, llegando a los 80, se anima a sentir algunas sensaciones –como la felicidad– que su propia pobreza le negó cuando niña, joven y durante gran parte de su vida.

Campo y trabajo
—¿Dónde nació?
 

—En Diamante.
 

—¿En la ciudad o la campaña?
 

—En la campaña –Distrito Doll– y después me fui a vivir a Diamante.
 

—¿Cómo era el lugar donde nació?
 

—Está el Doll y está Las Cuevas, de donde es mi familia. Donde nos criamos –en esa época– era un lugar muy pobre y humilde, muy humilde. Todo era campo y se criaban animales.
 

—¿Sus padres desarrollaban las actividades propias del campo?
 

—Sí y se trabajaba con las máquinas trilladoras. Cuando tenía 14 años –junto con mi hermana– fui en una máquina trilladora para hacer el mate cocido para quienes trabajaban con ellas, entre ellos mi papá.
 

—¿Por qué me remarca lo de la condición humilde?
 

—Porque lo sentí así. Mis padres eran muy pobres y para criarnos y subsistir teníamos que trabajar en lo que sea, y ayudarlos, junto con mi hermana. También tuvimos la experiencia de que él no estaba bien de salud y por eso lo acompañábamos.
 

—¿Alguna vez le faltó comida?
 

—No. ¿Sabe por qué?
 

—¿Por qué?
 

—Mi padre era una persona muy trabajadora, humilde pero trabajador. Como lo acompañábamos a todas partes, trabajábamos a la par de él.
 

—¿Cómo vivió eso por su condición de mujer?
 

—No lo viví mal en el sentido porque me gustaba trabajar. Tenía una buena experiencia de ellos que no obstante ser muy humildes, nunca se quedaban y querían avanzar; siempre se hacían cosas: se sembraba y también teníamos algunos animales que nos servían para la subsistencia. La época de los radicales –cuando yo todavía no había cumplido los 15 años– era muy mala, había que laburar y nos exigían hacerlo, teníamos que hachear en el monte y sacar los ombúes de raíz. Estábamos dos días para sacar uno y que nos pagaran cinco pesos.
 

—Me dice que no sufrió tanto esta cuestión de trabajar prematura y duramente desde niña. ¿Qué disfrutaba?
 

—Disfrutaba que tenía buenos padres y que se preocupaban por nosotros. Nuestro padre decía: “Tenemos que trabajar y lo vamos a hacer entre todos”. Eso nos daba una fuerza tremenda y nos sentíamos contenidas. No fue una mala infancia.
 

—¿A qué jugaba en la infancia?
 

—A la rayuela y a las bolitas; no teníamos juguetes ni a quién pedírselo… y había un juego que se llamaba El hoyo.
 

—Sí, claro.
 

—¡Mire si éramos machonas! (risas)
 

—¿Y la escuela?
 

—Estaba en Las Cuevas y era un galpón. Íbamos a caballo. Nunca me olvido que tuve que tomar la comunión y la maestra dijo: “Rosa, va a tener que tomar la comunión con delantal”, porque no había otra cosa. Y yo me dije: “¿De delantal voy a tomar la comunión?” Quería otra cosa porque era una ocasión especial. Pero los maestros me hicieron ver que no se podía porque no había medios para comprar algo mejor. Así que tomamos la comunión con delantal y bueno…
 

—¿Había algún día o momento del año que disfrutaba particularmente?
 

—No disfrute nada en la infancia. Había que agachar la cabeza y hacer cosas, siempre teníamos actividades. Pero teníamos buenos padres y muy cariñosos, por eso veíamos qué podíamos hacer por ellos.
 

—¿Hasta qué edad vivió en el campo?
 

—Hasta los 18 años, cuando nos fuimos a las ciudad de Diamante.
 

—¿Por qué se mudaron?
 

—Me fui a trabajar con una tía –una hermana de mi papá– que estaba muy bien económicamente. Mi papá se enfermó del corazón y tuvimos que internarlo en Diamante. Tenía poca esperanza de vida. Yo era la mayor, entonces me dijo (se emociona): “Sabés que no estoy bien, así que vas a tener que buscar a tu mamá y a tu hermanita”. Le dije que se quedara tranquilo. Le pedí ayuda a mi tía y los buscamos.
 

—¿Cómo fue el cambio al dejar el campo?
 

—Era muy distinto. Hubo algo que me cambio la vida, aunque no para bien. Falleció mi padre y fue cuando tuvimos que luchar más todavía. Mi historia en la juventud fue muy mala pero no estoy arrepentida porque aprendí mucho, y enseñé mucho.
 

—¿Cómo organizaron la vida en la ciudad?
 

—También comenzó a trabajar mi madre y mi hermana. La vida nos dio otro camino, más fácil, porque ahí no teníamos que hachear, ni sembrar, sino que terminó ese trabajo pesado.
 

—¿Concluyó la escuela?
 

—Terminé la secundaria.
 

—¿Le gustaba alguna materia en particular?
 

—No era muy estudiosa pero me gustaba mucho ayudar a la gente y hacer cosas para que otra gente no pasara lo que nosotros pasamos. De ahí nació todo esto.

Perón, una buena
—¿Qué origen tenía ese sentimiento?
—Era un sentimiento personal. Con nuestra madre pusimos un tallercito de costura. Hay algo que no sé si lo puedo decir…
 

—Puede decir lo que quiera.
 

—Era la época cuando Perón y Evita daban máquinas de coser y telas para trabajar en cada pueblito pobre y humilde. Nosotros tuvimos esa suerte.
 

—¿Cómo fue ese momento?
 

—Llegó el tren que estábamos esperando, al igual que mucha gente. Sabíamos que cada uno tenía su pedido y cuando llegó se distribuyó todo. Recibimos dos máquinas, tela y cada una, un vestido a cada cual más hermoso. ¡Ésa fue buena para nosotros! Hasta ese momento trabajábamos en casas de familia, lavando y planchando, y yo en la casa de mi tía.
 

—Imagino que fue un gran cambio.
 

—Nuestra madre dijo: “Bueno, no vamos a trabajar más como hasta ahora sino en costura”. Agrandamos el taller y nuestra tía nos ayudó para que pudiéramos seguir adelante. El tío era sastre así que por medio de él nos consiguió otra máquina.
 

—¿Cómo aprendió el oficio?
 

—Aprendí a coser sola. Y aprendí a tener buenos sentimientos con los chicos y con los abuelos, a quienes les tenía mucho cariño.

Abuela misteriosa
—¿Conoció a sus abuelos?
 

—Sí. Usted sabe que la abuela de parte de mi papá fue una turca que vino de Turquía y nunca le veíamos la cara porque tenía un velo con lo cual sólo se le veían los ojos.
 

—¿Hablaba el español?
 

—Sí, pero poco. Era una persona más bien solitaria.
 

—¿Tenía alguna costumbre –además de ésa– propia de su tierra?
 

—Sí; no le gustaba estar entre nosotros, si bien a mí me conoció porque era la mayor. Pero era muy solitaria, a pesar de que tenía a sus cuatro hijos. No quería que le vieran la cara. Nosotros preguntábamos por qué era así –porque queríamos hablar con ella– y nuestro padre decía: “No vas a hablar nunca, porque no quiere que la vean”. Le gustaba hacer comidas, pero todo envasado en escabeche. Y salía a venderlo. También pescaban mucho, al igual que mi padre, y hacían el charque. Tenía un caballo hermoso –no obstante que había llegado siendo muy pobre–, lo montaba, se iba y no venía durante cinco o seis días.
 

—¿Dónde se quedaba?
 

—En el monte; no quería vivir con las personas. Ella quería a la Naturaleza.

El deseo y lo imposible
—¿Qué ambicionaba cuando comenzó a mejorar la situación con el taller de costura?
 

—¡Ah, yo quería ser asistente social! Esa era mi gran vocación. Entonces decía: “Algo voy a hacer”, porque quería ayudar. Pusimos el taller, llamamos dos o tres chicas más para que trabajar con nosotros, les enseñamos y fueron mis compañeras. Todavía tengo una que vive en Rosario, una amiga, y estoy por verla en estos días.
 

—¿Pensaba que podía llegar a estudiar esa carrera?
 

—Siempre, lo desee toda la vida, pero era imposible, nunca pude.
 

—Pero finalmente concretó su vocación.
 

—Siempre digo acá –que era mi casa, donde vivía junto con mi esposo, que hace muchos años que falleció–: “Yo buscaba un lugar donde pudiera practicar lo que quería ser”.

El centro y la periferia
—¿Cuándo dejó el taller de costura?
 

—Cuando tenía 21 años. En Diamante lo conocí a quien fue mi esposo –que era ferroviario–, me casé y me vine a vivir acá.
 

—¿A barrio Belgrano?
 

—No, a calle San Juan y Colón, donde vendíamos comidas. Ahí tuve a mi hijo mayor y la segunda, de los cuatro hijos que tengo. Estuve 22 años. Pero yo no quería vivir ahí sino en un lugar como éste para practicar lo que quería hacer. Un buen día dijo: “Vamos a vender”, y nos vinimos acá.
 

—Cuando era bastante distinto de la actualidad, la famosa “Pasarela”.
 

—Era un barrio… (hace una expresión y gestos que por sí solos describen lo desfavorable de la zona).
 

—¿Qué decía su esposo y los hijos?
 

—Sí, sí, fue muy malo. Estuvimos a punto de “vos te vas y yo me quedo; hacé lo que querés”.
 

—¿Estaba totalmente convencida?
 

—Yo no quería vivir en el centro y quería que mis hijos fueran como yo fui.
 

—¿Me puede describir el momento en que llegan acá?
 

—Mi hijo más chico recién en los últimos tiempos se calmó porque decía que era imposible estar acá. Me decía: “¡Qué hiciste!”. El lugar era todo campo… peor que una villa porque no había nada bueno… Antes de venir a vivir, vine acá y vi muchas cosas, y quería saber por qué la gente era tan pobre. Me impactó ver a los ancianos que vivían en la miseria total.
 

—¿O sea que escogió “el peor” lugar en función de lo que sentía?
 

—Sí y elegí para mi familia también.

Sola o acompañada
—¿Cómo resolvió esa tensión entre lo familiar y su vocación?
 

—Eso fue muy malo y no pensé mucho en mis hijos. Nunca me recriminaron aunque a medida que crecieron y durante muchos años me decían: “¡Qué lugar; dónde nos vinimos a meter!”. Y cuando eran chicos me pedían: “Mamá, tenés que cambiar”. Ahora que soy grande reflexiono sobre lo que hice. Cuando llegamos aquí se estaban haciendo las casitas municipales y nosotros hicimos la nuestra, y todo esto fue creciendo con sacrificio. En un momento dije: “El que no me quiera seguir que no me siga”. Yo quería vivir para los demás y todavía me quedan unos años para seguir haciendo lo que me gusta.
 

—¿Cómo impactó cuando dijo eso?
 

—¡Dios querido! No puedo creerlo. No fue fácil, porque tuve que escuchar cosas amargas y me la banqué. Hoy soy feliz porque mis hijos se criaron muy bien, son felices y siempre están a mi lado cuando los necesito.
 

—¿Qué edad tenía este hijo que me menciona?
 

—Cuatro años, fue creciendo y quería irse de acá. No ha podido integrarse, salvo ahora que esto fue creciendo.
 

—¿Cuántas personas integraban el proyecto originario?
 

—Comenzamos con diez “abuelas” y llegamos a 50. Un día nos juntamos cinco o seis y decidimos que les íbamos a dar la leche a los abuelos de acá. Hacíamos fuego con leña. ¡Acá no había nada; era una pobreza extrema! Conseguíamos de un lado, de otro, y yo gastaba lo que tenía. A veces nos donaban para que hiciéramos cobertones y sábanas, y se los llevábamos a sus casas. Yo tenía mi casita y ahí preparé un lugarcito donde se les daba la leche a los abuelos.
 

—¿Qué nivel de indigencia?
 

—Gente que, a veces, no sabía ni cómo se llamaba.
 

—¿Su sentimiento de solidaridad tiene que ver con los religioso, lo social o lo político?
 

—Para mí es social, que lo que yo pasé no lo pase otro.
 

—¿Cómo creció el proyecto?
 

—Día a día fue mejor y me daba cuenta que lo que estaba haciendo, llegaría a buen término. Nadie me decía lo que tenía que hacer.
 

—¿Hubo alguna circunstancia que la hizo dudar en cuanto a la continuidad?
 

—No, lo que me hacía tambalear eran mis hijos, porque tenía que criarlos y darle un ejemplo.
 

—¿Qué metas se propuso tras aquellos primeros pasos?
 

—La meta era generar un club de abuelas; comenzamos muchas y Dios me permitió que pudiera seguir adelante. Hace tres días falleció otra… se fueron… pero me queda el espíritu para seguir. Yo doné la mitad de mi casa para la institución; hasta eso pude concretar. Cuando se lo dije a mis hijos me preguntaron si estaba segura y les dije que sí. Mis hijos también trabajan acá.
 

—¿Compararía algún momento de los vividos aquí con aquél de la llegada de las máquinas de coser en Diamante?
 

—No recuerdo bien la fecha pero hace más o menos diez años tuve la idea y la esperanza de que esto fuera como es hoy. Tuve la idea de que esto me traería bienestar, luego de no haber podido estudiar lo que quería. Ya tenía otros medios para poder ayudar a la gente y estábamos unidos con mis hijos. Acá la gente tiene su trabajo, cobra su sueldo, los chicos –porque son los privilegiados– tienen todo lo que necesitan: maestra particular, asistente social, psicóloga… todo lo que necesitan, y la comida. Acá no les falta nada. Trabajamos con proyectos presentados en la Nación y estamos por inaugurar próximamente en El Volcadero –donde también tenemos un comedor– las nuevas instalaciones. Es un sueño lo que se ha hecho. Cuando fuimos allá dijeron: “¡Cómo van a meterse allá, los van a correr a todos, les van a robar todo”. Jamás tocaron nada.
 

—¿Recuerda a alguna de sus compañeras con las que inició esto por algo en particular?
 

—Sí, las recuerdo mucho pero Delia –que ya se fue– fue muy compañera y amiga. Estuvo desde el inicio y siempre, y fue una de las más destacadas.
 

—¿Qué cuestiones aprendió en este tratar cotidiano durante tantos años con personas de los sectores más desposeídos?
 

—Aprendí que mis hijos –a pesar de vivir aquí– son buenos hijos y que están a mi lado, y me quieren mucho, por todo lo que hice. También aprendí que en la vida –por más humilde y pobre que se sea– si uno quiere, puede salir adelante. Si quiere, puede. Las abuelas fueron muy buenas compañeras y estuvieron siempre a mi lado.
 

—¿Cómo vivió la crisis de 2001?
 

—Bastante mal porque comíamos pura soja: sopa de soja, hamburguesas de soja… todo se hacía de soja. ¡Fue tremendo! Pero lo logramos.
 

—¿Fue la época más crítica?
 

—Sí, porque no había a quién recurrir. Hoy estamos gloriosos y contentos de haber logrado lo que logramos.
 

—¿Hubo quienes no entendían o cuestionaban su actividad?
 

—¡Sí, siempre hay gente que no lo entiende a uno! Me costó porque a veces se habla muy mal. Dicen: “Cómo era antes y cómo está ahora” o “Cuando vinieron eran una cosa y hoy es otra”; esas cuestiones siempre llegaban a nuestros oídos. La gente a veces no entiende que es a fuerza de sacrificio y ganas de hacer. ¿Usted sabe todo lo que he laburado yo y las abuelas? Ellas me palanquearon para que hoy pueda estar como estoy.
 

—¿Alguna circunstancia desagradable, además de las habladurías propias de estos casos?
 

—No, nunca nadie me molestó. Todo lo contrario.
 

—Así que finalmente se recibió de asistente social.
 

—¡Sí, me recibí y estoy contenta; gracias a Dios que he hecho muchas cosas y seguiré haciendo! Me queda cuerda para rato, así que te voy a invitar para después de mi cumpleaños.

“La Pasarela” y un trabajo de investigación
La escasez de recursos es un denominador común de la mayoría de los relatos de los vecinos, quienes nos ilustran sobre el modo de vida y las condiciones sociales, históricas, materiales en las que están inmersos los habitantes del barrio.
 

“Mi mamá se levanta lava, cocina...se acuesta y así todos los días... Y mi papá trabaja y no trabaja, trabaja y no trabaja...y así todos los días...Y yo igual...Todos los días estoy así [haciendo un gesto elocuentísimo se pone firme, como duro y la mirada fija] contra el techo en mi cama” (Jonathan, 15 años) Transitar un “camino bastante jodido”, “criarse como animales”, perder bienes, tener festejos empañados por las estrecheces económicas, “avanzar con dificultad”, “tropezar, levantarse y volver a tropezar”... tales son las pistas para orientarnos en cuanto a cómo se posicionan y viven su situación estos vecinos, situación que denominamos de pobreza estructural.
 

Según las miradas y los desarrollos teóricos que lo aborden, el concepto de pobreza obtiene distintas formulaciones y complejidades. Facilita nuestro análisis posicionarnos desde una mirada que realza el aspecto relacional del concepto de pobreza, sobre todo siguiendo la línea que destaca la existencia de “otros” que no son pobres, con los cuales los pobres tienen intercambios recíprocos, máxime en el marco de la pobreza urbana. Es decir que nuestro principal eje de análisis en este sentido ha estado dado por las relaciones entre los vecinos del barrio que estudiamos y otros miembros de la población de la ciudad como factor que interviene decisivamente en la constitución de la pobreza urbana. Los sujetos en situación de pobreza no están al margen de la sociedad, como parecen señalar las aproximaciones teóricas sobre la marginalidad al resaltar lo que parecería ser la incapacidad de integración con su entorno social, sino que poseen modos de articulación particulares -culturales, sociales, jurídicos, económicos, etc.- con el resto de la ciudad (Casabona y Guber, 1985). En particular, fue de interés para nuestra investigación señalar y hacer foco en lo que refiere a las redes locales que se constituyen en La Pasarela y en las redes de intercambio con otros agentes de la ciudad, en tanto influyen notoriamente en los vínculos entre vecinos, el capital social y simbólico que acumulan los sujetos, las posiciones de poder que se adquieren y, en definitiva, en lo que supone la construcción de la comunidad barrial.
 

La posición espacial que tiene La Pasarela dentro de la distribución urbana, su “localización estratégica”, el carácter y la preeminencia de sus vías físicas de acceso y conexión con el resto de la ciudad, ya nos marcan su impronta en relación con las posiciones que adoptan estos vecinos en la dinámica y la estructura social general que se dan en la ciudad de Paraná. Y esto obviamente también impacta en la propia comunidad. Seba tiene cerca de 20 años, lentes de aumento a la moda, la piel mate, el cabello oscuro prolijamente cortado. Nunca tiene restos de barba o de bigote; en cambio, siempre exhala olor a desodorante o colonia, como si estuviese recién bañado. Es un lindo chico, de buen hablar y buen vestir, que desde el comienzo de este año está ocupando el lugar de algo así como “encargado de relaciones públicas” de uno de los proyectos institucionales que se llevan adelante en La Pasarela. En los hechos, hace gestiones en la Municipalidad y siempre está organizando los textos que hay que mandar a la entidad estatal de la que reciben el subsidio con el que se mantiene la organización. Es, digamos, una “cara visible”, un “oficial joven” del Proyecto y algo así como el “delfín” de quien encabeza esta organización.

“¿Sabés una cosa? –nos interroga Ana Balbuena, una protagonista ineludible de la historia y la dinámica del barrio– ¡a mí la política me duele acá! [se toca el pecho, a la altura del corazón]. Me duele, porque yo toda la vida fui política, yo toda la vida los apoyé, nunca para mí [señala el cuarto a su alrededor], siempre para los demás... Nunca... Hasta el día de hoy, nunca vinieron a decir: ‘¿necesitás algo?’, a decir ‘¿te moriste, perro?’, a ver los chicos hambreados como están... Entonces, eso duele mucho...”
 

Los vínculos de estos vecinos se estrechan con funcionarios y agentes del Estado, con políticos, con miembros de otras organizaciones de la sociedad civil -como es la universidad– y con actores que ocupan otras posiciones en el contexto social, en fin, con agentes sociales que les faciliten o brinden posibilidades concretas de acceso a bienes o servicios, o que les faciliten instrumentos de reproducción social. Esta sería una condición específica de sobrevivencia de la pobreza urbana en tanto parte de un tejido social que constantemente participa en la construcción de sus rasgos identitarios. En otro plano de la organización barrial, en el doméstico, la relación con el “afuera” cumple funciones cotidianas que tienden no sólo a optimizar sus condiciones de existencia sino que es característico también que de allí se extraigan recursos materiales básicos para sobrevivir en el día a día.
 

El oficio de Ramos es la albañilería, pero en ese rubro en el momento no hay trabajo. Mary, su mujer, a su vez trabaja en el Comedor por un sueldo irregular de 100 pesos al mes que paga el gobierno nacional. Fito, el yerno, sale a “cirujear” con un carro. Manuel y Ezequiel, dos de los hijos de la pareja, “cuidan autos” y también “salen a pedir” a casas de familia, con lo cual “se consiguen la ropa, los útiles para la escuela y también de vez en cuando traen unos mangos a la casa”. Hoy Manuel volvió de su salida habitual con una gran bolsa. Mary la abre: es ropa. En eso entra Fito. Mary empieza a repartir, para lo cual despliega cada prenda y la extiende con las manos para calcularle el talle: “éste es para vos” (a Fito un pantalón), “éste le va a andar a Graciela” (un short y un vestido), “éstos no sé...”. “Están bien –dice–, lástima que son de invierno.” Mary viste por este medio a todos sus hijos, por eso ella es “tan agradecida con la gente”. A todos, menos a ella que es gorda y nunca le mandan ropa a su medida.
 

Las hebras de ese tejido que ligan a estos sujetos con otros agentes sociales conforman redes de intercambio que los llevan a desarrollar ciertas estrategias en función de estar articulando de manera constante con quienes ocupan posiciones sociales diferentes y, por consiguiente, que poseen otros capitales económicos, culturales, sociales y también diversas condiciones históricas de reproducción de los mismos”. (del libro De boca en boca. El chisme en la trama social de la pobreza, (2006) de Patricia Fasano).

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