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Háblame de amor, cacique (Modesto Inacayal, el último de los grandes tehuelches)

Serie: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo.

Lunes 17 de Noviembre de 2014

Carlos Saboldelli / Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com

 

 

 

Cuán difícil parece el intento de armonizar las guerras con los sentimientos buenos. Pienso de qué forma y de qué manera se puede extractar como en un movimiento quirúrgico y preciso un destello entre las inmensidades de lo oscuro.
El sur del país, la Patagonia, es un sitio lleno de belleza natural e interminable, donde el viento es el señor en el momento en que lo desee y donde las nevadas y las montañas son tierra y cielo en uno solo. No es un  paisaje edulcorado, simplemente es intensamente bello. Cualquiera que percibiese el silencio estepario o el ronquido arrullado de arroyuelos de montaña, o el turquesa  aniñado de sus ríos y hasta el frío poderoso que vence cualquier abrigo, seguramente entenderá de una vez por todas cuáles son los confines indefinidos la magia.
En esos espacios, allá al sur había nacido Modesto Inacayal aproximadamente en 1833. Era hijo de sangre real (como decimos los occidentales) o de caciques bravos. Su padre se llamaba Huincahual y era un viejo pehuenche (algo discutido aún)  que controlaba sus tolderías y sus tierras con la sapiencia de los años y la bravura de sus lanceros. De su madre se sabe poco, aunque algunos viajeros atinan a decir que las mujeres casadas abandonaban el de solteras para siempre y tal vez por eso no se la describía con tanta certeza. En fin, cosas de culturas que debieran ser nuestras pero que aún no conocemos del todo.
Lo cierto es que Inacayal heredaba terrenos sin demarcar, horizontes abiertos y hasta las nevadas perennes de los inviernos sureños. Hay varias narraciones de viajeros que lo conocieron y hablaron de él: Pascasio Moreno, Lemhan Niestche, Tomas Harrington. Pero por alguna razón de simpatía elijo un viejo texto recuperado por la Biblioteca Nacional de Chile y que narra el viaje de un chileno intrépido llamado Guillermo Eloy Cox Bustillos.

 

 

Conociendo al cacique

 

Aquel viajero, asombrado de los bosques valdivianos y de la Patagonia toda  emprendió un viaje de aventurero por tierras inhóspitas y por supuesto, ajenas. Con sus relatos y experiencias publicó un libro que escasamente se consigue, con el nombre de Viaje en las regiones Septentrionales de la Patagonia 1862-1863.
Durante esos meses, aquella fortuna de la creación le fue revelada seguramente evangelizando sus ánimas; y aunque no es aquí la intención hablar de este sujeto ni tampoco de las motivaciones políticas o geográficas que lo motivaran, al menos puedo permitirme una sonrisa con atisbos crueles  al imaginar aquel pálido hijo de galeses intentando pronunciar mapuche: Trureupan, Curi Laufquen, Huentrupan, Quilquihue, Caleufú y así tantos más. Es dulce el mapuche, y difícil de recordar. Nunca fue escrito por sus dueños, solo por algunos blancos que intentaron la obligada traducción. Como si pudiera asirse en el entendimiento la sensación de la belleza.
Pero ya en las tolderías, Cox decía de Inacayal: “Me agradó al momento, tiene el ademán franco y abierto, la cara inteligente y sabe de castellano; de cuerpo rechoncho pero bien proporcionado. Le dije que había sentido mucho no haberle visto en mi primer pasaje por las orillas del Quem Quemtreu; que lo que había oído hablar de él me había inspirado mayor deseo de conocerle y tenía la esperanza de que me llevaría consigo hasta Patagónica. Me contestó que lo haría con mucho gusto, porque podía servirle en calidad de secretario en sus negociaciones con el comandante de Patagónica; y diciendo esto mandó que le trajeran las cartas que había recibido de ese pueblo.
El propio Cox termina admirando las destrezas del cacique, su habilidad y su encanto feraz. Dice de Inacayal: “Me gustaba ver a nuestro amigo Inacayal montado en su caballo overo, con freno guarnecido de plata, con grandes copas y estribos del mismo metal; las piernas forradas de sumeles nuevos, el pie armado de grandes espuelas de plata, chiripá de paño fino y una chaqueta de oficial de caballería argentino que le había regalado el Gobierno del Plata”.
Carajo con el jinete de la Patagonia. Por cierto que no parecía un criminal ni un feroz sujeto. ¿Y por qué habría de serlo? Después de todo tan solo era un hombre, en esos dominios que los dioses previeron para él, benditos por la hermosura y la libertad de la ausencia de alambrados. Un tipo común, del frío y de a caballo, hijo de Huincahual, amigo de Foyel y de Sayhueque, propietario de cientos de caballos, de estirpe y linaje... un hombre nomás.

 

 

 

El paraíso perdido. La campaña del desierto. Borges e Inacayal

 


¿Quién podría concebir una especie de contacto (aunque fuera en ideologías o desencuentros) entre un cacique patagónico y un genio invidente? Quién sabe, solo a veces el rompecabezas de la historia y sus pormenores nunca contados podrían encontrarlos.
Para Inacayal, de repente la extensión comenzó a desaparecer, a perderse en terrenos mensurados y entregados en dominio a quien sabe quién. Ellos, los antiguos, poco podían hacer ante los mismos fusiles que exterminaron pieles rojas en el Norte. La bravura, el honor y la determinación de aquellos guerreros de poncho y lanza quedarían (sencillamente) vencidos.
Es que la conquista del desierto consumía los recursos del Estado nacional para equipar tropas, mantener caballada, extender fronteras, facilitar la colonización y al paso exterminar tribus e indios impertinentes que ocupaban el lugar. Tropas regulares, soldados con entrenamiento suficiente para utilizar armas de fuego y un concepto de exterminio tan novedoso como eficaz hicieron de los colores del paraíso un rojo de muerte inevitable, atroz, imperecedera.
El Ejército del Estado arrasó aquellos sitios, y ese edén silvestre que parecía destinado a la inmortalidad simplemente se transformaba en el poderoso recuerdo de tiempos hermosos.
¿Y Borges?  Hay un poema suyo que tituló Posesión del ayer. Recuerda allí las cosas extraviadas, las sensaciones que dejaran de perdurar, las sencillas y las graves. Dice así:
“Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposible colores como no piensan los ven. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”.
Y en eso, los caminos del escritor y del cacique no se bifurcan  sino que coinciden, se unen, tropiezan, se sueldan. Los paraísos adquieren la forma de cada uno de los hombres del mundo, pasados y vividos…pero los que se pierden siempre son dolorosos, casi en identidad de condiciones para los mismos sujetos.

 

 

La última travesía

 


El cacique Inacayal fue uno de los últimos grandes jefes en darse por vencido. Hacia 1884, corrido por la zona de los lagos del sur y en compañía del cacique Foyel,  resulta vencido en una batalla que puso fin a la Campaña del Desierto.  Así las cosas, hambrientos y sin pertrechos ni alimentos Inacayal y Foyel se entregan en el fuerte de Junín de los Andes.
Eran guerreros y tal vez, como cualquiera supondría o deseara, serían tratados como camaradas. Después de todo, las armas sirven siempre para lo mismo: atacar o defenderse sin importar quién las use. Pero nada de eso pasó: Inacayal y su familia fueron apresados, sus parientes diezmados y sus pocas pertenencias destruidas.
Lo llevaron en el buque Villarino, junto a otros caciques con sus familias. Los dejaron tirados en la zona de astilleros sin territorios, guerras, dioses ni tampoco paraísos. Los sedujeron con alcohol y otras extravagancias occidentales, nada más que para abandonarlos a la buena de nadie y culparlos de vagancia.
Fueron considerados como curiosidades o rarezas, llevados al culto Buenos Aires simplemente para ser vendidos como sirvientes, como menesterosos esclavizados en manos de sujetos que entendían las cosas de una forma muy diferente. ¡Ay, Dios… habiendo tanta miseria y estos pobres infelices librados a cualquier destino! No hubo distingos ni contemplaciones, lo mismo era una mascota que el hijo con su madre, o sin ella.

 

 

 

Vivir y morir

 


El cacique había sido un hombre noble, seguro y recto. Cuando los blancos aparecían indagantes sobre sus dominios del sur, siempre los recibió con respeto y acertado juicio. Quizás por eso le valió el reconocimiento de muchos de ellos y sobre todo la amistad del perito Moreno.
Quiso la casualidad que cuando Inacayal y su familia penaba en Buenos Aires monitoreada por el Ejército, el propio Moreno lo llevó a habitar en el Museo de La Plata. Parece una gratificación de amigos, pero no estoy tan seguro. Porque ellos habitaban los sótanos, entre la humedad y los encierros que acumulaban en sus almas el desconcierto y la pena. ¿Cómo si no podrían sentirse aquellos seres humanos acostumbrados a convivir con la creación en su plenitud, encerrados entre paredes y formoles?
Su estancia allí no eran vacaciones. Eran exhibidos a los visitantes y científicos, humillados con fotos denigrantes y desnudeces procaces, asustados entre muestras del cuaternario y huesos desarticulados de especies desaparecidas.
Quiso toda esa desazón (tan lejos de los dioses pampeanos) que la mujer de Inacayal enfermara de muerte. Nada pudo hacer (casi diría que nada quiso)  la ciencia de los hombres blancos para salvarla y así nomás, ella se murió.
Curtieron sus huesos, estudiaron sus órganos, reconocieron sus dientes y cabellera, pelaron su cuerpo y con unas etiquetas, metieron los restos en una vasija. La dejaron en una estantería como una muestra más, entre animales y fósiles, descarnada, como un objeto descartable con simple valor científico.
Dicen que el cacique Inacayal, aquel señor de la Patagonia, pasaba horas y días observando la vasija con el cuerpo de su mujer. Mirando el ánfora quizás a la espera del milagro de la resurrección, consumía sus pocas reservas físicas y la nada espiritual. Mascullando la bronca de un guerrero prisionero y de un hombre cautivo, murmuraba frases ininteligibles durante todo el tiempo.
Así fueron diezmando sus ternuras, entregando sus descendencias y mutilando sus afectos. Pienso en el dolor del alma, ese que corroe con una fuerza indetenible hasta mutilar para siempre, el mismo que difícilmente pueda reconvertirse en fortaleza y lleva a la desesperación y el hastío. El cacique Inacayal enfrentó este dolor con la misma valentía con que supo combatir tribus y soldados de línea.
Pero no pudo. Un día de setiembre de 1888, sobre la parte alta de la escalera monumental del Museo de Ciencias Naturales de La Plata donde vagaba y divagaba ausente, el gran cacique (sostenido por un par de indios) se irguió inhiesto sobre los mármoles. Se arrancó aquellas ropas de sus captores  y con el bronce de su piel en ardor de fuego y cicatrices castrenses, realizó posturas y ademanes de veneración al Sol y algunos dioses que nunca conoceremos. Eso es un ritual, una serie de movimientos que preludian las proezas aunque esta se llame muerte.
Inacayal se invocó, quiero creer que sintió en su alma la satisfacción del invencible (después de todo, solamente lo habían derrotado); y entonando canciones e himnos en su idioma ancestral e intraducible, las escaleras recibieron su rodante cuerpo.
A la noche, había muerto.

 

 

 

* SERIE:

 

 

Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo: Serie realizada en exclusiva para Diario UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).

 

 

* APUNTES:

 

 

los restos de Inacayal fueron exhibidos en el mismo museo de La Plata. Recién en 1994 se restituyeron los restos a la comunidad originaria. Sin embargo, fueron encontradas en las galerías del Museo el cerebro, el cuero cabelludo y la oreja izquierda que no fueron remitidas en su momento. Aún se lucha por la restitución de estos restos pendientes del cacique Inacayal.

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