Por Lucio A. Ortiz
@LucioOrtiz
Desde Brasil
Una emoción que se renueva cada 4 años
Cada cuatro años se renuevan las sensaciones, esas que están dormidas y afloran sólo con los Mundiales de fútbol. Es algo incomparable para los futboleros que sentimos un aire novedoso y siempre queremos ganar la Copa del Mundo. Como si fuésemos los propios jugadores durante un mes.
Después, todo vuelve a la normalidad, aunque a veces antes, cuando el equipo nacional queda afuera.
Desde este lugar me ha tocado reinventar mis ansiedades seis veces. En 21 años del UNO se han metido seis mundiales en el camino, contando este que andamos recorriendo.
Y por ahí se cuelan en mis experiencias de estar en el lugar del hecho, dos mundiales sub 20 (2001 en nuestro país y 2005 en Holanda), una Copa América (2012) y decenas de partidos de eliminatorias, que son una muestra gratis del Mundial.
En 1994, al de Estados Unidos lo disfrutamos desde la redacción de calle Pedro Molina y saltábamos de alegría al compás de Diego Maradona, quien había tenido esa recuperación física que nos iba marcando los pasos para llegar a lo más alto.
Nos emocionamos con el gol a Grecia, el que gritó con toda su bocaza a la cámara de TV y después, el 25 de junio ante Nigeria, con el pase rápido en el tiro libre para que convirtiera Caniggia. Pero ese día nos quedó la triste imagen con la enfermera acompañando del brazo a Diego hacia el antidóping.
Les juro que lloré cuando días después, antes del partido con Bulgaria, le daban el positivo. Casi que se acabó el Mundial, cerramos la puerta de la alegría. Argentina perdió con Bulgaria y después en octavos con Rumania. Penamos.
En Francia 1998 me metí en el clima unos meses antes haciendo unos suplementos. El equipo de Passarella ganaba, goleaba y pasaba a los octavos de final. Los penales ante Inglaterra lo acomodó en cuartos, pero un gol holandés, sobre la hora, dejó afuera al equipo argentino. Frío.
Nos fue mal con Bielsa en el Mundial Japón-Corea del Sur del 2002: afuera en la primera ronda. Por la diferencia horaria (12 ó 13 horas), esa vez se armaron tres equipos de trabajo y llegaron a salir hasta tres ediciones diarias del suple Ovación. Historias internas divertidas.
La selección de Pekerman del 2006 en Alemania tuvo sus pro y sus contra, cuando se tironeaba con Messi y Tévez de suplentes y luego dejando en el banco a Lionel ante Alemania, en cuartos, cuando quedamos afuera por penales.
El del 2010 lo pude contar desde Sudáfrica con la satisfacción personal y laboral de recorrer un Mundial distinto, en un país exótico y poco futbolero. Durante 33 días tuve las vivencias de un enviado especial que pudo ver 14 partidos (Argentina jugó 5) entre primera fase, octavos y cuartos de final. Experiencia hermosa.
El viaje fue junto a cuatro colegas del multimedios UNO y a pesar del tiempo y las ciudades recorridas (del Norte, Polokwane, capital de la provincia de Limpopo, en el límite con Zimbabwe a la sureña Ciudad del Cabo, en donde se juntan los océanos Atlántico e Indico), nunca pudimos descifrar a los habitantes sudafricanos. Desde los más altos rangos laborales hasta los empleados, cumplían las órdenes y reglamentos sin variar su postura.
No había sentido común, como si la época de la “esclavitud” siguiese vigente. No se salían de la regla por temor al castigo.
Y desde el 9 de junio estoy en Brasil, contando este mundial. Los primeros diez días en Río de Janeiro, una de las ciudades más bellas del mundo, con el debut triunfal de la selección argentina, con el saludo sonriente de Messi a la salida de los vestuarios, a pesar de que no habló con ningún medio gráfico, y continuó con España-Chile.
Siguió en San Pablo viendo Inglaterra-Uruguay en una seguidilla de partidos que daban envidia hasta a los colegas. Diario UNO está en Brasil y esperamos seguir aquí hasta julio. Ojalá tengamos un final feliz.












