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Grietas de un sistema que menosprecia e invisibiliza al territorio

Tesoros de Joaquín Lenzina siguen alumbrándonos el camino

Un sabio esclavizado, que José Artigas liberó, resumió los propósitos de la revolución federal en poesías todavía hoy dejadas de lado.

Sábado 03 de Abril de 2021

Un hijo de esclavizados, y esclavizado él mismo, Joaquín Lenzina, llamado por sus allegados el Negro Ansina, narró los sueños de José Artigas en un poema dedicado a Andrés Guacurarí, y allí mencionó a Tupac Amaru y a Caupolicán, y celebró un feliz encuentro en Entre Ríos, en tristes jornadas a orillas del Ayuí.

La actualidad de sus letras no tiene comparación. Afroamericanos, guaraníes, criollos, quechua-aymaras, mapuches: nadie sintetizó con esa claridad las fuentes y las metas revolucionarias.

Joaquín Lenzina, apodado el Negro Ansina, guardó decenas de poemas inspirados en la gesta artiguista. En uno de los capítulos de esa epopeya, titulado “Andresito: el valiente de Artigas”, resaltó el encuentro de ambos en Entre Ríos, cuando Buenos Aires pactó con España la entrega de la Banda Oriental y la mitad de Entre Ríos a la corona, un año y medio después de la Revolución de Mayo.

“Naciste en San Borja de las Misiones,/ y jugaste en el río Uruguay,/ que inspira las grandes visiones/ de lo que habrá después de lo que hay”.

Un cauce milenario echando luz sobre el futuro. Así vio Lenzina al Uruguay.

“Desde que Artigas te conoció,/ en los días tristes del Ayuí,/ como hijo del alma te adoptó,/ a causa de lo que vio en ti”.

Hasta aquí, el río como fuente de inspiraciones, la reunión de Artigas con Guacurarí en pleno éxodo oriental a orillas del arroyo entrerriano en cercanías de Concordia. Y entonces, sí, los versos que desnudan el corazón de la revolución: “Lo que soñó el Patriarca te diré:/ el genio de una raza de volcán,/ mezcla de tupacamaro, el rebelde,/ y del invencible Caupolicán…”.

Guacurarí en nosotros

¿Qué nos dijo Lenzina, como pensador y poeta y payador y políglota y guerrero de estas tierras, en esos versos que suenan como una carta a la posteridad? Podríamos interpretar que el patriarca, José Artigas, veía en el líder guaraní, Guacurarí, el reverdecer de toda una estirpe con la confluencia de los pueblos del continente. Y que imaginó su condición de guaraní abonada por la rebeldía quechua aymara y la fortaleza mapuche. Afroamericano, guaraní, criollo, quechua aymara, mapuche. ¿Se refería Lenzina a una persona, o expandía el sueño a toda una civilización? ¿O a ambas cosas?

En la serie de poemas de Lenzina publicados por Daniel Hammerly Dupuy y Víctor Hammerly Peverini, justo antes de los versos dedicados a Guacurarí aparece un poema

que Lenzina dedicó a los charrúas. “Los charrúas han vencido por igual/ a los españoles y portugueses,/ que se metieron en la Banda Oriental:/ a todos derrotaron varia veces”.

“A nadie respetan sino a Artigas./ Lo admiran por jinete valiente,/ porque no elude las fatigas,/ para que se respete a esta gente”. “Según ellos es el Gran Cacique/ y le obedecen con devoción:/ saben que así no habrá quien les quite/ la libertad de su raza y nación”.

La mirada preclara de Lenzina fue subrayada por el poeta Guillermo Saraví: “¡Oh, grande, noble, generoso Ansina,/ entre todos los héroes yo te elijo;/ tu altísima palabra dolorida/ debe ser por los hombres esculpida/ en sagrado metal de crucifijo!”.

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Las vertientes

El payador Ansina exalta en varios de sus poemas la confluencia de distintas vertientes en la revolución, y en el pueblo emancipado.

Durante el Ciclo de Charlas que en estos días desarrolla la Municipalidad de Chajarí con motivo del “Año del Federalismo”, nos invitaron a hablar sobre la Batalla del Espinillo y elegimos este subtítulo: “Nuestras deudas con la Soberanía particular de los pueblos”.

Allí expusimos sobre el contexto de la Batalla del Espinillo desatada un 22 de febrero de 1814, y acudimos a los versos de Lenzina para preguntarnos por ese mundo que reúne a los Ansina, Guacurarí, Artigas, Tupac Amaru y Caupolicán.

A poco comprobamos que esos nombres resumen la capacidad de resistencia, la tendencia a la emancipación, la amistad con el entorno, el sistema de solidaridad en la vida comunitaria, la complementariedad de los contrarios, todo posible desde el objetivo principal y casi excluyente de la revolución federal artiguista: la soberanía particular de los pueblos. Es decir: la autonomía de las culturas ligadas en confederación, el respeto a los modos de pensar, de organizarse, de sentir, de procurarse los alimentos, de relacionarse con los demás; los modos de hablar, las tradiciones, las creencias, los territorios.

Y es que la soberanía particular de los pueblos es, hoy mismo, un antídoto natural, para nosotros, contra todo intento colonial hacia la uniformidad tan apreciada por el imperialismo para vender a toda la humanidad lo mismo.

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Maniobra de pinza

Una vez derrotada la revolución federal con el exilio de José Artigas y la muerte de Francisco Ramírez, el colonialismo con sede en Buenos Aires inauguró un camino nuevo que se sostiene hasta hoy, en base a dos pilares de la colonia: la ciencia moderna y la religión.

En Chajarí recordamos que la primera gran batalla federal fue a minutos de Paraná, en cercanías del arroyo Espinillo, aunque antes hubo manifestaciones de esas disidencias allí cerca, en Mandisoví, con el enfrentamiento entre Domingo Manduré y Pablo Areguatí, dos guaraníes, uno aliado de Buenos Aires, Areguatí, y otro aliado de Artigas, Manduré.

El caso es que en el Espinillo hizo eclosión la diferencia entre los cambios pretendidos por Buenos Aires con la intención de sostenerse como heredera de la colonia (propósito que logró plenamente), y la revolución federal luego derrotada.

Y bien: ya instalado el Estado-Nación blanco, eurocentrado, racista, cuando el poder porteño decidió sacrificar a los pueblos del sur, invadir el Neuquén, cometer genocidio en el País de las Manzanas, una patria con su jefe, Sayhueque (genocidio con los Remington que habían probado en el pecho de los entrerrianos), ahí Buenos Aires mostró su condición colonial, como lo había mostrado contra el Paraguay, bajo designios de Inglaterra. Hasta llegar al estado actual, en que nosotros no conocemos nada que pase en la provincia de Corrientes, por caso, si no viene colado por Buenos Aires.

Cuando Mitre, Roca, Avellaneda y los suyos (y antes Rosas, si pensaban distintos, pero coincidían en atacar al pueblo originario), mataban a las mujeres y los hombres que (con justicia) se resistían al atropello, eran acompañados por sacerdotes mandados por Don Bosco desde Italia, para atraer a los niños a las capillas y las escuelas, con el fin de “civilizarlos”. La Iglesia y sus adversarios anticlericales promoviendo el genocidio por igual. Aquellos que hoy mismo piden con razón la separación de la iglesia y el estado, ¿será que se embanderan con uno de esos dos poderes?

Y Sarmiento, el “padre del aula”, escribiendo que había que matar a los niños mapuches, a los niños guaraníes, porque debían exterminarse sus culturas de raíz.

Un movimiento de tenaza, o de pinza: el racionalismo y la religión, el templo y el Estado, para exterminarnos. Occidente a pleno, por sus dos vías, contra nuestros pueblos. Esta es la colonialidad. Y los docentes argentinos celebrando su Día en homenaje a un racista de primer orden. Llamar maestro al más racista, ¿qué expresión podría ser más colonial?

Sarmiento y Ansina

El sueño del patriarca (Artigas), según Lenzina, era la exaltación de Tupac Amaru y Caupolicán. Veamos lo que pensaba la Argentina moderna (ya destruido el artiguismo):

“¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. Eso escribía el “padre del aula”, Sarmiento, cuya imagen aún venera la escuela argentina.

¿Y sobre los guaraníes? “Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.

Antes que Sarmiento llamara a librarse de ese “contagio” y a matar niños, Lenzina veía en Guacurarí la expresión de una raza de volcán comparable a Tupac Amaru y Caupolicán.

¿Cuánto leen hoy nuestras niñas, nuestros niños, de Lenzina en las aulas argentinas? Cero. Allí manda Sarmiento. No bastaron cinco siglos de oprobio eurocentrista, conquistador, para que advirtamos nuestro estado de servidumbre. ¿Qué era Artigas para Sarmiento? “Un terrorista endurecido en la rapiña”. ¿Qué era en cambio el Protector para Lenzina? “¡Artigas fue nuestra liberación!”. Así de sencillo. “Fui su sombra en vida./ Él era la luz amiga:/ alumbraba hasta de día”. “Amaba la libertad./ Odiaba la esclavitud./ Aborrecía la maldad./ Admiraba la virtud”. Palabras de Lenzina.

Atopía

En Chajarí enumeramos algunos ejemplos de la condición de atopía que sufren los animales, los árboles, las historias, los alimentos, el cancionero, en nuestras instituciones públicas. Sea en los medios masivos como en las aulas. (Siempre consideremos las excepciones, claro). Ni el alumno encaja bien entre cuatro paredes, ni las manifestaciones de la cultura y la biodiversidad encuentran casilleros en los compartimentos estancos de la educación occidental, colonial.

Y bien: la soberanía particular de los pueblos, como el federalismo, como la comadreja, como el ñandubay, como las luchas de Ángel Borda, como los versos de Joaquín Lenzina, pueden entrar, pero incómodos. La uniformidad que instaló la colonia no partió de nuestros montes, de nuestros ríos, de nuestros poetas, de nuestra historia, de nuestras luchas, de los platos que nos preparan las abuelas, claro está.

El distanciamiento, el desarraigo, son marca en la vida colonial que continúa por distintas vías en pleno siglo XXI.

Sin embargo, aquellas raíces de las que hablaron Martiniano Leguizamón y Marcos Sastre, la hospitalidad de la mujer y el hombre de la isla, el trabajo comunitario y festivo de las mingas en las lomadas, la consustanciación del hombre y el árbol, son raíces que no han muerto del todo. Quedaron como debilitadas por la prevalencia de un sistema moderno individualista, antropocéntrico, racista, pero por todos lados quedan relictos de esa otra vida en armonía, en comunidad. Es allí donde las historias menospreciadas, como la de Joaquín Lenzina, encontrarán sin dudas un lugar.

Luego de cantar las glorias del caballo de José Artigas, y tras la muerte de su jefe y amigo oriental, Lenzina confesó: “Cuando veo el Morito/ leo su tristeza:/ lloro un poquito,/ y baja la cabeza”.

Nuestro sistema colonial hizo eje en el desaire al lugar. El lugar es invisible en esta colonia. Pero ese es el sistema, y el sistema tiene grietas por donde se cuelan felizmente los Lenzina.

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