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Bienestar Psicológico

Mamá y Papá se separan... (2ª parte)

Cómo manejar la situación según la edad.

Jueves 17 de Octubre de 2019

En esta segunda entrega, me dedicaré a detallar las diferencias que presenta cada franja de edad de los hijos en relación a las estrategias que recomiendo, cuando se trata de enfrentar las dificultades, por parte de los padres.

Las etapas evolutivas y sus dificultades

En base a la edad, los hijos que deben afrontar la separación de sus padres pueden llegar a manifestar algunas dificultades. Podríamos decir que generalmente son transitorias y sirven para “encender la mecha” con el objeto de reactivar las funciones parentales. En cada fase del crecimiento existen características y procesos evolutivos típicos que se presentan en el desarrollo de los hijos, pero lo que termina finalmente condicionando la re-adaptación de los vínculos familiares y puede instaurar dificultades y/o daños en sus hijos son principalmente tres factores:

1. Las respuestas activadas por los hijos para enviar señales y comunicar sus emociones.

2. La nueva adaptación con el mundo emotivo-relacional de los padres.

3. Y la capacidad de los padres de contener y satisfacer los requerimientos y necesidades para que puedan lograr recuperarse, re-acercarse bajo las nuevos tipos de vinculaciones y así buscar proteger a los hijos.

Dificultades en la Primera Infancia (0-5 años)

Los niños en esta fase se encuentran carentes de estrategias cognitivas y de instrumentos verbales claros, por lo cual se tornan irritables y/o indisciplinados; y generalmente lo hacen en ámbitos fuera de su hogar para que los que están “afuera” (familiares, otros padres de amigos, cuidadores, en el jardín, etc.) puedan informar a sus padres de que no están bien. Se cuidarán un poco más dentro de la propia casa, con el objetivo de “evitar” mayores problemas en casa, como si intentaran disminuir su dolor y evitar agrandar los problemas. Pueden también presentar dificultades en sus horas de juego, llorar, balbucear, tartamudear, regresiones varias (como por ejemplo levantarse por la madrugada, a los 5 años hacerse más seguido pis en la cama, etc.), dificultad ante el alejamiento de alguno de sus padres, inclusive comportamientos agresivos (tirar, romper cosas, tirar el pelo, pegar a otras personas más de lo habitual esperable en esta fase).

Todas estas respuestas se vuelven funcionales para ellos porque les sirven para re-activar aquellas prácticas educativas que calman las necesidades de pertenencia, seguridad y protección, buscando superando la inseguridad y el miedo que les produce lo que están viviendo.

Ambos padres deberían, mediante comportamientos previsibles (serían los hábitos a los que están acostumbrados en general) y encuentros regulares, empeñarse en la relación táctil, más kinestésica con sus hijos (abrazos, mimos, caricias, baño, bailar, etc.), mayor contacto visivo (mirar películas, sitios o apps educativas, etc.) y auditivo (hablar, escuchar canciones juntos, etc.). Y estos contactos deberían ser continuos, repetidos y sostenidos en el tiempo. Hará que los niños se sientan contenidos, acompañados y más tranquilos en relación a que siguen siendo amados y sus padres les prestan atención.

Dificultades en la Segunda Infancia (6-10 años)

En esta fase los niños comienzan a tomar más conciencia del mundo que los rodea, por lo tanto la separación tendrá repercusiones sobre ellos, que tienen que ver con la sensación de seguridad personal. Los adultos, apenas se separan pierden el rol guía y se convierte en el responsable de la inseguridad personal. Por este motivo es que en el desarrollo a esta edad podemos encontrarnos con niños inseguros, como consecuencia de la situación de soledad y de ausencia de apoyo por parte del adulto. Sentido de soledad, cansancio, somnolencia, insomnio, pérdida del apetito, distracción, disminución de los intereses por actividades o estimulación al juego, re-plegamiento en sí mismos, tristeza, resignación pasiva ante los hechos, ansiedad, etc., pueden desarrollar un sentido de inferioridad, dificultad al relacionarse, actitud retraída, agresividad y búsqueda de opresión a las personas que lo rodean.

Otros problemas que pueden llegar a aparecer: desinterés o dificultad en el aprendizaje, desórdenes alimentarios y el mecanismo de defensa de la “negación”, es decir, un mecanismo autoprotectivo con el cual intentan negar la realidad que les toca vivir.

Dificultades en la Preadolescencia (11-13 años)

Esta es la fase de la definición de las características somáticas, donde la petición es aquella de poder reflejarse en un adulto que los ayude a comprender, aceptar y entender los cambios físicos que comienzan a presentarse. Es el momento en el que comienza a nacer, en el preadolescente, la necesidad de una mayor autonomía en relación a la familia. Buscan con mas frecuencia experimentar todo aquello que tiene que ver con las relaciones de amistad, en donde ponen el foco de atención a su necesidad de mayor intimidad y búsqueda de sí mismo con el objetivo de poder diferenciarse de sus padres. Por lo tanto se activa esa parte fisiológica oscilante entre los sentimientos de desilusión e idealización de las personas adultas. Cuando la rotura de las relaciones parentales aparece en esta fase, los chicos cargan esos sentimientos que retienen sean más funcionales para obtener el refuerzo, reforzamiento del vínculo buscando su funcionalidad, con la intención que sus padres retomen sus roles parentales.

A nivel de los comportamientos, una de las reacciones podría ser la aceleración hacia una adultez física y al mismo tiempo, una precoz maduración psicoemotiva. O, por el contrario, la disminución y bloqueo de aquellos aspectos evolutivos típicos esperables para esta edad.

Dificultad en la Adolescencia y la Juventud

En línea con la fase precedente, los jóvenes viven varias dificultades que tienen que ver sus cambios corporales, a los cuales se agregan las preocupaciones económicas.

Ahora ya se encuentran en grado de comprender los esfuerzos y las limitaciones que sus dos nuevos núcleos formados deberán enfrentar. Miedos y preocupaciones prevalecen, atacando la tranquilidad de los hijos. La sensación de encontrarse limitados en sus recursos, en su desarrollo para expandir sus capacidades psicológicas y comportamientos, podrán hacer surgir dos reacciones polarizadas en estos jóvenes: una sería aquella de la aceptación del proceso de separación de sus padres, llevándolos a preguntar de forma agresiva, coercitiva y ansiosa la rotura de los lazos afectivos, con el consecuente sufrimiento emotivo.

La otra opción podría ser de desacelerarse o realentarse hacia un bloqueo evolutivo y emocional.

En esta fase lo importante será garantizar el sostén necesario que requieren en esta fase para mantenerse socialmente activos y realizar actividades que tengan que ver con la búsqueda de sí mismos. Esto permitirá que puedan enfocar mejor en sí mismos (que lo necesitan para seguir evolucionando su personalidad y capacidades relacionales), sin la necesidad de prestar atención a un proceso de separación, que más allá de no dejar de hacerles doler, es algo que deberán resolver los adultos.

Lo que es necesario que recuerden los padres… es que ustedes son los adultos y por lo tanto, si han decidido tener hijos, se hagan responsables también de la madurez necesaria para que tanto ustedes, como sus hijos, transiten y aprendan de los procesos de separación que nos acompañan a lo largo de la vida.

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