Secciones
Aguafuertes y Relatos

El provinciano universal

José "Pepe" Bianco expuso crudamente las consecuencias de este renunciamiento de Mastronardi: "Usted no sabe lo que es haber sido un escritor no acorde con su tiempo y, encima, de la misma generación de Borges".

Martes 21 de Mayo de 2019

–Mirá pibe, ese ahí de la mesa del rincón es Mastronardi– le dice un veterano mozo del Tortoni, morocho y retacón, a un joven estudiante de letras ávido de ver alguno de los escritores famosos que se suelen dar cita en ese lugar emblemático de la bohemia de Buenos Aires. El muchacho divisa a un hombre enjuto, de gafas y frente anchurosa sentado con las piernas cruzadas con elegancia mientras fuma displicente un cigarrillo embocado en una larga boquilla. Su presencia nebulosa, imprecisa, pasa desapercibida entre el bullicio de la gente y el ruido de platos y pocillos en el salón catedralicio. El joven lo observa minuciosamente tratando de identificarlo. Entrecierra los ojos como pidiendo ayuda a su memoria fotográfica, pero no hay caso. La asociación no llega.

–¡Es Carlos Mastronardi, el amigo de Borges!– dice el mozo como si fuese una obviedad mientras se aleja para atender al llamado de otra mesa.

Esta pequeña anécdota imaginaria –y no tanto– que podríamos situar tranquilamente entre los años 30 y 60 del siglo XX ilustra el lugar en el que la posteridad ubicó a este hombre y nos sirve para entrar en tema.

El "tema" es esa entidad oblicua, reservada, nocturna, atonal para su tiempo, indirecta en sentido lato, llamada Carlos Mastronardi, uno de los autores argentinos –y entrerrianos– más nombrados y paradójicamente menos leído. Escritor, poeta, ensayista, pensador, nacido en Gualeguay, en el año 1901.

La lectura de su obra, los numerosos testimonios de quienes lo trataron personalmente y de algunos pocos que lo estudiaron como autor nos permiten asomarnos a su genio y figura, inteligir el pensamiento de este hombre doblemente atractivo para quienes porfiamos en este asunto de escribir. Primero, porque fue un hombre autorrelegado, a destiempo, un escritor ajeno a las ruidosas vanguardias de su época, lo que le valió el ninguneo en bibliografías, estudios académicos, programas de universidades, y, segundo, porque hizo del método de creación literaria, del proceso de escritura, una preocupación central de su vida.

El escritor José "Pepe" Bianco expuso crudamente las consecuencias de este renunciamiento de Mastronardi: "Usted no sabe lo que es haber sido un escritor no acorde con su tiempo y, encima, de la misma generación de Borges".

Nacido en el seno de una familia de inmigrantes italianos llegados a Entre Ríos cuando aún no se había asentado la polvareda trágica de la última revuelta jordanista, Mastronardi tuvo una infancia feliz acompañando a su padre "mensurero" por los campos y montes de Entre Ríos. Es en esos tiempos cuando conoce a su copoblano Juan Laurentino Ortiz y la afinidad es inmediata.

De adolescente marcha a estudiar el bachillerato como pupilo en el renombrado Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, fundado por Urquiza en 1873, en cuyas aulas reverberan tonadas de todas las provincias argentinas. Una grilla de prestigiosos profesores, muchos de ellos franceses liberales, educa al alumnado de donde saldrá parte de la élite política, científica y cultural de la Argentina de comienzos de siglo. Su paso por el "Histórico" y sus intensas vivencias en "La Frater" (la Asociación Educacionista "La Fraternidad") dejarán su huella en Mastronardi, al igual que algunas amistades que durarán toda la vida, como la del incondicional Arnaldo Calveyra.

Luego de sus años en Concepción del Uruguay se instala en una pensión de Buenos Aires (no abandonará nunca el hábito monacal de vivir en piezas de hoteles), donde comienza una carrera en el periodismo que irá virando lentamente hacia una convivencia con las letras. Salvo un período de algunos años en que vuelve a su Gualeguay natal luego de la muerte de su padre, pasará toda su vida en la capital. Desde allí proyectará hacia su comarca entrerriana una nostalgia duradera, aunque abstracta e irreal, pasada por el tamiz de su particular proceso de creación poética.

Ahora bien, hasta el justiciero alumbramiento de la Obra Completa (Ediciones UNL, 2010) que habilita un reposicionamiento de Mastronardi en el campo de las letras argentinas (se agregó más de un tercio de obra inédita, además de valiosas exégesis y comentarios), el análisis de su producción se había limitado a sus tres títulos más conocidos: Conocimiento de la noche, Formas de la realidad nacional y Memorias de un provinciano. Pero luego de transitar la totalidad de su opera omnia, queda flotando la duda sobre cuál es el verdadero registro literario de Mastronardi: ¿El alusivo y musical "Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre", con el que comienza su famoso poema "Luz de provincia", en los que quizás sean uno de los más delicados versos surgidos de la poética entrerriana?, ¿o el de la prosa sesuda, pausada, medular, de sus Cuadernos de notas escritos a lo largo de su vida?
Él mismo dejaba planteado el desafío en estos términos: "Debemos pasar de un tono a otro para impedir que el lector nos aprisione, clasifique y reduzca a esquema. Que no se diga: "este libro es un cuadro de costumbres, o bien una novela erótica, o bien, un relato histórico, o bien..."

Tierra amanecida (1926) y Conocimiento de la noche (1937) nos proporcionan la materia prima poética de Mastronardi. Resulta agradable errar al azar por sus poemas, donde uno encuentra todo el tiempo líneas con las que se amiga de inmediato: "asoma mi niñez sobre las tapias", "la mañana mansita entró a mi pieza", "toca ese vals, curvada y mínima sobre el teclado", "renuncia este hombre opaco y extraviado al juego de los otros", "ponen ritmo al verano los grillos, naturales relojitos del llano".

Treinta años después llega Memorias de un provinciano (1967), donde Mastronardi expone meticulosamente acontecimientos, personajes, módicas confidencias y circunstancias de una vida -su vida- que cualquier cultor del género biográfico podría tildar de aburrida o exenta de sucesos apasionantes, pero que, sin embargo, sus dotes narrativas transforman en un lúcido retrato de una época en transición. Desde un arcaico -y no por ello menos impresionante- encuentro con una de las hijas de Urquiza en el mítico Palacio de San José, hasta las coloridas pinceladas de las que se vale para describir los encuentros de "La Peña", que funcionó durante años en el sótano del Café Tortoni de Buenos Aires.

"La Peña" fue una burbujeante usina metropolitana de toda una generación de artistas que contó entre sus miembros a figuras como Quinquela Martín, Alfonsina Storni, Enrique Santos Discépolo, Juana de Ibarborou, Baldomero Fernández Moreno, Roberto Arlt, Arturo Jauretche, y hasta el propio Gardel que una noche se cantó un tangazo para homenajear a Pirandello; mechada cada tanto con alguna presencia de lustre internacional, como Federico García Lorca, Ortega y Gasset, Arthur Rubinstein o el mismísimo Albert Einstein.

Conrado Nalé Roxlo –quien proclamó "provinciano universal" a Mastronardi–, no hesita en ubicar esta obra junto a Recuerdos de Provincia de Sarmiento como uno de los más ricos ejemplos de memoirs que ofrece la literatura argentina. En ella nos presenta veladamente las claves para entender que todo lo que elabora su escritura –incluso los paisajes de su provincia añorada– son reinvenciones de su proceso de creación literaria, no impresiones que edifica inspirado por su vínculo visual con el entorno. Todo lo contrario, se aleja de la identidad entre literatura y paisaje, tan propia de la poesía orticiana, por ejemplo.

Durante todo el período anterior, que arranca en 1930 y culmina en 1974 (dos años antes de su muerte), Mastronardi escribe notas en sus cuadernos, que salieron a la luz abarcando el período 1930-1970 como Los cuadernos del vivir y pensar. Escribía unas veces aforismos (los consideraba un medio eficaz de conjugar ética y filosofía), agudas reflexiones personales, así como sus particulares ideas sobre estética, literatura, filosofía, religión, y bosquejos o "larvas –en su decir– de futuros poemas o ensayos. Se trata, en definitiva, de un conjunto heterogéneo de pensamientos sobre el vasto universo de temas que despertaban su interés, de cuya concienzuda lectura todavía somos deudores morosos.

Poco tiempo antes de morir, Mastronardi retiró de una caja fuerte un paquete con papeles y se los entregó en mano a Elsa Serur de Osman, junto con una nota de autorización para disponer de ellos a modo de albacea literaria. Con respetuosa observancia de lo dispuesto por don Carlos, luego de su muerte, los Osman (Elsa y su marido Eise, médico y poeta, fueron generosos amigos del escritor en sus años finales) abrieron el sobre y se encontraron con un manojo de papeles, algunos manuscritos, otros tipeados a máquina, atados con hilo sisal y envueltos con un papel que oficiaba de tapa con la letra "B" escrita en él.
Todo indica que se trataba de los borradores y apuntes escritos durante cuarenta años para una obra que Mastronardi preparaba sobre su amigo Borges y que, no obstante, quienes las han estudiado en profundidad, afirman que no puede vislumbrarse el destino que pensaba darle finalmente. Solo una frase que encabeza las hojas manuscritas permiten entrever, no sin cierta ambigüedad, su propósito: Libro de Borges y elogio mío.

La relación entre Carlos Mastronardi y Jorge Luis Borges merece un capítulo aparte y excede el propósito de éste texto. Son conocidas las anécdotas de sus largas caminatas nocturnas por las calles de Buenos Aires y los mutuos elogios públicos que se prodigaron, si bien los textos póstumos –el suyo sobre Borges por un lado, y el de Bioy Casares de sus conversaciones con Borges, con ácidas referencias de éste sobre Mastronardi, por el otro– parecieran ensombrecer la sinceridad de ese vínculo entre ambos literatos, que se fue espaciando en el tiempo a medida que Borges crecía en fama mundial y frecuentaba otros círculos intelectuales.

A esta altura cabe preguntarse: ¿quién fue el escurridizo individuo Mastronardi? Quizás nunca lo sabremos a ciencia cierta. Enigma muy bien planteado en un original ensayo publicado recientemente ("Mastronardi", Miguel Ángel Petrecca, Edit. Neutrinos 2018).

Quienes lo conocieron y lo trataron, dejaron coincidentes referencias a sus hábitos nocturnos y solitarios, a la finura de su trato y a la generosa consistencia con que brindaba su amistad: Juanele Ortiz, por mencionar un caso cercano, reconoció que su primer libro El agua y la noche fue producto de la "inducción y diligencia" de Mastronardi, y el dramaturgo Arnaldo Calveira sentenció desde París: "y me tuvo tanta paciencia...". Algunos exaltan su don de buen conversador y narrador colorista y ameno" (Roxlo), otros, su rapidez para la réplica mordaz. Varios recuerdan sus filosas intervenciones epigramáticas en las mesas de cafés de Buenos Aires.

Mastronardi fue un caso anómalo, distinto, único, un caso que se alejó de las audacias literarias de su tiempo, elaborando en soledad y con la tenacidad de un orfebre un estilo propio, originalísimo. No necesitó del trampolín del "criollismo" ni de las modas para componer un lenguaje poético bello y apacible, sin perder nunca su condición de provinciano culto y pensador profundo.

Un verdadero provinciano universal.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario