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Diálogo Abierto. Entrevista con Celina Bratovich, directora del Museo Puerto Ciencia

"Por miedo o ignorancia, la ciencia es solo mecanicista"

Celina Bratovich, directora del Museo Puerto Ciencia. El mar y la Biología. Insectos y cambio climático. Una visión superadora del paradigma dominante.

Domingo 21 de Marzo de 2021

“Nunca tuve una mirada tan ingenieril, que no es mala porque es necesaria, pero trato de tenerla cada vez menos”, expresó la bioingeniera Celina Bratovich, titular de la cátedra de Fisiología y Biofísica de la Facultad de Bioingeniería, quien se pronunció por integrar otros factores determinantes de la estructura y funcionamiento del cuerpo humano al momento de la formación de los futuros profesionales, y como necesario campo de investigación y desarrollo. A su vez, la directora del Museo Puerto Ciencia se refirió a las dificultades de esas dos actividades, propias del contexto local e internacional.

La playa y el mar como patio

—¿Dónde naciste?

—En Comodoro Rivadavia pero me crié siete años en Rada Tilly, una villa balnearia muy tranquila y familiar, así que mi patio de juegos fue la playa, el cerro y el mar, donde juntaba caracoles, estrellas y mejillones. Luego fuimos todos los veranos, hasta mis 15 años. Me crié con muchos primos y la casa de mi abuela era el punto de encuentro.

—¿Otro lugar especial?

—En Rada Tilly había hamacas en la playa, así que veíamos amanecer mientras nos hamacábamos y cuando fuimos más grandes, cuando salíamos del boliche.

—¿Cómo te marcó este entorno?

—De muchas formas, ya que la Secundaria la hice en una tecnicatura en Biología Marina; la escuela estaba frente al mar y los recreos eran en la playa, donde recogíamos algas y moluscos. También me formó en lo que soy hoy porque comencé a participar en ferias de ciencias, y olimpiadas de Matemáticas y Biología.

—¿A qué más jugabas?

—Por el clima y el viento, mucho encerrada y leyendo Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, Julio Verme... Éramos tres hermanas y jugábamos a las muñecas.

—¿Lecturas particularmente influyentes?

—A los 12 años, en un taller literario leí Historias de cronopios y de famas, de (Julio) Cortázar, que me abrió la cabeza para leer a (Oliverio) Girondo, literatura argentina y latinoamericana. Cortázar es uno de mis preferidos.

—¿Y sobre divulgación científica?

—Veía y amaba en la tele a Jacques Cousteau.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi papá fue vendedor independiente, tuvo inmobiliaria, fue representante de empresas y viajante, y mi mamá es maestra jardinera, con su propio jardín hasta hace unos años, cuando se jubiló. Mi papá hacía el mantenimiento y construía juguetes y muebles, y también trabajábamos ahí durante los veranos.

Tubos de vidrio y un guardapolvo

—¿Desarrollaste una afición regularmente?

—No, hacía un tiempo cada cospero no me enganché con ningún deporte y fui a guitarra pero dejé.

—¿Sentías una vocación?

—Me imaginaba siendo científica aunque no tenía idea de qué hacía. Cuando comencé en la Secundaria a estar en contacto con esas actividades, también soñaba con eso, sin estar convencida. Imaginaba un laboratorio lleno de objetos de vidrios y un guardapolvo blanco.

—¿Materias predilectas?

—Lo relacionado con Zoología y Botánica marina, pues teníamos un profesor que nos lo hacía gustar mucho. Estudiaba mucho los animales y plantas.

—¿Hasta qué edad viviste allá?

—Hasta los 18 años, al terminar la Secundaria. Quería estudiar Biología Marina en Mar del Plata, pero estuvo cerrado el ingreso. En Internet encontré algo sobre Bioingeniería, la fusión entre Ingeniería y Biología, pero no lo tenía claro. Vinimos en diciembre con mi papá a anotarme, un domingo. ¡Imaginate Oro Verde en 2000, cinco casas, calor, mosquitos… era terrible! Vi el lugar y dije: ¡Por favor, qué hice! Volvimos, pasé el verano allá y volví en febrero, sola, enseguida me hice amigos de distintas partes del país y me di cuenta que era un lindo lugar.

Superando el mecanicismo

—¿Una cátedra que te convenció de que era lo deseado?

—La materia de la que hoy soy titular: Fisiología, de tercer año, el estudio del funcionamiento de los seres vivos y del cuerpo humano. Aluciné porque me di cuenta de su relación con la ingeniería. Encontré un grupo de docentes que quería demostrar que no solo somos una máquina, sino atravesada por emociones que nos controlan y transforman. Desde ese momento, hace 16 años, no salí de ese laboratorio. Primero y segundo año los hice promocionándolos completamente porque venía de una tecnicatura en la cual tuve Biología, Física y Matemáticas.

—¿Tuviste una idea más clara del futuro?

—Terminé esa materia y comencé a ser auxiliar y me di cuenta de que me gustaba la docencia.

—¿Cuáles son, en tu campo específico, los avances más importantes logrados desde aquel entonces?

—Fisiología es una materia muy clásica y no cambia, pero se incorporó cada vez más el estudio integrado del sistema psicoinmunoendócrino, o sea cómo las emociones se relacionan con el sistema nervioso e inmune; cómo estar triste nos enferma, cómo afecta el estrés… Las relaciones e interacciones entre esos tres sistemas, un campo que avanza cada vez más con más comprobaciones. Quien me formó como docente falleció, fue una pérdida terrible pero el equipo se propuso mantener esa línea, porque los bioingenieros lo tienen que tener claro. No por trabajar con equipos tienen que tener una visión mecanicista, ya que no todo funciona como un equipo de computadora.

—¿Se sobrevalora eso?

—Sí, porque es una facultad de Ingeniería y son pocas las materias relacionadas con la Biología, aunque en los últimos años se renovó el equipo de docentes con otra visión.

—¿Qué revisaste?

—Nunca tuve una mirada tan ingenieril, que no es mala porque es necesaria, pero trato de tenerla cada vez menos. Hay muchas cosas que hacer desde la Ingeniería relacionadas con esto.

—¿Te cambió en lo personal?

—Entender cómo funciona la cabeza y el cuerpo me dio una razón más fuerte para bajar un cambio en el tiempo que le dedicaba a la vida profesional, porque soy muy fanática y nerviosa. Y dedicarle tiempo a mi familia, al aire libre, al Yoga… Entendí que no dedicarle tiempo a esto también te enferma.

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El Museo acerca la niñez a la ciencia a través del juego y la experiencia

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Insectos y cambio climático

—¿Investigaste mientras estudiabas?

—Trabajé como becaria en dos proyectos, por eso tras recibirme comencé el doctorado y me orienté hacia el sistema de olfación de los insectos, porque no me gustaba matar ratas ni conejos. Medía señales eléctricas en el cerebro de polillas y las relacionaba con estímulos de olor. O sea, lo que pasaba en la antena y cerebro del bicho cuando los estimulaba con olores. Trabajé con olores relacionados con las feromonas y alimentos, analizando qué sucede al mezclarse con un aumento de Dióxido de Carbono. Es pensar cómo podría afectar a la química de los insectos si la concentración de Dióxido de Carbono aumenta por el cambio climático, ya que los olores son como un código de concentraciones que forman una imagen olfativa. ¡Es fantástico cómo el cerebro procesa eso! Y si cambiás las concentraciones deja de darse cuenta.

—¿Hay registros de cambios en insectos por este desequilibrio?

—Está comprobado que se afecta la comunicación pero no está claro si el cambio climático los afecta tanto. Mi tesis tiene relación con esto pero la tengo detenida desde hace dos años porque fui mamá. El cambio climático hace que el Dióxido de Carbono aumente gradualmente, entonces tal vez las especies se adaptan y no afecta el comportamiento, sobre lo cual sí hay información.

—¿Qué puede ocasionar un aumento abrupto de ese gas?

—Les inhibe para encontrar pareja.

—¿Puede desaparecer una especie?

—Podría costarles mucho más reproducirse, lo cual puede servir para pensar métodos de control de plagas. El Dióxido de Carbono es una señal utilizada por los mosquitos para encontrar, a mucha distancia, un mamífero y picarlo. Si lo rodeás de un entorno de mucho Dióxido de Carbono se le inhiben los sensores y no lo pueden encontrar. Claro que hay técnicas que cuando se quieren llevar a la práctica, no son viables.

—¿Qué países lideran la investigación y aplicación en estos campos?

—En Argentina se trabaja poco. En Alemania está el Instituto Max Planck cuyo laboratorio de Ecología Química trabaja muchísimo en ello y para mí es una referencia. En Estados Unidos hay varios grupos, uno en la Universidad de Arizona, y con algunos hemos hecho tareas de colaboración. Mi director de tesis vivió mucho tiempo en Alemania.

Nanotecnología y brecha tecnológica

—¿Qué hitos marcás, en un ámbito más amplio, como avances de la Bioingeniería?

—Todo lo que tiene que ver con tejidos, órganos artificiales y biomateriales avanzó muchísimo porque la Nanotecnología (manipulación de la materia a escala nanométrica) permite desarrollar materiales impensados hace diez años. Obviamente, es en el ámbito mundial, porque los presupuestos, equipamiento y tecnología necesarios, para nosotros son complicados. En la facultad se ha avanzado bastante en los laboratorios y tecnología para trabajar, pero demanda mucha plata y tiempo.

—¿Lo más sorprendente que conocés de Nanotecnología?

—No se me ocurre nada… (piensa unos segundos) lo que se trabaja con células que segregan químicos a demanda, como pequeños robots que censan lo que pasa en el cuerpo. Antes era impensable y ya hay mucha tecnología de ese tipo.

—¿Cómo conciliar estos vertiginosos avances con una mirada no exclusivamente mecanicista como la que señalabas?

—Es difícil porque no hay tanta gente investigando con miradas no mecanicistas, ya que te deja fuera de la industria de las farmacéuticas. No te deja plata, por eso es desigual la carrera y competencia si presentás en el Conicet un proyecto de cómo el Reiki o el Yoga mejoran el sistema psicoinmunoendócrino, sobre lo cual hemos hecho trabajos de extensión.

Ciencia ignorante y miedosa

—¿El primer gran contraste al investigar las energías sutiles?

—Algo muy simple pero que me abrió la cabeza, cuando estudié que hay sensores de vibración en el sistema digestivo que lo regularizan, y cómo el sonido de tambores los hacen vibrar. ¡Me pareció alucinante!

—¿Si todo es vibración y energía, por qué la ciencia está tan disociada de estos conceptos?

—No lo sé, puede ser ignorancia o miedo, pero está muy marcado. Hay temas que no aparecen en los libros de Fisiología, de Medicina, y hay que buscarlos en libros de Biopsicología. Por ejemplo, con respecto al estrés he leído mucho a una psiquiatra llamada (Andrea) López Mato, una buena divulgadora, quien relaciona la salud mental con el sistema psicoinmunoendócrino y analiza la influencia de las medicaciones y tratamientos sobre éste. Me ayudó para encontrar una conexión con lo fisiológico.

—¿Hiciste cruces entre Bioingeniería y ciencia del Yoga?

—Trato de dedicarme al Yoga para desenchufarme pero tengo compañeros de laboratorio que les gusta establecer esos nexos y también trabajan con Musicoterapia.

—¿En qué medida la globalización acorta la brecha tecnológica?

—La acorta entre comillas o ciertas cosas porque, por ejemplo, si necesito saber algo sobre un tema hay revistas con suscripciones pagas, así que necesito presupuesto de la Universidad o del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnica). El Ministerio de Ciencia y Técnica tiene una biblioteca digital pero no incluye a todas las revistas del mundo. Lo económico frena muchas cuestiones, incluso básicas. Para publicar un paper que llegue al ámbito mundial tenés que apuntar a una revista con evaluadores que lo consideren muy importante o una revista de acceso abierto pero que cobra 1.000 o 2.000 dólares. Pero no se puede, porque es el presupuesto de un proyecto completo. Conozco gente del Conicet que pone plata de su bolsillo, porque esas publicaciones te permiten ascender en la carrera científica.

—¿Y el acceso a la tecnología?

—Algunas cosas sí, pero hay un cuello de botella entre investigar en el interior y en Buenos Aires. En la Universidad de Buenos Aires te falta un insumo o se te rompe un equipo, salís de tu laboratorio, vas al de al lado y te presta; en Diamante, se me rompe un equipo o falta un insumo, ¿a dónde voy? Tengo que llamar a Santa Fe o Rosario y que me lo manden por correo, lo cual enlentece los procesos.

—¿Centros de investigación y museos que te gustaría conocer?

—Me encantaría conocer muchos. Alemania tiene centros de investigación increíbles y en cuanto a museos, París.

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Participación. La propuesta ofrece aprender y descubrir sobre la ciencia a través de los sentidos.
Participación. La propuesta ofrece aprender y descubrir sobre la ciencia a través de los sentidos.

Museo: entre la itinerancia y el deseo del edificio propio

Todavía angustiada por el incendio acontecido hace un par de semanas, que se investiga, se suma al vandalismo existente en la zona y que obligó a la clausura provisoria del Museo Puerto Ciencia, su directora describió la situación actual y las expectativas a futuro.

—¿Tu primera relación con el museo?

—En Comodoro Rivadavia, en la secundaria, cuando estuvieron de forma itinerante y fuimos de visita. Y acá, en segundo o tercer año; ya en la cátedra coordinamos proyectos finales que sirvieran para acá, al igual que proyectos conjuntos. En Oro Verde trabajo en divulgación en el centro integrador comunitario y cuando se jubiló el director César Osella, el decano me llamó para saber si quería sumarme al museo.

—¿Qué te propusiste?

—Tratar de darle un perfil actualizado según lo que hoy es la Bioingeniería, ya que nació desde un grupo de docentes que pensaba en ayudar a los ingresantes de la carrera con conceptos relacionados con la Física y la Matemáticas, y tiene esa impronta. La idea es agregar una impronta de la Bioingeniería, sin sumar tecnología ni sacar la interactividad que ya tiene. Hemos desarrollado algunos módulos que tienen que ver con la fisiología del cuerpo humano, pero venimos atrasados y ahora se suma lo del incendio.

—¿Qué nivel de integración hay entre museo y facultad?

—Es más institucional que real y tiene que ver con la distancia. Hacemos visitas con los ingresantes pero luego son pocos los contactos entre estudiantes, docentes y el museo.

—¿Existe la posibilidad de un edificio propio?

—Es el deseo, porque este espacio es lindo y visible pero no es nuestro. Tenemos que armar un proyecto serio y crecer.

—¿Con qué presupuesto funciona?

—Tuvo presupuesto de un programa de la universidad, terminó, y lo único que tiene es un presupuesto anual de la facultad, que alcanza para mantenimiento. El año pasado ganamos un proyecto en el Feicac (Fondo Económico de Incentivo a la Cultura, las Artes y las Ciencias) para talleres sobre medio ambiente y con la situación actual tal vez se vuelva a la itinerancia en las escuelas.

—¿Tienen página en Internet?

—En Instagram y Facebook, la página de la facultad, pero estamos tratando de armar un recorrido virtual del museo.

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