Por Tirso Fiorotto/De la Redacción de UNO
Paraná, una ciudad difícil para andarla en dos ruedas
Nos ha escrito la joven María Carla Zapletal para señalarnos la necesidad de revisar la traza urbana. Su carta enumera las trabas y los derechos suprimidos, no tiene desperdicio, y por eso la vamos a reproducir completa en esta columna.
Antes de eso, motivados por esa reflexión, nos proponemos mostrar el contexto de este reclamo para apuntar que estamos ante una suma de dificultades que, en las personas con capacidades diferentes, actúan en sinergia (se potencian unas a otras) para hacerles el desplazamiento casi imposible.
Digamos, de entrada, y para dar paso a la voz de Carla, que la falta de educación vial en la capital entrerriana impide muchas veces cumplir con reglas básicas como dar la prioridad de paso al peatón (derecho obvio), porque no faltan los apurados que presionan con sus bocinas, o que aprovechan que el de adelante marcha lento o frena para arremeter con su vehículo y ganar dos metros, en su alocada competencia.
Hemos sido testigos de episodios en que el automovilista insulta al que frenó para dar paso a una embarazada, a una persona mayor, aunque todo fuera de modo sereno y no hubiera una sola infracción.
La presencia de un agente de tránsito no siempre facilita el cruce de una calle, porque en general estará atento solo a los vehículos. Se añade la saturación de las calles con autos, camionetas, motos, sea en tránsito o estacionados, en arterias con veredas muy angostas como ocurre en el centro de la ciudad, de modo que caminar por ciertas zonas ha dejado de ser un paseo para convertirse en un riesgo.
Y lo peor: todo tiende a desmejorar. Así es que la provincia va siendo un desierto en enormes distancias por el éxodo rural y semiurbano, mientras las familias sufren el hacinamiento en las calles de su capital, como hacinadas están en muchos barrios.
El juego limpio
Los conductores, cada vez más nerviosos y con el pedal fácil, suelen aceptar el mandato del agente o del semáforo (no siempre), pero en las calles sin semáforo cada cual acelerará para ganarse un lugar, porque sabe que, si cede, en la otra cola no habrá muchos dispuestos a devolver el “favor”.
El “fair play” (juego limpio) no es lo habitual en una comunidad de apurados, y las consecuencias pueden observarse en la creciente cantidad de choques, roces, discusiones, de las que pueden dar fe los agentes de tránsito y los policías.
No insistiremos en un tema que ya tocamos días atrás, y es el de los accidentes fatales en las calles y rutas de la Argentina (20 muertos por día en promedio).
Demás está decir que en casos extremos algunos automovilistas han llegado a sacar un puñal, una pistola, para dirimir conflictos estúpidos, lo que revela el estado general de la comunidad.
Paraná es difícil para caminar. Mientras en otras ciudades se respeta cierta continuidad en las veredas para el desplazamiento, en esta ciudad ondulada los declives se resuelven con escaleras, con cambios abruptos. En suma: uno marcha a los saltos.
Esos desniveles propios de una ciudad enclavada sobre las barrancas del Paraná dificultan también el tránsito en bicicleta, porque por ahí la subida es muy empinada, o la bajada nos exige frenos especiales.
No podemos olvidar que las calles son compartidas con familias u obreros en carritos con tracción a sangre que necesitan más que nadie un lugar por donde cumplir con sus tareas, y que debieran contar con una atención especial o algún “privilegio”, si se considera que el Estado está precisamente para facilitar servicios esenciales a todos.
Tampoco olvidaremos que, en las noches, las calles están atestadas de vehículos (principalmente motos) sin luces. Lo comprobamos a diario y no deja de asombrarnos este fenómeno que nos atormenta. Una moto sin luces pone a sus ocupantes en un peligro de muerte, porque el auto puede alumbrarlos pero cuando se enfrentan dos vehículos existe un encandilamiento de unos pocos metros que impide identificar ese bulto. Y eso se suma a la actitud de atropello que muestran muchos automovilistas que se creen dueños. Todo confluye así para hacer de las calles un “no lugar”.
Por supuesto, entendemos que al tratarse de un problema de muchos, el Estado debe intervenir para superar esas dificultades de alguna manera, que para eso está.
A esta concurrencia de problemas en la calle se suma la costumbre de las empresas que realizan obras viales de no facilitar el tránsito, no orientar a los viajeros, cuando cortan una arteria. En algunos casos ni siquiera arreglan las calles aledañas para el desvío de alto tránsito, de modo que los vecinos pueden acomodarse porque conocen la zona pero quienes están de paso se las ven en figurillas, y deambulan por ahí en callecitas precarias buscando un intersticio para retornar a la ruta.
Ahora: si el caminante se encuentra con obstáculos a cada paso, y el ciclista se las ve en figurillas en un mar de automóviles y camiones, qué decir del vecino o la vecina que deben conducirse en silla de ruedas, y que en una comunidad solidaria y atenta serían, sin dudas, el centro de las consideraciones.
Generando conciencia
María Carla Zapletal nos entregó una carta nacida de sus vivencias diarias. Carla estudia, escribe poesías, se ayuda con la voz de una computadora para poder expresarse con mayor claridad en las reuniones. En cuadro aparte, una poesía de nuestra corresponsal. Aquí su carta, su presentación, textual, y su reclamo que hacemos propio.
Soy María Carla Zapletal, padezco un síndrome mitocondrial (enfermedad producida por falta de oxígeno en las células afectando lo motriz, o sea, piernas, brazos y habla).
Vivo en Paraná y desde el año 2012, gracias al Departamento de la mediana y tercera edad (de la Universidad Nacional de Entre Ríos –UNER-) he logrado integrarme en la sociedad pese a mi dificultad motriz.
Lamentablemente esta ciudad no está preparada para discapacitados, por ejemplo: en edificios públicos como facultades, secundarios, primarias, jardines, museos, bibliotecas, Casa de Gobierno y, lo más irónico, Ministerio de Salud, no hay rampas o están cerradas con rejas y si no hay un señor que abra, no se puede entrar.
En esquinas aledañas al centro hay pocas rampas o están mal hechas. La vereda de la catedral simula tener rampa pero es una peligrosa rejilla. Veredas angostas, destruidas o con baldosas sueltas.
“Contemplarán un ancho mínimo en todo su recorrido de 1,50 m que permita el paso de dos personas, una de ellas en silla de ruedas. Los solados serán antideslizantes, sin resaltos ni aberturas o rejas cuyas separaciones superen los 0,02 m. Las barras de las rejas serán perpendiculares al sentido de la marcha y estarán enrasadas con el pavimento o suelo circundante. La pendiente transversal de los senderos y veredas tendrán un valor máximo de 2% y un mínimo de 1%. La pendiente longitudinal será inferior al 4%, superando este valor se la tratará como rampa”. Es un fragmento del artículo 20 de la ley nacional 24314 promulgada en el año 94.
“En edificios a construir, el o los accesos principales, los espacios cubiertos, semicubiertos o descubiertos y las instalaciones cumplirán las prescripciones que se enuncian, ofreciendo franqueabilidad, accesibilidad y uso de las instalaciones a las personas con movilidad y comunicación reducida”. Fragmento del artículo 21 de la ley nacional 24314 promulgada en el año 94.
Debo destacar la amabilidad de algunas personas por ayudarme o intentar hacerlo.
Me siento discriminada por los gobernantes pues la ley es nacional y no se cumple. Paraná tiene shopping y no tiene calles, veredas, edificios públicos para todos y encima discriminan ¿y así quieren fomentar el turismo?
Para hacer que Paraná no sea ciudad de paso primero arreglen las cañerías, veredas y calles (a un horario nocturno para que el tránsito no sea un caos). Esta ciudad está quedada en el tiempo. Los gobernantes hacen oídos sordos y piensan que Paraná sigue siendo un pueblo y ya es una ciudad pujante.
Respetar las diferencias, permitir a los demás expresarse, nos ayuda a crecer y enriquecernos. No soy una cronista, solo una ciudadana de esta comunidad que reclama sus derechos.
La carta
¿Discapacitados?
La ignorancia
que todo lo sabe,
que todo lo ve,
es parte de la humanidad.
En silla de ruedas me muevo,
por mis brazos que con dificultad se mueven,
por mis piernas que se tambalean,
al compás de mi alma.
Sólo Dios me sostiene, sólo él me cubre,
cuando sin fuerzas quedo, él me las da.
Gracias a él estoy viva.
Gracias por todo Jesús.
Entre la soledad y la esperanza
quisiera que con la mano en el corazón todos oigan
mi desesperado grito…
Los discapacitados también capaces somos
María Carla Zapletal













