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Masculinidad y Machismo: ¿A qué le temen los varones?

Hugo Huberman, coordinador de la campaña Lazo Blanco en Argentina y Uruguay, analiza el fenómeno de suicidios de femicidas, escraches y el trabajo para construir masculinidades sanas

Jueves 07 de Febrero de 2019

Por Bárbara Favant / UNO Santa Fe


Solo en enero hubo 24 femicidios en los que el 84 por ciento de los casos el asesino conocía a la víctima. Significa casi un crimen contra las mujeres por día en Argentina. La preocupación por la violencia machista se incrementa a cada minuto, al igual que la resistencia a la Educación Sexual Integral y otras herramientas o políticas que interpelan a que los varones revisen sus prácticas sociales en relación con las mujeres y disidencias para construir relaciones igualitarias.

De los datos sobre la violencia contra las mujeres y diversidades, se desprende que tres de cada diez femicidas terminaron con su vida, lo que supone un aumento en las tasas de suicidio y de intento de suicidio. "Las cifras de hombres que terminan suicidándose son altas desde hace varios años. Queda claro que no sabe lo que hizo, no se hace cargo", explica a UNO Santa Fe Hugo Huberman, Psicólogo social, coordinador de la Campaña Lazo Blanco y miembro de la coordinación de la Red Argentina de Masculinidades por la equidad.

"Un hombre –continuó– deja de ser violento cuando acepta, primero, que ejerció violencia. Para tener respuestas a esa responsabilidad, tiene que ser una responsabilidad social. Lo tiene que hacer en grupo porque fuimos educados en grupos de hombres entonces es necesario que nos hagamos responsables en grupos de hombres. Y para eso hay que armar, diseñar, construir, acompañar un lento proceso de cambio emocional de los hombres".

"Tenemos emociones en las que hemos sido educados que en el 90 por ciento son malignas para nosotros y por ende, para los demás. Recuperar la posibilidad de lo humano, de reeducarnos emocionalmente para sentir que soy pleno, que eso a lo mejor nos lleva a ser menos hombre tradicional y más humano", agregó.

Lazo Blanco es una organización que nuclea a hombres de todo el mundo para trabajar en terminar con la violencia contra las mujeres, a través de actividades. En Argentina la ONG actúa junto a algunos gobiernos locales de provincias como Entre Ríos, Córdoba, Santiago del Estero, Buenos Aires, y en Santa Fe (en Gálvez y en la capital provincial).

En la ONG dan talleres a hombres que tienen instancias judiciales (medidas cautelares por exclusión del hogar o perimetral) por violencia machista en un curso llamado "Reeducación emocional y responsabilidad social para varones".

—¿Cómo se generan espacios para que los varones trabajen en grupos desde una perspectiva de género?

—Es difícil, a nosotros nos cuesta muchísimo. Trabajamos con hombres que generan violencia, que están judicializados. Pero hay que trabajarlo, no queda otra. No podemos trabajar siempre sobre las mujeres, porque son parte del problema, no son el problema. Si no cambiamos la desigualdad cultural y si no trabajamos con hombres esto no va a cambiar. El trabajo con hombres es estar donde los hombres están.¿Dónde? en las canchas de fútbol, en los estadios, en inferiores. Mirá lo que ha pasado con las inferiores de Independiente y de River. No se educa ni una sola masculinidad. Eso si hablamos de futbolistas.

"No hay una receta, en Montevideo hemos hecho rondas de varones. Hay que armarlos. No hay una categoría metodológica, sí algunos datos de educación popular, trabajar cara a cara, sin denigrarse, empáticamente, rechazando juntos las violencias ejercidas. Excepto el femicida, es un caso aparte. En los grupos que coordinamos no aceptamos ni femicidas ni abusadores sexuales", añadió.

—Los varones de hoy, ¿temen a ser escrachados?

—Una cosa es la violencia contra las mujeres, y otra es el miedo de los hombres. La primera está generada por esta visión machista, patriarcal, de la superioridad masculina de todo lo que es percibido como femenino. Incluso niños y niñas. Entonces, esta es la violencia. El miedo de los hombres es un miedo que tenemos desde que nacemos. Es el miedo a ser menos hombres. Es un miedo que la cultura nos otorga porque nos inculca un solo modelo de masculinidad: el masculino hegemónico.Es el que tiene poder, el que tiene plata, coches, minas, poder político, el que hace lo que quiere, que se caga en todo, que tiene impunidad para hacer las cosas. Ese miedo se está empezando a traducir en un miedo cultural que quiebra el modelo educado. Y está bueno que aparezca, porque podemos expresar nuestros miedos; nunca lo hacemos. Porque el varón que expresa sus miedos deja de ser varón en ese momento para convertirse en "maricón", según las palabras que dice la gente, la cultura. No está bueno que sigamos jalando el gatillo de la desigualdad. Ahí es donde tenemos que trabajar profundamente con los hombres para que puedan visibilizar, no por miedo, sino por derechos la desigualdad".

"Hay que empezar a reflexionar qué les pasa en la vida, de dónde viene ese miedo. Aprovechar ese miedo de las redes sociales para preguntarles, ¿es miedo a ser escrachados o es miedo a otra cosa? Ningún varón te va a decir que tiene miedo de salir a la calle. Yo tengo miedo de salir a la calle y lo digo. Pero estamos inapropiadamente preparados para decir nuestras emociones. Se silencian. Por eso tenemos muertes de hombres muy prematuras, porque mueren de eso. Explotan", expresó.

—¿Qué significa la prisión para un femicida?

—Las sanciones son una sensación social, significan. Es una sociedad que sanciona a un femicida. Si a ellos les hace bien o mal no lo sé. Sé que les corta la vida. Y está bien porque no sirve solamente que salgamos a la calle a reclamar sino que tiene que intervenir el Estado como garante de derechos. Nos falta mucho todavía. Lamentablemente en el medio van cayendo mujeres.

—¿Qué lugar ocuparía la implementación efectiva de la Educación Sexual Integral?

—Un lugar fantástico, sabio. Porque hablar de educación sexual integral es hablar de género. Tenemos que hablar de que existen distintos géneros y que la diversidad está en cada uno de nosotros. Recorro el país y puedo asegurar que es poco lo que se implementa, y ayudaría a desmitificar valores que están sobreentendidos e incluso las prácticas. Hay lugares en que pasa que a la hora de dar ESI les dicen a las nenas que se queden y a los nenes que se vayan porque ya saben demasiado. Y nosotros no sabemos nada sobre nuestra sexualidad. Nada. Nada. Nada. No tenemos nada para enseñar y tenemos mucho para aprender. Es muy difícil que reconozca en su relato su primera mojada de pantalón, de sábana, por ejemplo, porque tuvo que tener una fantasía erótica sexual a los ocho, nueve, doce años. Lo que él sabe es que no es orín, pero no tiene a quién contarle ni con quien hablarlo, y eso da mucho miedo. Y tiene que ver con las relaciones, con lo humano. Es necesaria la ESI porque la sexualidad es cultural, no acepto que me digan que es natural. No hay nada natural, es todo cultural. Por eso cambia con los siglos, sino nunca hubiera cambiado si fuera así inherente a lo humano. Hay que construir una base cultural más humana, más sencilla, de mayor relación, de mayor apropiación de derechos donde no haya relaciones malas.

—¿Cómo es la experiencia de trabajo de los talleres?

—"Los hombres que están en los talleres vienen con una medida cautelar. Esto es un problema. Lo pueden ver como problema o como oportunidad. Como problema es que vienen obligados, y vienen como víctimas cuando han sido victimarios. Entonces hay que hacer todo un proceso en conjunto con ellos de dar vuelta la tortilla y entender que cometieron un delito. Que están aquí por un delito. Después veremos si la acusación es verdadera o falsa. Pero a mi no me preocupa porque la acusación existe y no conozco a ninguna mujer que se levante de la cama hoy y haga una denuncia por violencia de género a su pareja en 24 horas, sino que es un proceso de larga fermentación. Entonces es una denuncia, el juez tiene que actuar y están acá para asegurarse una garantía de derechos de sus compañeras. Cometieron un delito, de ahí partimos. Es complicado porque hay que generar la adherencia del tratamiento al grupo. Y algunos se quedan y otros se van. La mayoría se va, no terminan. Calculamos entre siete meses y un año, un encuentro de dos horas semanales".










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