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Tres décadas de muertes, dudas y peligros no resueltos

Sábado 30 de Noviembre de 2019

Comenzaron a construirse en 1988, a partir de 1992 lograron aceptación y 27 años después se siguen llorando víctimas por los accidentes de los colectivos doble piso. Y casi siempre es la misma historia: la inestabilidad de las unidades que no permite realizar maniobras a los choferes.

En la tragedia del jueves en la ruta 2 camino a San Clemente del Tuyú murieron dos niñas, sufrieron graves heridas otras y muchas quedaron shockeadas.

El luctuoso suceso reinstala el debate con especialistas que llevan años describiendo la peligrosidad de viajar en colectivos doble piso, empresarios defendiendo su inversión; investigadores evaluando inclinación de los micros para lograr la habilitación, y la responsabilidad del chofer en el manejo. A eso se suma el estado de las rutas argentinas –con muy bajo mantenimiento, poca inversión y nada de planificación– y la falta de controles de velocidad permitida.

Pero fundamentalmente se volvió a poner en el tapete la estabilidad de estas unidades, aspecto que ha atravesado estas tres décadas de su presencia en las calles.

Desde los primeros accidentes o vuelcos en que estuvieron envueltos, emergió el planteo de la difícil solución que sería para esta problemática prohibirlos –como ocurre en Europa, y limitados en muchos otros–, ya que no hay en forma inmediata la cantidad necesaria de ómnibus tradicionales para suplirlos.

Un caso similar nos tocó muy de cerca. Ocurrió en el Acceso Norte de Paraná, en abril de 2006, donde murieron tres personas y una niña sufrió la amputación de ambos brazos: no hubo rastros de colisión, y la primera hipótesis fue la excesiva velocidad en el rulo de la intersección del acceso y la ruta, sumado a la falta de señalización y nula iluminación.

UNO dialogó en aquel entonces con especialistas para investigar el tema y plasmar sus opiniones. Coincidió con un período en que se gestaron numerosas iniciativas en el país para prohibirlos: empresarios, funcionarios y gremio resistieron como corporación.

Hoy, algunas instituciones u organismos dedicados a la seguridad vial vuelven a admitir los riesgos de su circulación por las rutas. Ya por aquellos años la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) partió del presupuesto que los ómnibus de doble piso son “inestables”, y que el peligro de vuelco aumenta cuando sus bodegas están vacías y sólo llevan pasajeros en el piso superior. Un estudio pedido por la Secretaría de Transporte de la Nación, también consideró otros factores, como el mal estado de las rutas, la falta de inclinación adecuada de las curvas de alta velocidad (peralte) y la incidencia del clima, por caso los fuertes vientos.

Pero la Comisión Nacional de Regulación del Transporte respondió en un informe oficial que “si bien las unidades de mayor altura presentan menor estabilidad, no existe mérito suficiente que permita excluir a este tipo de rodados del servicio”.

Los empresarios, por su parte, brindaron informes con el que buscaron descartar la supuesta inseguridad de esas unidades. Y cuestionaron las conclusiones de estudios de universidades nacionales.

Desde entonces cambió la tecnología y seguramente muchas medidas de seguridad. Sin embargo, las posturas siguen opuestas entre unos y otros, y la tragedia se repite: una estadística nacional reveló que el año pasado murieron 21 personas en 16 accidentes que involucraron a este tipo de unidades.

Surgidos tras la paralización del transporte ferroviario en casi todo el país en el inicio del gobierno de Carlos Menem, aparecieron para poder llevar más pasajeros: donde antes viajaban 42 personas como máximo –colectivos tradicionales– hoy pueden hacerlo 54.

Casi 30 años después, el debate sobre la seguridad de estos micros, insólitamente no está saldado. Los peligros están tan latentes como los miedos de los padres por sus hijos al producirse estas penosas y trágicas situaciones.

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