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Los números de la pandemia

"...Apremiados por la circunstancias, los jefes de los estados más poderosos del mundo activan estos mecanismos de supervivencia a la pandemia..."

Miércoles 01 de Julio de 2020

Después de varios meses de cuarentena, de aislamientos o restricciones. Después de idas y vueltas en cuanto a las medidas sanitarias. Después de escuchar apocalípticos y negadores de la crisis, varios de estos últimos por nuestra zona. Y especialmente ante la incertidumbre de lo que sucederá con la pandemia, algunas informaciones transmiten con contundencia lo que sabemos de lo que está pasando.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó la semana pasada una alarmante previsión, al señalar que la caída del PBI en el planeta será este año de al menos el 4,9%, lo que representa una magnitud nunca vista en las diferentes crisis globales. El FMI evaluó que la pérdida en la economía mundial a causa del Covid-19 será del orden de los 12 billones de dólares, que es más o menos el monto del PBI de China.

Una nota publicada el sábado por la periodista Luisa Corradini advertía sobre las consecuencias “inimaginables” del impacto de la pandemia en la economía. Perfectamente utilizado el término, resulta toda una dificultad imaginar, darse una idea, de lo que representa que más de un tercio de los empleos del mundo se vean amenazados, entre ellos sectores como la industria automotriz estadounidense, que sigue siendo el principal empleador industrial en ese país; y lo mismo sucede con el turismo y el comercio europeo.

En el gigante asiático hay 250 millones de puestos de trabajo en riesgo, mientras que en Estados Unidos se registró durante marzo una destrucción de empleo que alcanzó a 13 millones de personas ; y en abril llegó a 20,5 millones; y en mayo y junio se espera que haya seguido subiendo.

En Europa se estima que se perderán 60 millones de puestos de trabajo pese a que varios países, encabezados por Alemania, tomaron medidas que eran impensables hace algunos meses, para sostener a los sectores más castigados.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) entre las consecuencias de la aparición del nuevo coronavirus debe contarse la pérdida de 200 millones de puestos laborales, lo que repercutirá en una caída de ingresos de unos 2.000 millones de dólares.

La hipótesis de esa nota periodística es que, además de la asombrosa magnitud de la crisis social y económica, resulta inaudita la reacción de los gobiernos de los países más ricos del mundo. Sostiene la autora que se derrumbó el “mito de que las democracias son incapaces de tomar decisiones excepcionales en forma rápida”, y por el contrario, cree que los gobiernos occidentales parecen estar a la altura de las circunstancias, al menos en este aspecto.

“Aterrados por la hecatombe y la inevitable proletarización de gran parte de sus sociedades, los dirigentes de las grandes potencias no dudaron en apoyar a sus bancos, empresas y ciudadanos con créditos y subvenciones jamás igualados”, señala Corradini.

Los bancos centrales de Japón, China y Corea del Sur fueron los primeros en desembolsar sumas fabulosas para atemperar la caída. En marzo, la Reserva Federal de Estados Unidos compró activos por valor de hasta 90.000 millones de dólares por día, lo que supera la suma mensual de la que solía disponer para esos fines.

En la misma actitud, el Banco de Inglaterra decidió, por primera vez en su historia, financiar directamente el presupuesto del Reino Unido.

Se sabe que el Banco Central Europeo se lanzó a la compra de títulos sin ningún límite, lo que hizo que tenga en este momento un porcentaje de la deuda pública de la eurozona que supera el 20% y sigue creciendo.

La canciller alemana Angela Merkel es hoy la principal impulsora de un gigantesco plan de reactivación del bloque europeo, sin considerar siquiera la cláusula constitucional que en ese país obliga al déficit cero, ya que su objetivo es promover una mutualización de la deuda para asistir a los socios pobres de la Unión Europea, incluyendo a Italia, España e Italia.

Apremiados por la circunstancias, los jefes de los estados más poderosos del mundo activan estos mecanismos de supervivencia. No tienen la misma posibilidad los países más pobres para intentar evitar que esta crisis profundice las diferencias preexistentes.

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