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La gira de Alberto

Viernes 07 de Febrero de 2020

El presidente Alberto Fernández consideró ayer que su gira por Europa había salido de la mejor manera posible. Y lo cierto es que parece tener razón, ya que el mandatario se trajo no solamente el apoyo del papa Francisco, quien es al fin de cuentas un argentino que no puede desconocer lo que las recetas del Fondo Monetario Internacional han significado para Latinoamérica; sino también el aval de la dama de hierro alemana Angela Merkel, preocupada siempre por el bienestar de sus compatriotas casi exclusivamente; o del titular del gobierno francés Emanuel Macron, aquel que desairó a Macri cuando el entonces presidente quiso sellar un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea que perjudicaba a los productores agropecuarios galos.

El espaldarazo de los gobiernos español e italiano tal vez no haya resultado tan sorpresivo, aunque tampoco podían darse por hecho antes del viaje.

¿Estarán conmovidos estos ciudadanos por la postura de Alberto? ¿Se sentirán defraudados porque la versión que les daba Mauricio Macri de la situación argentina no era la correcta? ¿Será en todo caso tan elocuente la oratoria del Presidente argentino para motivarlos a sostener esa posición de apoyo al pedido de renegociación del endeudamiento argentino?

Uno supone que esto no es lo central, que no se trata de posturas personales, ni de sentimientos, sino de definiciones políticas. Alberto cosechó fuertes respaldos políticos de mandatarios que entendieron que el FMI no puede cobrar a sangre y fuego un préstamo, el más grande de su historia, otorgado irresponsablemente a un gobierno que nunca cumplió con las condiciones establecidas para acceder al endeudamiento y que además permitió que buena parte de esos fondos se fugara del país.

La situación está lejos de ser casual. Resulta razonable el planteo del Presidente acerca de que primero el país debe crecer para luego poder pagar lo que debe, pero también ese argumento surge de un recorte de la realidad. Bien podría pensarse así dentro en una lógica que exalte al capitalismo sin atenuantes.

Pero pagar la deuda contraída por autoridades legítimas, aunque de manera irresponsable, a costa de la salud, la educación o la alimentación de millones de argentinos poco tendría que ver con el compromiso de promover una economía más justa y humana.

El papa Francisco insiste en señalar que la economía debe tener en cuenta a todas las personas, así como a las generaciones presentes y futuras. Y que un capitalismo inclusivo, “que no deja a nadie atrás, que no rechaza a ninguno de nuestros hermanos y hermanas”, es una aspiración noble y digna de los mejores esfuerzos.

La búsqueda de un modo de producción de riqueza que no menoscabe la dignidad de las personas “implica superar una economía excluyente y reducir la brecha que separa a la mayoría de las personas de la prosperidad de la que gozan unos pocos”, señala habitualmente Jorge Bergoglio.

No hace falta ser católico, ni profesar religión alguna para entender que se requiere con urgencia un sistema económico más justo, que permita el desarrollo integral de las personas y la convivencia armónica de los distintos sectores de la sociedad. El ajuste tiene un límite, y siempre se marca con dolor y sangre. Las recetas del FMI en Latinoamérica, y en otros lugares del mundo “periférico”, dan cuenta de esa situación.

“Una mirada a la historia reciente nos muestra que un sistema económico saludable no puede basarse en ganancias a corto plazo a expensas de inversiones y desarrollo productivos, sostenibles y socialmente responsables a largo plazo”, explica el Papa. En esta parte del mundo conocemos la diferencia entre crecimiento y desarrollo, y que de poco vale crecer si las personas no pueden desarrollarse.

Tal vez tenga razón Fernández en que su idoneidad política haya servido para esclarecer la situación del país frente a presidentes poderosos. Pero ojalá se haya quedado corto en el análisis y la postura de estos presidentes signifique que comienza a verse que no puede existir un sistema económico para el cual el hombre no tenga valor en sí mismo.

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