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La calle, ese lugar de resistencia

Miércoles 27 de Noviembre de 2019

Los movimientos sociales volvieron a marcar presencia en las calles. Con demandas legítimas levantaron la voz contra las políticas estatales, pero además denunciaron los crímenes contra las mujeres, el avance del modelo agroindustrial que envenena a los gurises en las escuelas rurales y la represión a manifestantes en Chile, Bolivia y Ecuador.

La transformación de la sociedad en medio de un proceso de crisis también llevó a mutar los métodos de la protesta social y sus actores. Todavía en la memoria colectiva permanece presente el poder de convocatoria de los gremios estatales, sobre todo a partir de la década del 90, con Edgardo Massarotti como principal abanderado. En ese punto quizás radica la principal diferencia con los tiempos que corren: las organizaciones, lejos de construirse en forma vertical, apelan a una construcción más horizontal con pluralidad de voces y voluntades. Ese fue uno de los principios fundadores de la Multisectorial que contuvo las demandas de diversos sectores, más allá de las tensiones políticas que se fueron dando en el proceso de unidad. Desde esa base de pensamiento se puso al frente de las luchas sociales en 2001 y se nutrió de toda una generación que soñaba con otra forma de hacer política.

Son los hijos de aquel 2001 los que se apropiaron de las calles y de las nuevas demandas de la sociedad. Al calor de los reclamos por mayor acceso al campo laboral, también se fueron gestando otros colectivos que visibilizaron cuestiones de género, impulsado por el movimiento feminista argentino.

Esta expresión ha sido una de las experiencias políticas más interesantes, por lo menos desde la recuperación de la democracia. Para las mujeres, pero también para los sectores disidentes (travas, trans y lesbianas), la necesidad de reclamar por sus derechos ha puesto en discusión un modelo cultural impuesto por el patriarcado que se traduce diariamente en violencia sistemática hacia las mujeres.

Se trata de uno de los sectores más movilizados de las últimas décadas, y esa fuerza se explica en la unidad no solo de las mujeres, sino también de los sectores trans, travas, gays, lesbianas y bisexuales. Es cierto que dentro de esos grupos todavía conviven fuertes tensiones por las diferentes simpatías partidarias, pero esta circunstancia no le quita fuerza a un colectivo joven, de una fuerte transversalidad y que en el caso del feminismo tuvo su origen en los primeros Encuentros de Mujeres en la década del 80.

La calle, ese lugar de resistencia que en los últimos años seguirá siendo la caja de resonancia de muchos conflictos, como quedó demostrado con la última marcha en Paraná donde se conmemoró el Día Internacional por la Erradicación de la Violencia contra la Mujer. “Nos mueve el deseo de cambiarlo todo, ya no nos basta con la igualdad de derechos, queremos poner todo patas para arriba. Estamos armando un mundo feminista con otra política, otra ciencia otra economía, otras palabras, otros gestos para habitar nuestros cuerpos en otras relaciones”, decía uno de los fragmentos del documento leído en la puerta de los Tribunales de Paraná.

Y vaya si lograron cambios en la sociedad, empezando por aportar a tener una mayor conciencia sobre el flagelo de la violencia machista. Y lo más importante, esta lucha permitió la conquista de nuevas leyes que procuran la ampliación de derechos para las mujeres. Es una nueva ola que sigue avanzando sin miedo a los desafíos y conflictos que se avecinan.

Uno de los desafíos por delante es cómo será la relación con el nuevo gobierno y la discusión de temas como la legalización del aborto, pero también la efectiva ejecución de un presupuesto destinado a políticas que contengan a las víctimas de violencia. Seguramente se han dado los primeros acercamientos entre los referentes del albertismo con las primeras líneas del movimiento de mujeres.

Así podrán establecerse los primeros canales reales de diálogo para que, en principio, se puedan dejar de perder las conquistas logradas durante años anteriores.

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