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Imágenes del dolor y la insensibilidad

Las imágenes que difunden la televisión y las redes sociales muestran las caras disímiles del mismo dolor.

Miércoles 25 de Marzo de 2020

El mundo vive una crisis sin precedentes en muchas décadas. Nadie de nosotros puede decir que fue testigo de algún suceso de estas características, donde los muertos se cuentan de a miles cada día y donde los enfermos se reproducen sin pausa, en cada continente, en cada país y probablemente, más temprano que tarde, no quede ningún pedazo de tierra que no haya sido salpicado por el coronavirus.

Sólo es esto comparable con las guerras y con los genocidios. Salvando las diferencias respecto de las causas que los ocasionan, producen consecuencias similares: la muerte de grandes porciones de la población en un tiempo relativamente breve.

Hasta el 24 de marzo, la Organización Mundial de la Salud había registrado 372.757 contagiados en poco menos de 200 países, mientras que la cifra de fallecidos ascendía a 16.231. Más preocupante todavía es que estos números siguen aumentando y la curva va en ascenso en países muy poblados como Estados Unidos y Brasil. Y también en Argentina se esperan muchos más casos, de afectados y de muertos. ¿Cuál será la cifra total? Ni el más experto se animaría a arriesgar una respuesta.

Las imágenes que difunden la televisión y las redes sociales muestran las caras disímiles del mismo dolor. Vemos hospitales atestados de pacientes graves; relatos de personas que perdieron a sus seres queridos sin haber podido despedirse de ellos; camiones pertenecientes a fuerzas armadas transportando cadáveres en Italia en una caravana luctuosa.

Otras imágenes hablan de otras cosas. Inconsciencia, tal vez. Estupidez, posiblemente. Nulo sentido de la colaboración, la solidaridad y la preocupación por los otros, más que probable. Eso es lo que significan las aglomeraciones de vehículos en los accesos a la ciudades que se vieron este miércoles, casi como si fuera el regreso de un fin de semana largo cualquiera. Lo mismo es lo que simbolizan las imágenes de la gente que no cumple la cuarentena sin tener una excusa válida para hacerlo; personas que obligan a otros al incumplimiento por razones económicas o laborales; vecinos y vecinas que simplemente salen de sus casas a caminar, a correr, a hacer una comprita; o se reúnen en departamentos para festejar quién sabe qué, o buscan variadas artimañas para romper el aislamiento.

Hubo casos extremos, por lo ridículos e increíbles, como el empresario que se aisló en un yate en el río Paraná, o el surfer que venía de Brasil y escapó con su camioneta apenas la Policía lo dejó en su casa, o el que intentó ingresar a un barrio privado con una empleada –obligada a romper la cuarentena– oculta en el baúl de su auto.

Cuando una parte de la sociedad no está capacitada para sensibilizarse por el dolor de los demás se pueden esperar este tipo de actitudes. Si es algo que ocurre con otros problemas, como la pobreza, la desocupación o la desigualdad, por qué no habría de ocurrir en esta oportunidad. Es cierto que la gran mayoría no se encuentra entre estos insensibles, pero el poder de daño es notable.

Cuando la pandemia del coronavirus sea cosa del pasado habrá que juntar los pedazos de lo que quede. Comenzar de nuevo con los aprendizajes que pueda dejarnos la crisis. Escuchar y atender a quienes hayan pagado los costos más altos, los enfermos, los familiares de los muertos, los que perdieron el trabajo, los que tuvieron dificultades para comer todo lo necesario. Será indispensable darle voz a quienes sufren y determinar las responsabilidades de quienes permitieron ese sufrimiento.

También quedará algo bueno, como los equipamientos y recursos que se están incorporando a los hospitales y los conocimientos que médicos, científicos y funcionarios –y por qué no periodistas, docentes, policías y más– están recogiendo en este terreno espinoso.

Cuando todo esto pase habrá que pensar en cómo no olvidarnos fácilmente, para que el recuerdo se mantenga fresco por mucho tiempo y eso se traduzca en conductas para que la próxima vez los riesgos sean menores y la sensibilidad sea mayor.

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