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De villano contaminante a héroe antiviral

El plástico divide y al mismo tiempo une, permite la visualización y el contacto estrecho evitando que gotas de saliva se esparzan y contaminen ...

Martes 16 de Junio de 2020

En las últimas décadas, el plástico se ha convertido en el emblema de la producción y consumo capitalista mundial. Gracias a su utilización, ambas fases de la actividad económica se aceleraron a niveles inéditos en la historia de la humanidad.

Nuestro modelo civilizatorio, el que conocemos y vivimos, se sostiene en el plástico.

Como consecuencia de ello, se ha tornado una problemática ambiental central, cuya solución parece no ofrecer panoramas próximos demasiado alentadores.

Ríos, arroyos, periferias urbanas colmadas por el descarte de plásticos provenientes de distintos usos; también micro-basurales cubren nuestra geografía urbana local y hacen visible está alarmante realidad que no es patrimonio exclusivo de una localidad o región, sino que afecta gravemente a todo el mundo.

El plástico tiene su origen a principios de siglo XX, aunque tuvo sus primeros antecedentes unos 50 años antes.

Se sitúa su descubrimiento en el año 1907, cuando el químico Leo Baekeland inventó la denominada “baquelita”, la primera resina totalmente sintética calificada como termoestable, aislante y resistente al agua, a ácidos y al calor moderado. Más tarde, aparecieron nuevos desarrollos de plásticos modernos, como el PVC en 1926, ya en los años 30, el polietileno, el poliestireno y el nylon, y un par de décadas después, el polipropileno.

Se trata de un material no renovable ni degradable, que proviene del petróleo.

Con la pandemia mundial del Covid-19, el plástico adquirió un nuevo rol, y en cierta medida perdió su centralidad como principal contaminante, para convertirse en un elemento clave para frenar, impedir y detener la propagación del virus. Pese a esa connotación negativa y fundamentada que viene impresa en las últimas décadas, su uso ha permitido mejorar la calidad de los productos en diversas áreas, como la médica. Y en la actualidad, la pantalla plástica reciclable sustituta del barbijo, demuestra esa dual característica de contaminante, y al mismo tiempo, una barrera para frenar la ola contaminante del coronavirus.

En la nueva normalidad post pandemia, es clave como divisor de pasajeros en taxis y remises; separador de clientes y vendedor en negocios; como ventanilla de cajeros de supermercados; y también de resguardo de profesionales como contadores, abogados que necesitan dialogar con sus representados, por citar solo algunos casos cotidianos.

El mundo buscó el plástico para volver a la “normalidad”, como para aislar máquinas caminadoras, bicicletas fijas y aparatos con mamparas transparentes; las empresas de aviones piensan en paneles que dividan las distintas líneas de asientos de pasajeros; y hasta bares y restaurantes estadounidenses encapsulan en burbujas a los consumidores y ocasionales visitantes para que disfruten de una comida con plenas garantías.

El plástico divide y al mismo tiempo une, permite la visualización y el contacto estrecho evitando que gotas de saliva se esparzan y contaminen; y la limpieza de la superficie es rápida y permite renovar el paso de la gente con agilidad.

En realidad el plástico, tanto como cualquier otro elemento no natural, merece un tratamiento y planificación ciudadana desde la producción, transformación y uso en la vida cotidiana.

“Somos nosotros, no el plástico en sí, el verdadero problema ambiental. Nosotros que arrojamos los residuos a los minibasurales, arroyos o alrededores. El plástico no camina solo, ni la bolsa, o la botella, no tienen ni pies ni manos; somos nosotros con nuestra débil conciencia ciudadana. El problema no es el plástico, sino nosotros, y nuestra cultura del uso y tire, con una absoluta falta de conciencia ciudadana”, planteó Horacio Enríquez, histórico dirigente ambientalista de Paraná, poniendo a la vista que no se trata de eliminar el plástico de la humanidad, sino planificar su reducción de uso o su consumo responsable o racional, acompañado por una indispensable separación domiciliaria y un ineludible proceso de reciclaje.

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