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Carla Vizzotti advirtió que el país está en un momento crítico por el aumento de contagios de Covid 19, además de la circulación de variantes del virus que son más agresivas.

Miércoles 14 de Abril de 2021

La ministra de Salud, Carla Vizzotti, advirtió que el país está en un momento crítico por el aumento de contagios de Covid 19, además de la circulación de variantes del virus que son más agresivas. Las camas de terapia intensiva están prácticamente todas ocupadas y la capacidad de internación de muchos hospitales y centros privados de salud está colmada.

Lo cierto es que de la enfermedad se sabe todavía poco, y que el nivel de aislamiento que se necesitaría realizar para bajar la ola de contagios conspira contra las actividades esenciales, como son la posibilidad de trabajar o de concurrir a la escuela. El teletrabajo es para unos pocos, se sabe; del mismo modo que se sabe que la virtualidad es limitada y profundiza las diferencias que existen en la sociedad frente a la educación, un ámbito de ya marcadas desigualdades.

Tal vez poco agregue señalar que el personal sanitario ha soportado un nivel de tensión y de sobreesfuerzo nunca imaginado, que existen dificultades para expandir la estructura sanitaria no solo por una cuestión de recursos económicos sino también de recursos humanos; y que la angustia que provoca la situación sanitaria puede afectar la salud de algunas personas tanto o más que el coronavirus propiamente dicho. Del mismo modo, resulta ocioso señalar la carencia mundial de vacunas y las dificultades que tienen numerosos países, aún los “desarrollados”, ricos, centrales o como se los quiera llamar para acceder a la provisión del elemento inmunizador.

Tal vez igual de innecesario sea señalar que el uso político de situaciones vinculadas a la vacunación no difiere demasiado –ni siquiera por estar en juego la vida de millones de personas– del uso que se hace de otras circunstancias que las almas más nobles tratarían con mayor respeto.

En ese sentido pueden considerarse todas las variantes, aunque claro, la oposición es siempre más entusiasta en sus elucubraciones, llegando incluso a advertir situaciones que resultan de difícil comprensión e imposible comprobación. Por ejemplo, sostener que determinado gobierno alienta el “encierro masivo” –por cuestiones sanitarias– en la búsqueda de un rédito electoral.

Las autoridades sanitarias plantean, palabras más palabras menos, que si entendemos que solo podemos realizar las actividades esenciales y que de eso puede depender nuestra vida o al menos nuestro estado de salud, entonces tal vez podamos disponernos a sobrellevar nuevas medidas que son claramente antipáticas y dificultosas.

Cito otra vez a la ministra Vizotti: “Solo salgamos a trabajar, a llevar los chicos al colegio y hacer actividades indispensables. Vamos a tener que postergar festejos, cumpleaños, bautismos, reuniones sociales y de amigos. Es un momento en el que eso es clave para disminuir la transmisión. Les pedimos postergar todo aquello que se pueda postergar”, enfatizó ayer.

Salvo que elijamos pensar –como muchos, y están en todo su derecho de hacerlo– que la pandemia es una conspiración, una suerte de puesta en escena que le está costando la vida ya a casi 3 millones de personas; salvo que entendamos que eso es lo que pasa, debemos entender que puede ser duro aceptar que estamos a tiro de que la divina providencia nos borre de un plumazo de este mundo que nos empeñamos en dañar, solo valiéndose de una ‘gripecita’; aceptar que la brevedad de la vida no solo es una experiencia individual que asumimos cuando nos acercamos al final del trayecto, sino que la nimiedad de la existencia humana puede experimentarse de manera grupal.

Frente a esto solo nos queda la esperanza, el gran motor de la vida. La fe en los dioses, la confianza en la ciencia, la certeza en el destino escrito de antemano o la borra del café que nos ayude a aguantar la situación.

Simplemente pensar que en todos los casos es necesario que seamos inteligentes, para poner por delante lo que realmente es importante, y decidirnos a cuidar lo importante. Y también, ser solidarios, y entender que la responsabilidad va de lo individual a lo social. Si aceptamos que la única verdad es la realidad (social), entonces tal vez actuemos todos con la responsabilidad que exige este momento.

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