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Sábado 20 de Junio de 2020

Recuerdo de niño que en mi barrio había una sola estatua, y llamativamente era la de una mujer. Blanca por completo y con su brazo estirado entregado un papel, mirando lejos, al río. “Lagregoria” era una plaza distinta, con muchos caballos y ninguna hamaca. La cartas que muchas veces leí de chico, talladas sobre la base del monumento, tenían palabras que no entendía y mencionaban también al genial Manuel Belgrano.

Ayer, merecidamente, recordamos al bomberito de la Patria. Un héroe en todo sentido, un patriota con todas las letras. “Es lo mejor que tenemos en la América del Sur”, dijo de él José de San Martín . Es imposible abarcar su figura y menos en este espacio.

Las efemérides nos dicen que fue quien izó por primera vez nuestra bandera desobedeciendo las órdenes de un gobierno que estaba lejos del sentir de la gente. Del mismo modo que desobedecería luego la orden de retirarse con su ejército de Tucumán, donde derrotó a los realistas, en la primera gran batalla de nuestra independencia. Pacho O’ Donnel sostiene que se no haber tomado esa determinación “hoy probablemente la frontera norte de nuestro país estaría en Córdoba”.

Cuando mencionamos a Manuel Belgrano pensamos en un protagonista valiente y optimista de nuestra historia. Muchas veces imaginamos la valentía de los próceres asociada al arrojo en el campo de batalla, ese espacio al que nuestro prócer no el esquivó el bulto, aún sin ser militar.

Pero había que ser también ser muy valiente para estar dispuesto, todos los días, al más grande sacrificio posible por ese país soñado, libre y soberano; marcado por la autodeterminación de su gente.

Había que ser optimista para pensar que ese futuro era posible, y más valiente todavía para dar todo de sí, sabiendo que posiblemente no iba a existir el reconocimiento, ni en lo inmediato ni en lo futuro. Ni siquiera descansar en paz le pudo garantizar la Patria a Belgrano (cuando sus restos fueron llevados al mausoleo construido para tal fin, se robaron los dientes de su cadáver. Se señaló a los ministros Joaquín V. González y Pablo Riccheri del gobierno de Julio Rocca)

En ese contexto de valentía y esperanza, de fe en la gente, en los hijos de esta tierra, Belgrano se encontró con una mujer que tuvo la misma mirada y determinación para sumarse a esa causa.

Como la enorme mayoría de las mujeres de la historia de la patria, olvidadas o poco reconocidas, Gregoria Pérez de Denis no ocupa un lugar relevante en los libros de historia (al menos tiene su estatua, propiciada por el gobernador Faustino Parera en 1911)

Gregoria Pérez no fue llamada por Belgrano. El general no fue a buscarla, sino que ella, interpelada por la situación, y por la expectativas de sus compatriotas, decidió dar lo que tenía por la causa de la independencia, en un gesto de enorme generosidad y compromiso.

Ninguno de los próceres que honramos había nacido naturalmente para el sacrificio, sino que fueron capaces de elegir esos caminos motivados por su vocación patriótica.

El paso de Belgrano por Paraná, en la campaña al Paraguay, nos muestra también que entendía claramente que a la historia de la Patria la construyeron mujeres como Gregoria Pérez, capaces de interpretar el sentir del pueblo y estar dispuestas al sacrificio por ese objetivo.

La historia Patria está plagada de mujeres como ella. Comprometidas con los suyos, capaces de interpretar lo que sentían sus paisanos y decididas a actuar sin especulaciones por la noble causa a la que también sirvió el General: la causa de la libertad.

Esa figura de Manuel Belgrano –arquetipo entrega y desprendimiento– es también la de quien fue capaz, con su ejemplo, de convencer a la gente a realizar enormes sacrificios, como el éxodo jujeño, cuando aplicó con gran inteligencia la estrategia de tierra arrasada contra el enemigo realista.

Esos ejemplos hoy interpelan a los dirigentes políticos, y tal vez más todavía nos interpelan como sociedad sobre qué queremos de nuestros dirigentes, que valores y convicciones pretendemos que tengan para decidir sobre lo que es de todos.

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