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Más largo que esperanza de pobre

20 Aniversario. En los barrios periféricos de Paraná, a pocas cuadras del centro de la misma ciudad, hay todavía familias analfabetas y un gran número de adolescentes y jóvenes que no van a la escuela.

Miércoles 11 de Noviembre de 2020

Germán Pablo Brusa

Sacerdote

El 15 de octubre de 2020 el papa Francisco reinstaló la consigna del Pacto Educativo Global, formulada en septiembre de 2019. Este segundo lanzamiento, en el marco de su Encíclica Fratelli Tutti, acentúa más la necesidad de construir una comunidad fraterna capaz de alojar a las nuevas generaciones.

Desde luego, este gran sueño implica recorrer un largo camino. Particularmente si pensamos en la educación de los que viven en la marginalidad y la exclusión de la cultura, de la salud, del trabajo, de la educación y de los servicios públicos.

En los barrios periféricos de Paraná, a pocas cuadras del centro de la misma ciudad, hay todavía familias analfabetas y un gran número de adolescentes y jóvenes que no van a la escuela.

Desde luego, las causas de este ausentismo son múltiples y muy complejas, todas ellas inherentes a un contexto de pobreza estructural. En este contexto, el proverbio africano que cita el papa Francisco: “se necesita toda una aldea para educar a un niño” es prácticamente inviable. Empezando por el hecho de que mucha gente de estos barrios no vive, sino que sobrevive; seguido de la naturalización de la injusticia y el abuso de poder por parte de los más fuertes y rematando con la indiferencia por parte de aquellos que tienen la posibilidad de cambiar las condiciones socioeducativas de estos barrios y no lo hacen, es muy difícil pensar una comunidad abierta a la acogida de las nuevas generaciones.

La falta de condiciones iniciales necesarias para ingresar con igualdad de oportunidades al Sistema Educativo es el corolario de lo anterior. Hoy la escuela está pensada para trabajar bajo determinadas condiciones socio-culturales y familiares. Desde luego, nadie niega que, la escuela sea una gran oportunidad para que los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de estos barrios puedan crecer y desarrollarse como personas e integrarse a la sociedad. Pero a veces daría la impresión que esta escuela está pensada para sujetos de otra época y otra sociedad. Si no tenemos en cuenta las condiciones en que llegan nuestros estudiantes a la escuela, las probabilidades de generar un vínculo pedagógico genuino son mínimas. El normalismo impuesto a todos está muy lejos de generar igualdad de oportunidades. Lo que para estudiantes de sectores sociales medio-altos es una oportunidad, para los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de los barrios populares es una amenaza. Amenaza para su autoestima, amenaza para la valoración de su cultura, amenaza para el sostenimiento de sus vínculos constitutivos.

La ausencia de proyectos es otra característica de la pobreza estructural. Es difícil pensar cualquier proyecto dentro de tanta precariedad. Más aún es difícil pensar un proyecto de vida cuando no hay un sueño que trascienda la propia realidad familiar, social y cultural.

Aun así, a pesar de sus limitaciones, la escuela sigue teniendo un lugar insustituible en estos barrios ya que puede abrir la mente, el corazón y la mirada de las nuevas generaciones hacia otro destino posible para sus vidas.

Lo que la pandemia nos reveló

Esta realidad que viven los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de cualquier zona vulnerada se encuentra fuertemente contenida a través de los recursos humanos y las estructuras presentes en las instituciones que trabajan en los barrios: escuelas, iglesias, centros deportivos, etc.

Pero en el contexto actual de pandemia y cuarentena donde las instituciones pueden estar presentes sólo desde la virtualidad… ¿Qué sucede con tantos chicos y chicas de nuestros barrios?

La cuarentena ha revelado con crudeza lo que siempre existió pero que gracias a las instituciones del Estado, de la Iglesias y las ONG se lograba mitigar: la pobreza estructural en los asentamientos periféricos de la ciudad. Cientos de familias que siempre dependieron de alguien para sobrevivir hoy se encuentran a la buena de Dios. Más marginados que nunca porque no cuentan siquiera con los recursos digitales para mantener un vínculo al menos virtual.

Y como en toda situación de tensión el hilo se corta por lo más delgado, los más vulnerados: niños, niñas, adolescentes y jóvenes son los más perjudicados.

La realidad hoy es que el 50% de los estudiantes de las escuelas secundarias en contextos vulnerados no están respondiendo a las actividades virtuales. La mayoría de ellos absolutamente desvinculados con la realidad escolar y “haciendo nada”, son víctimas de serios trastornos por no tener hábitos alimenticios, de sueño y de higiene personal.

Por otro lado, al aumentar los conflictos intrafamiliares por causa del confinamiento en los hogares, muchos adolescentes viven literalmente en la calle siendo presa del consumo de drogas y de la delincuencia.

A esto hay que agregar un fenómeno muy reciente en estos barrios: el aumento de depresión e intentos de suicidio en adolescentes.

¿Cómo se recupera esto? ¿Cómo pensar un pacto educativo global en estas condiciones?

Ante todo tiene que haber un compromiso en todos los niveles. Empezando por la dirigencia política y llegando a todos los actores sociales. De nada sirve el esfuerzo por construir el diálogo sólo desde las bases.

Se necesitan políticas educativas que favorezcan el desarrollo y la justicia social. Mientras las escuelas sigan siendo lugares de autopreservación socio-económica, ideológica, cultural y política difícilmente podremos hacer un camino común entre todos. Mientras sigan existiendo escuelas ricas para los ricos y escuelas pobres para los pobres será difícil lograr la paz social indispensable para hacer un verdadero camino de fraternidad y de inclusión social.

Es importante comprender la fuerte relación que existe entre, fraternidad, amistad social y educación. En la fraternidad y la amistad no cabe la mirada discriminatoria y el abuso de poder. La amistad social es una riqueza para todos y no sólo para unos pocos. Para ello es fundamental crecer en la conciencia colectiva de lo importante que es la alteridad y la tolerancia en la diversidad. Esto es clave para la apertura y el encuentro con el otro muy diferente a mí. La escuela es el lugar privilegiado para lograr este encuentro y generar esta conciencia. Quienes buscan la paz, la solidaridad y el crecimiento sostenido de una comunidad lo primero que piensan es en la educación.

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