Ricardo Rodríguez, el Lole, estuvo en el Séptimo Congreso Latinoamericano y del Caribe del Movimiento Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria, y no fue casualidad: toda una vida al servicio del común.
Ricardo Rodríguez, un entrerriano en el fogón de la cultura viva comunitaria
Ricardo Rodríguez estuvo en el encuentros con delegados de 23 países en Colombia, con prácticas horizontales sin mandamás y compartiendo saberes.
Ricardo Rodríguez, un entrerriano en el fogón de la cultura viva comunitaria.
“El Congreso reunió a distintos espacios comunitarios donde pudimos constatar de manera personal muy ricas experiencias campesinas, afrodescendientes, indígenas, urbanas. Se desarrolló del 17 al 26 de abril en Nariño, específicamente en la ciudad de Pasto, después en todo el Cauca, Putumayo, Cali, y en los últimos tres días en Medellín”, nos comenta de entrada el Lole, para dar inicio a una casi infinita cadena de anécdotas sobre el viaje.
Gran fogonero de la Bibliotecas Popular Caminantes, de Paraná, el Lole ha podido recorrer lugares entrañables, siempre con el mismo espíritu latinoamericanista y comunitario. Hace pocos años emprendió una gira memorable “Por la ruta de los sueños” (y bajo ese título quedó registrada en un libro), con su vecino paranaense Tomás Caíno y los orientales Óscar Mujica y Óscar Silva. Entonces pisaron los parajes míticos que visitó el Che Guevara en su juventud en la Argentina, Paraguay, Bolivia, Perú, Chile, y conectaron con hondos paisajes latinoamericanos y con testigos y mentas de la vida del guerrillero. El libro con los relatos fue prologado por Carlos Ferrer, Calica.
Para este nuevo periplo, del que acaba de volver, el Lole debió hacer diversas gestiones con el fin de reunir los fondos que le permitieran el encuentro con gente del palo comunitario.
“Hubo delegados de veintitrés países latinoamericanos y caribeños, y una delegación también que viene participando desde hace dos congresos de Europa, de España y Francia; estos españoles y franceses ancan con un grupo de latinos que son parte de pueblos originarios, sectores andinos”, apunta el militante social con cuna en Paraná. Hacer mucho que abona, en diversos ámbitos, la cultura del encuentro. En su propia casa de San Benito lleva adelante con su compañera Cristina D’Angelo, Lacristi, un salón comunitario para desarrollar encuentros culturales, espirituales, identitarios, yoga, biodanza, bajo el nombre Wayra Ch’aska, viento de estrellas. La calidez es la norma, y el compromiso barrial. Ambos participan además en los esfuerzos vecinales por revertir la contaminación extrema del arroyo Las Tunas.
—¿Pudiste conversar con las distintas delegaciones que arribaron a Colombia, o se trataba de exposiciones ante auditorios?
—Lo que menos hubo fue mesa redonda, nunca alguien que relataba y otro que escuchaba. Todo era asambleario, porque el Congreso está funcionando, es itinerante, por lo tanto todo era ruedas, fogones, ceremonias, talleres, disertaciones, intercambiando experiencias. Treinta y cinco argentinos entre 500 delegados de los veintitrés países, actuando en lo que llamamos Círculos de la palabra, que son espacios donde se debate. Pueblos originarios, derechos humanos, cultura y arte como forma de transformar la realidad; los Círculos abarcan seis o siete temáticas, con participación de gente de todos los países. Siempre éramos 70, 100 personas, en cada rueda. Muy lindo, todo en escenarios naturales. Nosotros andábamos en cuatro colectivos de manera permanente, subíamos, bajábamos, conocíamos esto, aquello.
—¿Cómo era una jornada?
—Salíamos temprano, a veces desayunábamos a las 6 de la mañana porque a las 8 teníamos que estar en determinado lugar, comíamos capaz en el viaje, almorzábamos, y a las 2 o 3 de la tarde estábamos en otro lugar. Regresábamos; a la noche era otra experiencia. Muy rico, muy intenso, y las resoluciones del Congreso muestran todo un avance. Es el séptimo Congreso. El próximo será en 2028 en Cuba, y en 2030 en Brasil. Hay como una línea de trabajo a futuro que va a ir consolidando este laburo.
Ricardo Rodríguez por la unidad
—Si tuvieras que sintetizar la preocupación mayor de las familias, las personas que participan, ¿qué enumerarías?
—El principal reto que tiene el Movimiento de Cultura Viva Comunitaria en el continente es seguir trabajando por la unidad. Si bien todos nos reconocemos como comunitarios, hay cantidad de cosas que nos diferencian con otros sectores que también se reivindican comunitarios, pero muchas veces por la realidad del país, la historia, la cultura, tenemos visiones, miradas que hay que ir unificando. Persistir en que todo debe ir unido.
—Generar cierta confianza.
—La razón de ser de este movimiento es esa: trabajar en pos de la construcción de un movimiento político que tenga como base de acción las experiencias comunitarias, sociales, educativas, que estemos trabajando con otros sectores, que vayamos moldeando esa unidad de acción y pensamiento con otros. Yo viajo por mi organización madre que es la Biblioteca Caminantes, pero se reúne acá con otras organizaciones y también construimos cultura comunitaria con otros. Esa experiencia hay que tenerla, porque, si no, cocinarse en la propia salsa es re fácil.
—El sistema es vertical. Un general, un soldado, un presidente, un obispo, incluso pasa en las corporaciones, en cambio ustedes hablan de unas vida comunitaria, con rasgos ancestrales, ¿cómo se llevan con el sistema?
—Podríamos definirlo con la palabra horizontalidad. O democracia de base, que practican muchas comunidades originarias. Ese sistema choca con las estructuras de los estados, políticamente, institucionalmente. De todas maneras, de lo que se trata es de tener una capacidad de gestión que nos permita incidir en las políticas públicas. Por ejemplo en Colombia se acaba de sancionar en los días del Congreso la Ley federal de las culturas que incluye la cultura viva comunitaria. Brasil ya la tiene. Entonces hay un intercambio. En la Argentina está ingresado el proyecto de ley; en este momento está retrasada la posibilidad de que así se discuta eso.
—¿Es un reconocimiento a instituciones que tienen una modalidad de desarrollo, y también un ingreso económico?
—Claro, la ida es que se reconozca, se promueva y se respalde la cultura comunitaria, que existe independientemente del Movimiento. Los que nos agrupamos en el Movimiento aceleramos ese proceso, de que lo Estados reconozcan a la cultura viva comunitaria. Porque aquí la cultura que se sostiene es aquella que, por supuesto, tiene que seguir existiendo, más relacionada con el valet, la ópera, los museos. La cultura comunitaria hoy se manifiesta con los malabares que hace el circo social en la esquina,
las bibliotecas populares, los centros culturales que están en su mayoría enclavados en sectores populares, donde la cultura pasa por la comparsa, la murga, y distintas expresiones populares. Es la que no tiene financiamiento, la que pelea para existir con cierto respaldo y reconocimiento del Estado. El Estado tiene que verla, respaldarla, para eso tenemos que visibilizar con nuestras acciones lo que hacemos. Lo más popular: permitir que las bibliotecas populares sean eso, lugares donde la gente pueda buscar un libro y lo tenga, sean socios o no, puedan pagar una cuota o no. Las bibliotecas populares viven también sostenidas con un subsidio del Estado, que en el caso de la Argentina es un ejemplo, viene de la época de Sarmiento. La CONABIP, Comisión Nacional protectora de Bibliotecas Populares, hace eso desde hace más de un siglo. Hoy hay mucho teatro comunitario. Vecinos que son actores y se convierten en iluminadores, maquilladores, vestuaristas.
—Es la misma relación vecinal que se va manifestando a través de distintas artes, en oficios, o actividades comunes como o curre con la minga.
—Exacto. Un concepto que tiene el movimiento de cultura viva comunitaria es lo colaborativo, no lo competitivo o corporativo. A través de esta acción puedo disponer de determinados elementos, no sé, por decir algo: tengo siete computadoras y una organización hermana capaz no tiene ninguna. Entonces, cómo colaboramos para que ellos también tengan, o brindarles servicios, ayudarnos. Más en un momento como éste donde, por la situación, se cierran lugares de funcionamiento de distintos espacios culturales. Esto sucede en varios países de Latinoamérica, no es solo la Argentina.
Ecuador, Paraguay. Así como hay otros países con una situación de tipo progresista, México, Colombia, Brasil. En el continente, y más en el Caribe, hay una cantidad de situaciones diversas. Tratamos de superar las barreras, incluso lingüísticas, hay sectores que hablan portugués, o un inglés afrancesado, o pueblos originarios que tratan de conservar sus lenguas.
Me rompió la cabeza
—¿Algo que te llamó la atención, que no te esperabas?
—Lo de la universidad indígena que conocimos en el Cauca me rompió la cabeza. Una experiencia impresionante, con una modalidad pedagógica a nivel superior de la educación, realizada por los propios indígenas, bien preparados. Eso fue un antes y un después, conocer esa universidad, estar con ellos durante todo un día, cocinar en común, comer, lavar los utensilios entre todos.
—Claro, hay también aprendizaje de esa relación concreta, trabajando.
—Se cocina a leña, hay que ir a buscar la leña. La jornada incluye todo, es comunitario, no es que íbamos a mirar, a ver cómo hacían el trabajo. Parece simple ser comunitario, pero hay que serlo. Hay que ponerse en el lugar del otro. Le preguntamos al Lole sobre los riesgos de quedar sujetos a intereses sectoriales, partidarios o estatales. “En general la gente tiene un funcionamiento colectivo, que achica el margen de error de las decisiones que toman. Eso por funcionar colectivamente. Los sectores que responden al capitalismo respetan esta autonomía porque (estas agrupaciones) se la han ganado. Han reconquistado territorios con mucho orgullo y mucha valentía. Las sociedades entienden que tienen que coexistir, porque espacio hay para todos”.
Rodríguez resalta “la necesidad de congresos, encuentros, vivir en comunidad, haciendo, de lo común, la vida. Por naturaleza deberíamos ser comunitarios pero nos hemos criado en un sistema que promueve lo contrario, el salvarse solo, el individualismo”.
—Imaginamos los temas ecológicos en el centro.
—Sin duda, justamente hay sectores amenazados por las empresas que vienen a apropiarse de los bienes comunes. Entonces el ambientalismo no surge como una corriente, sino que es una cosa natural que tienen más que nada los pueblos originarios. También hay combates contra los resabios racistas. La afrodescendencia es grande en el continente.
Rodríguez sugiere no retroceder ante el primer obstáculo. “Hay que trabajar mucho para vencer los prejuicios. Lo mismo con el propio Estado. Tenemos una forma distinta. Yo he sido empleado público, la verticalidad se da en todos lados, sin embargo en mi vida laboral propuse que en el ámbito de cultura haya una dirección de cultura comunitaria que existe. A partir de ahí se desarrollan acciones con alguna cosa parecida a esto, pero tenemos el nombre, una estructura creada. Respecto de la relación con el estado, yo viajé porque hicimos gestiones, y la Biblioteca como asociación civil canalizó un subsidio… No nos frenamos por el color político de quien gobierna. Pedimos lo que nos parece que corresponde”.
Las mingas
—Vos mismo tenés una familia, una trayectoria…
—Mi abuela es charrúa. Reconocerse descendiente de una comunidad originarla o afrodescendiente, es cultivarse en relación a lo que somos… Vengo de San Agustín. Mi viejo fue empleado del IFAM, Instituto Frigorífico Autárquico Municipal, en las calles República de Siria y Ameghino. Y después fue muchos años ferroviario. Ser hijo de trabajadores… fue cantinero del club San Agustín, y no tomaba. Son hechos. Mi historia está construida gracias a la vida misma, tengo un terreno que obtuve por un trueque, y la construcción de la casa también de la misma forma. Compartí un terreno con un amigo albañil a condición de que construyera la casa… Yo me engancho en cuanta minga haya, para construir. Tenemos mucho que aprender de la vida comunitaria que se desarrolla en muchos lugares que no tienen prensa, y la gente desconoce. Creo que las organizaciones populares están avanzando.
—Y eso practican en la Caminantes.
—La Biblioteca tiene una forma de reunión que es abierta. El que va, sea o no de la comisión directiva, sea o no socio, participa de la reunión y tiene voz y voto. Es escuchado, y su opinión tenida en cuenta. Se busca el consenso, sobre la base que estén contenidas todas las opiniones. La biblioteca es un ámbito que nos permite ver en chiquito lo que se da en muchas comunidades. La Caminantes cumplió 23 años el 17 de abril. Hay mucha gente que ni sabe quién es el presidente, el tesorero; la elección de la comisión directiva en la asamblea se da por necesidades jurídicas, nada más, después todos actuamos en comunidad.













