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Diálogo Abierto

"Para la Medicina occidental las personas casi no importan"

Curación propia y embarazo "imposible" de la doctora que no podían curar los doctores. Aislamiento y consecuencias. Medicina

Lunes 26 de Octubre de 2020

La doctora María José Pérez sintió desde niña su vocación por la Medicina, motivada por el entrañable trato de su pediatra, aunque luego intuyó y comprobó las limitaciones, y observó el destrato médico hacia los “pacientes”, término que se niega a utilizar. Su propia curación gracias al milenario Ayurveda y a un profundo trabajo de autoconocimiento, considerada imposible por sus colegas, la llevó a rediseñar la práctica terapéutica, en el marco de lo cual hace una severa crítica al paradigma dominante, explica los actuales problemas propios del aislamiento y adelanta las próximas secuelas que se observarán en niños y adolescentes.

La pequeña “doctora”

—¿Dónde naciste?

—En Ayacucho, provincia de Buenos Aires.

—¿Cómo era ese lugar en tu infancia?

—Un pueblo muy chiquito en una zona rural ganadera. Mis papás tenían una carnicería. La plaza, lugar de reunión y juegos, estaba frente a la escuela y a la iglesia.

—¿A qué jugabas?

—Desde los 6 años sabía que quería ser doctora de bebés y nunca cambié, así que jugaba a eso, a cocinar, y me apasionaba leer, dibujar y escribir.

—¿Quién influyó en lo de “doctora”?

—Mi pediatra, quien era muy afectuoso. Me impactaba cómo recibía a los niños, te daba un beso y un abrazo, te preguntaba cómo estabas y jugaba antes de la atención. Tenía mucha complicidad conmigo y se preocupaba por muchas cosas, más allá del problema físico.

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Egipto, un Norte a seguir

—¿Lecturas reveladoras de aquellas primeras?

—Fábulas, pero a los 13 años leí una novela de Wilbur Smith, Río sagrado, con la cual comencé un camino en el cual estoy hoy.

—¿Qué temática?

—De Egipto, sobre cuya cultura comencé a estudiar mucho, y luego llegó el Ayurveda y encontré conexiones con lo que sentía y pensaba.

—¿Hasta qué edad viviste en tu pueblo?

—Hasta los 17, cuando me fui a estudiar Medicina en La Plata, hice la especialidad en Pediatría, y fui a Buenos Aires estudiar Psicoanálisis y Ayurveda, que pude integrar con mi profesión.

—¿Cuál era el denominador común de tus búsquedas?

—La espiritualidad, que me llevó un tiempo tener en claro que no tenía que ver con la religión, porque ninguna me representaba. A través de saber sobre la cultura integral de Egipto me di cuenta que veía la vida desde ese lugar, y entendí que no solamente somos un cuerpo físico, mente y emociones sino también algo más profundo.

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?

—Biología, Química y Matemáticas. Un año antes de terminar el secundario comencé a estudiar para el ingreso a Medicina porque es muy restringido. Fuimos 3.500 e ingresamos 180.

Un médico “humano”

—¿Con alguna cátedra te convenciste de qué era lo que realmente querías hacer?

—Fue en cuarto año, con un profesor de Clínica Médica que me trajo más lo humano, porque la Medicina occidental está muy disgregada, la formación es muy “fría”, es un montón de contenidos y el contacto con las personas siempre relegado y casi no importa. Él tenía mucho respeto hacia las personas con quienes interactuábamos, lo cual no es común. Fueron muy pocos los médicos en los cuales vi eso.

—¿No consideraste dejar, teniendo en cuenta esa deshumanización y tu forma de pensar?

—Sí, sí, cuando estaba por terminar dudé si realmente quería hacerlo porque no era lo imaginado sobre la Medicina. También tuve esa sensación cuando rendí la especialidad en un hospital pediátrico de alta complejidad. Se responde casi mecánicamente a algunas situaciones y mantener el eje es difícil. No hay mucha sensibilidad en cómo nos forman y en cómo nos vinculamos con quienes asistimos. La palabra “paciente” habla del lugar donde nos colocamos, por eso trato de no usarla, sino niños a quienes “acompaño”, que es lo que hacemos.

Diagnóstico y “cronicidad”

—Es paradójico, porque quien se sana o cura es la persona y no el médico quien lo hace.

—Exactamente, pero en la Medicina moderna pareciera que es el médico quien tiene la razón y el conocimiento, y la otra persona lo recibe pasivamente. Nunca escuché que es la persona quien tiene toda la capacidad para sanar y los médicos damos herramientas. Además, durante unos años cursé una enfermedad poliglandular autoinmune, que me afectó páncreas, tiroides y ovarios, diagnosticada como “crónica” y que se agravaría, para la cual tomaba mucha medicación y no estaba bien. Busqué otra forma de sanar, a través de la alimentación, llegó la Medicina ayurvédica, cambié a una alimentación vegetariana y suplementos, y pude ir dejando la medicación. Hice terapia, encontré el trasfondo de emociones y vivencias, cuestiones epigenéticas y ancestrales, y me ayudó mucho, también, como mamá. Pude unir todo lo que para mí era importante.

—¿Qué es lo que jamás volverías a hacer o recomendar del tratamiento originario?

—Llegué a tomar cuatro fármacos y la enfermedad no se regulaba sino que avanzaba, me sentía cada vez peor y muy sola, más allá de los varios especialistas que me trataban. ¡Me cansé de estar horas sentada en el consultorio!

—Experimentaste el destrato médico.

—¡Totalmente, aunque siempre lo sentí! Comencé con el cambio de alimentación, sola, porque no tenía confianza con mi médico para decírselo, me hice los análisis, estaban bien y lo último que dejé fue la Levotiroxina. Me habían dicho que tenía destruida la tiroides pero tuve mucha convicción personal y hace dos años que estoy sin medicación. Pero no hay fórmulas mágicas.

—¿A qué atribuís aquella actitud generalizada?

—Un ejemplo, en las guardias de residencia estábamos trabajando 36 horas seguidas, día por medio, lo cual es inhumano, porque no comíamos ni dormíamos. Si te ocupás de la salud y trabajás así, está todo alterado, porque perdés el eje de lo que querés hacer. Además es todo mecánico, no hay individualidad: tenés un problema, recetás este medicamento, tenés lo otro, esto… Muchas veces los errores vienen porque no hay una persona igual a otra, más allá de elementos comunes.

—¿Volviste a hablar con los colegas que te trataban?

—Sí, cuando les llevé al ginecólogo y al endocrinólogo la ecografía y análisis me decían “esto es imposible”, porque “los análisis hormonales están todos alterados”. Sin embargo, tuve un embarazo y nacimiento totalmente normal.

Hacia lo holístico

—¿En la formación pediátrica no se pone atención en la nutrición?

—Es increíble pero no se le daba importancia y lo poco que se enseña es malo. Las cuestiones más importantes es a lo que menos importancia se les da, aunque va cambiando muy lentamente. En la clase que tuvimos de alimentación complementaria, para cuando los bebés comienzan a incorporar sólidos y semisólidos, escribieron en un pizarrón “yogurt, postrecitos, galletitas, Nestum, Vitina…”. Hoy digo “¡Qué locura!”. Si te quedás con eso, es lo que replicás.

—Insisto, más allá de la Pediatría, ¿no es irracional que no se considere médicamente la nutrición, cuando somos lo que comemos?

—¡Uh, da para hablar mucho (risas)! Estamos atravesados por lo cultural, lo social y la industria en cuanto a que lo nativo no sirve y que siempre es mejor la información que nos dará “alguien con traje”. Nos olvidamos, por ejemplo, de lo que hacían las abuelas cuando preparaban, fermentaban y cocinaban los alimentos, o lo que hacían los curanderos. Cuando te desconectás de tu esencia, raramente funciona y nos disgregamos en mente, cuerpo, emociones y ni hablar del espíritu.

—¿El primer quiebre al iniciarte en la Medicina ayurvédica?

—Ni bien comencé, al saber que es uno de los primeros sistemas médicos holísticos que habla de cuerpo, mente, emociones y espíritu, y de energía, conectados con el entorno más cercano y con el macrocosmos, al cual también influimos. Era lo que también había leído sobre la cultura de Egipto y otras civilizaciones.

—¿Cómo reformulaste la profesión a partir de tu propia curación considerada “imposible”?

—En varios aspectos. Por la experiencia de estar del lado de la persona que busca una atención, el trato, el destrato y que no te miren a los ojos ni te pregunten cómo estás. ¿Cómo puede ser un vínculo tan distante si trabajamos con personas? Me costaba mucho ir a la consulta. Cuando comencé a notar cambios me di cuenta de que tenía la posibilidad, por mis medios, de conocerme más, y confiar en lo que siento que es bueno y necesito.

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Los alcances del Ayurveda

—¿Lograste entender la filosofía profunda de la Medicina india?

—Fue un proceso y llegó en los últimos años, también a partir de hacer otras búsquedas a través de la Astrología, pues dentro del Ayurveda existe la Astrología védica. Me impacta lo común con las medicinas ancestrales de nuestra región y de todo el mundo. No tengo la cultura india sino que trato de traer ese conocimiento a nuestra vida, por eso, por ejemplo, adapto las plantas que se usan en Fitoterapia en la India a las de esta región.

—¿La caracterización a través de los doshas (*) tiene algún correlato en la Medicina dominante?

—En la Medicina occidental no hay ese tipo de análisis, sino que se analizan síntomas y signos, aunque Hipócrates sí lo tenía cuando caracterizaba a las personas, pero se perdió. No hay una búsqueda de entender las manifestaciones de acuerdo al biotipo o dosha, según el cual tenderá a determinadas afecciones. Si tenés un dosha prevalente Vata, tendrás determinadas manifestaciones comunes a las personas con esa energía. Se entiende cada síntoma desde la raíz y desde el cuerpo energético, lo cual no está en la Medicina moderna.

—¿Recordás el primer caso tratado desde este enfoque?

—Un niño con autismo e hipoacúsico, casi sin comunicación con la familia, que estaba desesperada porque no había respuestas ya que lo consideraban “irreversible”. Les comenté que había que hacer un cambio de alimentación muy rotundo no solo para él sino para toda la familia, suplementación de minerales y vitaminas, y al mes el niño los miraba, bajó la hiperactividad, jugaba de otra manera y lo podían tocar. Les cambió la vida, si bien no volvió a su estado previo a la enfermedad. La familia desarrolló habilidades y se empoderaron para tramitar la salud, y el niño comenzó a percibir, intuitivamente, qué alimentos le hacían mal.

—¿Por qué los doshas se modifican a lo largo de la vida?

—Por varios factores. En general, hasta la adolescencia predomina la energía de Kapha (tierra y agua) que permite la estructura, estabilidad y seguridad necesaria para el crecimiento y las rutinas; en la adolescencia aparece la fuerza de transformación de Pitta, el metabolismo, y Vata es más de la edad adulta. Igualmente, no hay una edad de declinamiento mental, ya que las neuronas se regeneran.

—¿Cómo observás a un niño desde este enfoque?

—Es una mirada más profunda del semblante, el color de la piel, la mirada, cómo está la familia, cómo juega… y luego concentrás en lo más pequeño.

—¿Tenés página de contenidos en Internet?

—Sí, en Facebook, Pediatría Vincular y Dosha Medicina Ayurveda.

(*) Doshas: especie de mapa de fortalezas y debilidades establecidas en el momento de nacer, dadas por energías. Hay cinco elementos (aire, éter, tierra, agua y fuego) combinados de diferentes maneras y proporciones, dando así el biotipo o dosha, que son tres: Vata, aire y éter, Pitta, fuego y agua, y Kapha, tierra y agua. Hay una energía predominante y una segunda, con lo cual se puede saber la tendencia natural a ciertas enfermedades, y cómo equilibrarse, preventivamente.

“El año próximo será complejo por la cuestión mental”

La pediatra describe los efectos del aislamiento social en niños y adolescentes, adelanta que aparecerán trastornos mentales y afecciones relacionadas con el sistema inmunológico, y resalta la importancia de mantener y fortalecer los vínculos.

—¿Qué síntomas hay en niños y adolescentes como consecuencia del aislamiento?

—Mucha ansiedad, casos muy importantes de ataques de pánico y caída de cabello, porque la infancia, en particular, es una edad que necesita crecer en grupo. Si es inentendible para una persona adulta, cómo transmitirles de un día para otro que no pueden ver a sus amigos, familia, salir con un barbijo… La ansiedad se manifiesta de forma muy variada: no comer, comer demasiado, no poder dormir, retroceso en las pautas madurativas, caminaban y dejaron de hacerlo, habían dejado el pañal y volvieron hacia atrás… En los primeros siete años hay trastornos de alimentación, del control de esfínteres y conductuales. Cerca de la adolescencia hay trastornos de alimentación de otro tipo, problemas en la piel y ansiedad.

—¿Hay algo latente que pueda emerger?

—Varias cosas: el año que viene será complejo por lo que aparecerá en lo mental, lo cual hoy es una consulta frecuente en todas las edades, desde cuestiones simples como no poder dormir o ansiedades leves, hasta cuadros muy complejos. Aparecerá el debilitamiento del sistema inmunológico porque elegimos una manera no sostenible en el tiempo ya que el aislamiento no es ningún procedimiento para combatir un proceso infeccioso durante tanto tiempo, sobre todo con personas sanas, aunque pueda ser una opción en una situación aguda y durante poco tiempo. El sistema inmunológico es de a dos: si nos ocupamos todo el tiempo del agente externo y no de nuestro sistema de defensas, no va bien.

—¿Recomendaciones para lo porvenir?

—Es complejo porque todavía no sabemos lo que volverá. Lamentablemente nos estamos acostumbrando a otras relaciones vinculares; hay que tratar de mantener los vínculos como sea, porque no se puede vivir en soledad y sería terrible acostumbrarse. Lo que no se expresa, lo manifiesta el cuerpo y la mente. Hay personas con mucho miedo y es entendible, pero no hay que perder el eje de lo que necesitamos para vivir, como lo es el amor y el afecto.

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