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Descubriendo Entre Ríos

La capital en CABA provocará la destrucción de la Argentina

El Covid desnudó el cáncer. Razones históricas, económicas, demográficas, para revertir el centralismo que nos desnaturaliza.

Sábado 01 de Mayo de 2021

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires -CABA- no puede ni debe ser la capital de la Argentina porque nos acosa con sus problemas locales contaminando todo el territorio nacional. Ninguna región del país molesta a Buenos Aires y su entorno como el poder de Buenos Aires y su entorno molesta al resto del país.

Los argentinos y las argentinas nos sentimos arreados al entretenimiento que nos encajan sus medios masivos de gran alcance, sus corporaciones, sus banqueros; y constatamos azorados sus privilegios de toda índole, su propaganda, sus peleas de alcoba tan ventiladas y su violencia colonial.

La pandemia por el Covid 19 ha desnudado el gran reduccionismo argentino, por si hacía falta. Las peleas entre el presidente de la nación, el gobernador de Buenos Aires y el Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, potenciadas por las peleas cruzadas entre nueve de sus ministros, agotan la agenda del país en una milésima porción de nuestro territorio. Es un absurdo que el resto de los habitantes no debiéramos tolerar, un vicio que le hace mucho daño al país y mucho daño a nuestros hermanos y nuestras hermanas de Buenos Aires también.

Ministros estrellas

Las disputas entre los ministros de seguridad de Buenos Aires, Buenos Aires y Buenos Aires (nación, provincia y municipio autónomo) ya son un clásico. Algunos, del mismo partido gobernante, nos entretienen con sus bravuconadas o sus consejos, en temas de estricta índole local o zonal. Buenos Aires se ha convertido en un vecino caprichoso que provoca a diario la atención de los demás con sus trastornos y sus internas.

Si Buenos Aires tuviera un problema en el transporte urbano como tenemos en Paraná desde hace una década, estaríamos los paranaenses y el resto de los argentinos prendiendo velas a los santos para que se resolviera de una vez ese conflicto que haríamos carne, porque Buenos Aires logra convencernos de que sus problemas son nuestros. Y es que nosotros, los colonizados, entramos en el juego.

Cuando decimos Buenos Aires decimos todo eso: ciudad, conurbano, provincia, tres gobiernos de la arrogancia colonial en permanente disputa. No hablamos del pueblo trabajador, no estamos ignorando sus aportes de valor extremo a nuestro país, a nuestro continente. Admiramos su poesía, su bandoneón, sus voces, sus pinturas, su heroísmo, sus melodías, compartimos el amor por sus obras, las luchas obreras. Pero su poder, su hipocondría y sus riñas claman por un tratamiento.

Esa hipocondría nos desnaturaliza, y desnaturaliza a Buenos Aires. Ya es hora que dejemos de solazarnos en las pelusas en el ombligo de Buenos Aires.

La pelea de sus ministros de salud, de educación, es otro clásico. Nación, provincia, municipio. Cualquier ministrejo puesto a dedo se atreve descalificar y desacreditar a un jefe de gobierno o gobernador, sin una mínima noción del régimen federal. Y es cierto que la altanería que los parasita y los comanda cruza los partidos.

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Alfonsín y Kirchner. Los dos presidentes adhirieron a la mudanza de la capital.

Alfonsín y Kirchner. Los dos presidentes adhirieron a la mudanza de la capital.

Cumbre, dicen

El periodismo porteño, enfermo de centralismo como el resto de los poderes, llama “cumbre” a una reunión del presidente de todos los argentinos con dos gobernadores. Es decir: si son de Buenos Aires, es cumbre. Si se reúne con los gobernadores de Neuquén, de Jujuy, Mendoza o Entre Ríos, el encuentro no les da ni para un título. Pero no acusamos a los colegas: es que el poder concentrado en Buenos Aires los confunde. Ahí está el poder, esa es la cumbre, y ellos, que debieran analizar esta enfermedad, lo que hacen es abonarla, por falta de aire.

No hay derecho a entretener a los argentinos un día, una semana, un año, diez años, con los problemas locales de un conglomerado que, además, ha sido privilegiado por 200 años de políticas centralistas, de ahí su crecimiento económico y demográfico. Rutas para Buenos Aires, trenes para Buenos Aires, aviones para Buenos Aires, energía para Buenos Aires, industrias para Buenos Aires. Rosas y Mitre se dan la mano en la preservación del control.

El día que las provincias adviertan cómo el poder porteño infla índices para pedir más y más, y oculta índices para disimular sus prerrogativas, probablemente no les quede otra que pedir lo que pedimos acá: mudar la capital para no enmudecer al país.

Buenos Aires ignora el “índice destierro”, que muestra claramente la desertización de muchas provincias en virtud de la presión unitaria que se queda con la parte del león. Y eso por décadas.

Buenos Aires dice que necesita más porque tiene más gente, y tiene más gente porque tiene más, debido a sus ventajas sobre el resto. Sostiene que en determinados barrios cuenta muchos pobres, y es cierto, pero no admite que muchos de ellos están así porque en sus provincias de origen no podían siquiera ser pobres, y terminaron afuera, en el destierro y el hacinamiento. Lógico sería que la reparación histórica fuera para la región que expulsa por empobrecimiento, pero acá se invierte el razonamiento y pide reparación el que atrae.

El gran error

No fue un error de los constituyentes otorgarles a los porteños el derecho a elegir a su intendente. Sí fue un error de los constituyentes no quitar de Buenos Aires la capital del país. O una cosa, o la otra. Es impensable que el presidente de todos los argentinos, todas las argentinas, cualquiera sea su nombre o su partido, pueda gobernar con algún equilibrio mientras deba sortear a cada paso los obstáculos que le ponen los vecinos de alrededor, empezando por los mandatarios locales y sus ministros. No podemos ni debemos aceptar ese juego perverso.

Por otro lado, es cierto también que en la partidocracia, cada grupo se esfuerza en desacreditar al otro y en ese tire y afloje hay presidentes que vulneran las autonomías, y gobernadores o jefes de gobierno que estorban al gobierno central con altanería.

El intendente de Paraná se llama Adán Bahl y no jode a ningún porteño; el intendente de Buenos Aires se llama Horacio Rodríguez Larreta y nosotros tenemos que escuchar sus problemas y los de sus ministros a diario como si fueran nuestros.

La ministra de Gobierno de Entre Ríos se llama Rosario Romero y no molesta al resto del país con problemas nuestros; al ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, tenemos que aguantarle a diario sus salidas intempestivas con problemas que nos son ajenos. Si le hablara a Buenos Aires, está en su ley, pero a nosotros ¿qué nos importa? Y así ocurre en todos los ámbitos: educación, salud, seguridad, etc.

Nos obligan a estar atentos a sus cuitas, para luego estar atentos a sus candidaturas. Por eso en la Argentina hace rato ya que los candidatos principales hablan en porteño. Si además inventaron un sistema electoral que no considera el federalismo, salvo en la elección de senadores.

Como los habitantes de Tierra del Fuego están lejos, y como los de Formosa están lejos, y como los de San Luis están lejos (de los porteños, claro, que se han pintado un centro de fantasía, como Europa se promocionó como continente), entonces no hay modo de hacerse oír. El ruido infernal de la pretendida capital y alrededores y sus problemas locales invade todo el espectro. Problemas locales, vale insistir: lo-ca-les. Y el resto del país como un estúpido mirando de afuera.

El cáncer

No hace falta que un día se enfrenten las fuerzas federales, municipales y provinciales con derramamiento de sangre, para que veamos el daño que hoy está haciendo la capitalía en Buenos Aires. Ese engendro fue advertido con clarividencia por Leandro N. Alem en su momento, pero la fuerza de los hechos lo impuso. Ganó la arrogancia, y así estamos: con un país malformado, macrocéfalo, con una capital llena de ñañas que escucha sus propias quejas y nada más, en todos los ámbitos: la economía, la política, los sindicatos, los partidos, los medios masivos, el arte, las universidades. Ese cáncer ha hecho metástasis. Y lo decimos con esperanza: tiene cura. ¿Cómo se cura? Cambiando de lugar la capital del país, trasladando la sede de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de la Argentina, y poniendo un freno a la concentración de sedes de las corporaciones en un lugar.

A nadie le conviene la capital en Buenos Aires. Tampoco a Buenos Aires.

Como precedente, los sangrientos combates de Barracas, Puente Alsina, Corrales Viejos, en 1880, por el enfrentamiento entre el gobierno nacional de Nicolás Avellaneda y el gobernador Carlos Tejedor apañado por Bartolomé Mitre. La capital se resolvió en un baño de sangre, y la actitud de los gobernantes del siglo XXI, cuando pertenecen a distintos partidos en la nación, la provincia y el municipio, no hace más que echar leña al fuego. No advierten el peligro de esa escalada, de esa propensión al choque que un día se concretará en hechos, para que mueran los pobres, claro, como ocurre casi siempre, como mueren los pobres por la pésima distribución demográfica y de oportunidades en el país gracias al triunfo de los fusiles Remington, las ametralladoras Gatling y los cañones Krup de Buenos Aires sobre el resto del territorio. Porque no hay que olvidarlo: este sistema despótico se impuso a sangre y fuego.

Artigas lo sabe

Ya en las Instrucciones del año XIII, José Artigas propuso que nuestro sistema fuera federal y no unitario, que fuera republicano y no monárquico, y que la capital estuviera en cualquier lugar del país con excepción de Buenos Aires, porque se las veía venir.

Hoy Buenos Aires concentra las sedes de los gobiernos, de los bancos, de los hipermercados, de los sindicatos, de los partidos, de los medios de mayor alcance, de las universidades con mayores presupuestos, de los hospitales con más alta complejidad, de los servicios. Las provincias pagan el déficit de servicios que ellas no tienen: tren, aerolíneas; las provincias que producen algunos servicios los pagan más caros que Buenos Aires. En el colmo de los colmos, en tiempos de crisis el gobierno nacional acepta la moneda de Buenos Aires como de curso nacional, pero no las monedas de las provincias restantes (ocurrió con los bonos, como se recordará, en la gestión de Fernando de la Rúa). Ese despotismo no será curado con el cambio de la capital, pero ese traslado necesario, imprescindible, comenzará a revertir el proceso. En cincuenta años tendremos un país con mayor equilibrio, para bien de todos.

El Estado Nación inventado por Buenos Aires no se sostiene, hace agua por todos lados. La Argentina contiene varias culturas, y se debe un modelo al estilo que propone la revolución federal con cuna en el litoral: la soberanía particular de los pueblos.

El despotismo del poder porteño es un obstáculo insalvable en tanto nuestra capital esté allí. Esa herencia colonial impide otras miradas, otros saberes, porque como colonia que somos hoy, siempre lo que entre en disonancia con Buenos Aires quedará en descrédito, en un escalón inferior. Herencia del racismo que dio vida a este Estado colonial, en el que los presidentes del país decían que debían ser sacrificados los niños de culturas distintas, porque claro, eran distintos a su modelo de ser humano.

Hemos naturalizado el genocidio que provocó el poder porteño para concentrar el mando, y ese modelo uniformador ya no se sostiene sin decadencia. Tocó su techo. Ahora aguanta, nomás, y en eso se nos va el país.

A desconcentrar

Sacar la capital de Buenos Aires es tan importante para los argentinos y las argentinas como recuperar las Malvinas. Hoy no podemos disfrutar de Buenos Aires, sus artes, sus maravillas, su historia, porque nos apabulla con su hipocondría. Darle la capitalía a Buenos Aires la desequilibra. Y hay que decirlo: no recuperaremos las Malvinas en tanto Buenos Aires siga imponiendo su lógica dominante, porque los argentinos y las argentinas de las Malvinas saben que, lejos como están de la metrópolis, serán ante el poder porteño como ciudadanos y ciudadanas de segunda. A no engañarse.

Por supuesto que, con el cambio de capital, se imponen normas que desconcentren. De los medios de gran alcance del país no puede haber más del 20 % radicados en una sola ciudad. De los sindicatos del país no puede haber más del 20 % con sede en una sola ciudad. De los bancos, las corporaciones, las multinacionales, no puede haber más del 20% con casa central en una sola ciudad. Y así con el resto. Sería poco razonable pasar la enfermedad a la nueva capital.

La capital no puede ni debe estar en Buenos Aires. Tampoco en Paraná ni en Rosario, para que no parezca una revancha y para no caer nuevos hacinamientos. Ni en Tucumán porque es una provincia superpoblada. Pero hay mil ciudades medianas y pequeñas en las que podría instalarse el gobierno central. En el litoral, en el noroeste, en el centro, en la Patagonia. Incluso podrían separarse los poderes en dos ciudades más o menos cercanas, porque la tecnología lo permite hoy más que antes, y para descongestionar desde el vamos.

Ya hubo cinco leyes votadas para el traslado. Algunas vetadas, otras incumplidas. Rosario, Villa María, Carmen de Patagones-Viedma-Guardia Mitre, eran entonces las opciones. No estamos diciendo nada nuevo. Sólo apuntamos que la Argentina necesita un sacudón para librarse, por consenso, en armonía, de una de las fuentes de sus males.

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Aquí no tenemos preferencia. Es cierto que el peronista Julián Domínguez dijo un día Santiago del Estero y nos gustó. ¿No es la ciudad más antigua, con 470 años de vida? Puede ser en una zona cercana a la capital santiagueña, equidistante de una gran parte del país… Claro que si miramos la Argentina bicontinental, con el Atlántico Sur y la Antártida, entonces el lugar elegido hace algunas décadas, Viedma, parece darnos una posición clave. Nos gusta por eso, y nos agradaría también otro lugar para asegurar la hermandad con los países vecinos…

Intersección

Si muchos militantes y dirigentes radicales están de acuerdo, muchos peronistas también, los kirchneristas tienen predilección por la Patagonia, y el plan de Alfonsín se llama Proyecto Patagonia, ¿por qué no ponernos de acuerdo en algo, y avanzar en la mudanza? Néstor y Cristina Kirchner se manifestaron a favor, eso es público. Quizá la fruta esté madura hoy, quizá hoy sea el tiempo. Hay que generar puestos de trabajo, ¿por qué no empezar por las obras de la nueva capital? Hay que alimentar los consensos, ¿y si aprovechamos este punto de intersección, entre tanta grieta inconducente? Oh, ya nos imaginamos el día luminoso de esa decisión sabia. ¿Cuántas puertas se abrirán para las naciones de la Argentina, de sur a norte, de este a oeste, cuando logremos superar la principal de las herencias coloniales?

Hubo cinco leyes, decíamos. Y la ley 23.512 del gobierno de Alfonsín que este 27 de mayo cumple 34 años desde su sanción en 1987, sigue vigente. Esa ley declara capital a Carmen de Patagones (provincia de Buenos Aires), y Viedma y Guardia Mitre (Provincia de Río Negro).

En abril de 2007, cuando la ley de traslado cumplía 20 años, el diputado nacional entrerriano Raúl Patricio Solanas, de fuertes convicciones federales y nacionales, propuso la derogación de la ley, pero no para anular el traslado sino, precisamente, para analizar la mudanza a otra parte. Quería formar una comisión con amplia participación ciudadana. Su interesante proyecto, en el que calificaba de “imprescindible” el traslado, no prosperó.

No cabe dudas de que en Entre Ríos la recuperación del Proyecto Patagonia encontrará apoyos por todos los flancos. Los seguidores de Artigas, de Ramírez, de Urquiza, de López Jordán, de Alem, y del recordado Raúl Patricio Solanas, votarán a mano alzada. Algo parecido ocurrirá en otras provincias. Y en Buenos Aires, ciudad autónoma y conurbano, se podrá ver una luz por fin para salir de la aglomeración, el hacinamiento y tantos males provocados por el desequilibrio.

Federalismo, Patagonia, trabajo, expectativas, consenso, descongestión, una salida del laberinto por arriba, ¿advertirá el presidente Alberto Fernández que con un guiño suyo puede alinear los planetas?

Separatismo al acecho

Ya escuchamos a más de una organización, a más de un dirigente de provincias, hablar de “independencia”, de “separatismo” en la Argentina. La presión agobiante del poder porteño (en todos los planos) y sus ínfulas y sus privilegios, nos asfixia. Después lamentamos las consecuencias. Buenos Aires es a la Argentina lo que Europa al mundo. No es raro que los eurocentrados acusen de “antieuropeos”, a quienes pretenden sacar a Europa del centro un ratito, para volver a poner a Europa en el centro, aunque sea mediante el lloriqueo.

Nosotros hemos argumentado por qué el separatismo intenta curar un vicio con otro vicio. Artigas jamás luchó por la fragmentación. Si nuestro objetivo es la soberanía particular de los pueblos en confederación solidaria, en equilibrio entre las regiones y con la biodiversidad, tenemos que empezar por la raíz del cáncer y trasladar la capital a otro lado.

La ciudad que sea elegida, y que acepte ser capital con participación del pueblo, tendrá que admitir que a su administrador lo elijan el presidente de la nación o el Congreso. Si no acepta eso, se buscará otra, y otra. Estamos hablando de poderes de la nación, de toda la nación, de todas las naciones de este país; no estamos hablando de poderes que puedan ser rehenes, como son hoy, de sus vecinos más cercanos.

El unitarismo fragmenta, el unitarismo desnaturaliza, irrita, provoca. Pero es la unidad en confederación, sin mandones, lo que nos permitirá ampliar el horizonte en unidad con pueblos vecinos, con vistas a la unidad del Abya yala, de México a las Malvinas, que anhelan nuestros pueblos. Ni separatismo ni continuidad: confederación. Con la capital en cualquier parte, que no sea Buenos Aires. Los argentinos, las argentinas, estamos a un paso de darnos un tiempo de alegría que cure tantas pesadumbres acumuladas.

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